Reseñas - México

Germán Martínez Martínez

Tiempo de lectura: 8 minutos

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23.03.2018

FICUNAM 2018, Ciudad de México

por Germán Martínez Martínez, Ciudad de México
28 de febrero de 2018 – 6 de marzo de 2018

FICUNAM y lo político: la retrospectiva de Travis Wilkerson

El carácter político de una obra de arte no está en las menciones que haga de ciertos asuntos. La obra fílmica de Travis Wilkerson (EE.UU., 1969) ofrece una excelente oportunidad para reflexionar alrededor de lo político en el cine. La reacción común ante sus cintas es la de suponer, por los hechos aludidos, que se trata de “cine político [con] profundo sentido crítico”, como se anotó en la página de internet del Festival Internacional de Cine de la Universidad Nacional Autónoma de México (FICUNAM), al que Wilkerson fue invitado este 2018. Durante el festival, que se realizó del 28 de febrero al 6 de marzo, Wilkerson negó reiteradamente que su obra se definiese por ser política. Wilkerson cuenta que al decir que su cine no es político, algunos de sus amigos lo tachan de loco. Considero que él está en lo correcto, al menos en cuanto a lo que, por lo común, se entiende por política.

Algo que llama la atención del cine de Wilkerson es su diversidad. El uso de su propia voz como narrador en varias películas y la repetición de temas en aparente tono de denuncia, lleva a ciertos espectadores a suponer que se trata de una obra homogénea. Esto no es así. Wilkerson lo mismo dirige películas de apenas unos minutos que largometrajes, obras de ficción que parecen documentales y documentales contemplativos. Quizá esto proviene de su afán de exploración: llegó al cine casi por error al estudiar agricultura orgánica en Cuba, donde conoció al cineasta Santiago Álvarez. De él aprendió, entre otras cosas, a no detenerse por falta de recursos, sino a realizar sus obras a como diese lugar, así fuese desde la modestia. Las búsquedas formales de Wilkerson son constantes. Algo que también se repite a través de su obra, y que lleva a su caracterización, es la mención de temas como la discriminación en contra de gente negra y oriental por parte de los blancos de Estados Unidos —como el mismo Wilkerson—, así como de múltiples efectos de las intervenciones de las fuerzas armadas de su país en diferentes lugares del mundo. Su postura es de nítida oposición tanto al racismo como a la guerra. Este es un elemento que conviene cuestionar para identificar la dimensión política de sus filmes.

La denuncia no necesariamente es política, en particular si está hecha en una sociedad plural y con libertad de expresión. La confusión abunda y hay quienes adjudican heroicidad a desahogos sin consecuencias, pues con frecuencia esas efusiones ni siquiera se articulan con otros factores sociales, a pesar de ser expresión de grupos o incluso de masas. Una denuncia pública en contra del gobierno, en un contexto como el de la dictadura cubana, sin duda es un hecho político. En cambio, tratar los asuntos mencionados en las películas de Wilkerson en Estados Unidos es una toma de posición personal, vale decir, un paso incipiente.

Wilkerson se muestra como alguien con los pies en la tierra. Se llama a sí mismo una “persona política” por su activismo, no por sus películas. Los temas que lo ocupan resultan comprensibles cuando el cineasta se refiere a sus progenitores. Su madre creció en un ambiente de segregación y se opuso al racismo. Su padre combatió en Vietnam y después actuó en contra del belicismo estadounidense. Wilkerson sabe que la actividad política efectiva en su país —como en el nuestro, agrego yo—, no está de forma primordial en el desfogue al participar en marchas, sino en la organización social con consecuencias verificables, así sean pequeñas. En este sentido, Wilkerson mencionó, como ejemplos de su acción política, el ser parte de una asociación que busca prevenir el suicidio entre veteranos de guerra y sus acciones en una organización con el objetivo de proveer una ambulancia. En cambio, Wilkerson asegura que él no parte de creer que una película cambiará al mundo. El cine, en sí mismo, no necesariamente es política.

Una de las dificultades para identificar lo político en las artes se sintetiza en afirmaciones como una que se oyó durante FICUNAM en preguntas y respuestas con Wilkerson. Con la suficiencia de quienes creen iluminar a sus conciudadanos, uno de los espectadores afirmó que “todo el cine es político”, después de una intervención que retomaba las reiteradas afirmaciones de Wilkerson en sentido contrario. No obstante, no toda película, ni cualquier obra de arte es política, de la misma manera en que no todo acto de nuestras vidas es político. Efectivamente, si nos quedamos a nivel de un juego lógico, hay política, por ejemplo, en el orden en que, dependiendo de nuestro sexo, entramos a un lugar. Operan concepciones de género que establecen relaciones de poder. En México esto sucede de manera retorcida, pues se da aparente eminencia a las mujeres, cuando en realidad se las estigmatiza como seres débiles que requieren atención especial. Hay, sin embargo, otros elementos culturales que también intervienen, como la edad y la jerarquía, que complican la apreciación del hecho. Incluso el azar puede jugar un papel. De que hay algún elemento de política no hay duda, que el suceso sea un hecho eminentemente político es cuestión debatible. Esto puede esclarecerse de la misma manera en que el hecho de que haya nutrientes en cualquier alimento no significa que hagamos campañas a favor de dietas basadas en el chicharrón, ni siquiera en el agua. Suponer que cualquier película es política se revela como una simpleza tan pronto uno se aleja de las consignas que se disfrazan de reflexión.

La mera mención de temas convencionalmente vistos como políticos no constituye, pues, un acto político. La insistencia de muchos individuos, en redes sociales y el resto de su vida, haciendo gala de supuesto anticapitalismo, feminismo, veganismo… está, en realidad, en el campo de los procesos de construcción de la propia identidad. En la filmografía de Wilkerson no ocurre esto, pero sí es la base de una difundida lectura que se hace de ella. Es la lógica de la creación de un personaje ante la gente, para la aparente participación en un grupo que resulta en una identidad social autocomplaciente, sin efectividad política. En lo sustancial se trata de gestos equivalentes a la señorita que compra una bolsa Chanel o el cuarentón que se hace de una Harley-Davidson. Wilkerson le da la vuelta a esta lógica. En su charla para la Cátedra Bergman, el director habló de la incapacidad de introspección de ciertos políticos estadounidenses contemporáneos. Su comentario apuntaba a que la introspección podría tener potencial político. En este marco, la examinación de su propia historia familiar en ¿Te has preguntado quién disparó? (2017), es una ilustración de esa posibilidad personal y cinematográfica. Más cerca de la autocrítica que de la caracterización personal positiva, el filme muestra que el racismo y la violencia estadounidenses han sido y son parte del ámbito más cercano del cineasta. Cuando otros creen adularse a sí mismos, con denuncias inocuas por generales y abstractas, Wilkerson muestra algo concreto, personal y, por eso, terrible.

El cineasta reconoce la dificultad de ser activista y artista al mismo tiempo. Desde el arte se le ha considerado demasiado político, desde la política, demasiado artístico. Hay una película, no obstante, que demuestra un equilibrio posible: Ecuación de Sand Creek (2012), que despliega una actitud ante lo público y los espectadores, sin descuido del trabajo con las formas. En ella se nota la atención por el paisaje —físico y emocional— que interesa al cineasta, al mismo tiempo que se aprovecha tanto la investigación que hay detrás de sus obras como el tipo de conocimiento que Wilkerson busca en lo que filma: más que académico y exhaustivo, de presencia y detalle. De manera intercalada, la película explora una matanza de indígenas ocurrida en el siglo XIX en el lugar de Estados Unidos aludido en el título y, por otra parte, el conflicto entre palestinos e israelíes en nuestro tiempo. No queda duda de la crítica del cineasta a lo hecho por sus antepasados. Tampoco es ambiguo en contra del bando israelí, pero una de las últimas imágenes pone en duda su propia postura respecto al conflicto. Sin disimular las posiciones de Wilkerson, la película abre posibilidades.

Como son procesos de construcción nacional, la comparación entre Sand Creek y la existencia de Israel no es demencial, como lo es la que algunas veces se intenta trazar entre nazis e israelíes, pero tampoco estamos ante sucesos con coincidencias evidentes. Por eso, en Ecuación de Sand Creek se cumple el propósito de Wilkerson de vincular realidades inconexas para provocar a los espectadores. Wilkerson convoca el “pensamiento crítico” desde la humildad de reconocer su propia falibilidad. Así, más allá de los tópicos del progresismo estadounidense —que encuentran sus equivalentes en múltiples clichés y la moralina de nuestra pseudoizquierda mexicana—, el cine de Wilkerson se muestra político al no pretender adoctrinar al público. La obra audiovisual de Travis Wilkerson se confirma relevante al plantear como semejantes a los espectadores y el cineasta, solicitando de cada uno la discusión entre iguales.

 

 

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