Reseñas - México

Ricardo Pohlenz

Tiempo de lectura: 8 minutos

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11.03.2016

Festival Internacional de Cine UNAM 2016

por Ricardo Pohlenz
24 de febrero de 2016 – 6 de marzo de 2016

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Ficunam 2016: la ficción como salida para la realidad
Por Ricardo Pohlenz

Ha resultado significativo, una vez que se ha perfilado el panorama de películas programado por la directora del festival, Eva Sangiorgi, junto con Roger Koza y Sebástien Blayac, la elección del corto La gloria de hacer cine en Portugal de Manuel Mozos, donde especula en los límites de la invención sobre los orígenes del cine en Portugal y Visita o Memorias y confesiones, la película que hizo Manoel de Oliveira en 1982 cuando tuvo que vender la casa en la que vivió cuarenta años para pagar las deudas contraídas debido a la realización de películas y la mala administración de la fábrica que heredó. Más allá de que preludian algunas de las particularidades del cine portugués, que encuentran una depuración en el cine de Miguel Gomes -a quien se le dedicó una retrospectiva en el festival-  estas dos películas, a mitad de camino entre el documental y la ficción, plantean una primera pregunta sobre la posibilidad de que exista verdaderamente una separación clara entre uno y el otro, sobre todo en producciones fuera del circuito comercial, que suponen –en sí mismas- exploraciones de sus fronteras formales y de contenido. Las películas plantean así mismo una exploración de los alcances de estos géneros como instrumentos que no sólo capturan cuadro a cuadro lo que tienen enfrente (o lo que buscan tener en frente) sino que reflexionan –desde las propias limitaciones del medio- acerca de todo lo que queda fuera del encuadre a partir del encuadre mismo. La palabra que usó Eva Sangiorgi durante la ceremonia de premiación para sintetizar la esencia de lo que fue el festival fue “contaminación.” En un momento de crisis en la industria, que se aferra al eterno retorno nietzscheano en la fe de que los mismos contenidos y fórmulas -reciclados una y otra vez- la seguirán alimentando, este festival presenta, en la medida de sus posibilidades, todas aquellas producciones que no se podrían ver en una sala de otra manera. Miguel Gomes ha tenido en su cine una vocación por inventar la realidad, de lo que es un ejemplo acabado su trilogía Las mil y una noches, presentada en la Quincena de Realizadores de Cannes en 2015, donde sublima las miserias y alegrías que transcurren en el cotidiano de Lisboa al darle voz a Sherezade en los títulos con fondo negro que intercalados a la acción, la describen y la transforman. Mucha de la gracia del cine de Miguel Gomes es una sensación inacabada, casi abstracta, que tiene como contraparte esta narración que transcurre en silencio y que describe lo que debería estar en pantalla. Otro tanto hace la banda sonora, entre música, sonido ambiental, voces y trinos. Al respecto de esto último, gran parte de la tercera película está dedicada a documentar los usos y costumbres de los pajareros portugueses que se dedican a capturar pinzones y jilgueros para hacerlos competir en un encuentro anual de canto, mismo que resulta, en primera instancia, tan anodino como fascinante. No puede decirse que este material sea, en sentido estricto, un documental sobre pajareros. Los pajareros se han convertido, atrapados por la lente del director de fotografía Sayombhu Mukdeeprom, en personajes que responden a las necesidades de una narrativa; obedientes al relato -y a la fatalidad que conlleva- brillan con el encanto de que no sean ciertas sus desventuras, en la tentación de que los alcance o los venza la realidad de la que se han despojado al ponerse frente a la cámara. La pantalla toma el lugar del espejo: lo invierte, lo pone de cabeza, lo niega más allá de la luz y lo afirma en su fantasma.

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Rescatada de su resguardo, cuando corre en pantalla Visita o Memorias y confesiones (1982), Manoel de Oliveira se sabe una aparición cuando se pone a cuadro; a sabiendas que la película no sería vista hasta después de su muerte, su realidad se vuelve relativa: se sabe deslindado de ese momento, en que tiene setenta y cuatro años -cuando todavía le falta un largo trecho por vivir- mientras habla a la cámara en la certeza, siempre ilusoria, siempre aparente, del transcurso. A pesar de la verdad de los hechos que declara, no es un documento en sentido estricto, dado que se permite una irrealidad mayor al añadir a la banda sonora un par de voces fuera de cuadro que invaden los trayectos que hace la cámara por las habitaciones. Después de la función, la editora Sofía Ochoa me comentó que, en gran medida, lo que Oliveira había hecho en esta película -hablar de sí mismo y de su desgracia o ventura, o lo que fuera- es ahora algo que hace todo el mundo gracias a las tecnologías que tenemos a la mano. Lo que dijo,en última instancia, es que Oliveira  había hecho el equivalente de lo que ahora es un videoblog. Supongo que tiene razón, tomadas las distancias, y considerando –como metáfora- que toda multiplicación de los panes es una banalidad.

Será otro realizador portugués, Joao Nicolau (colaborador de Miguel Gomes), quien haga un elogio de lo banal con John From (2015), una película de gran rigor formal en la que combina con cierta frescura los lugares comunes del idilio de adolescentes con el encanto postcolonial del exotismo austral. John From recibió una mención por parte del jurado. Otro nivel de banalidad y tiempo muerto encontramos en el material que grabó el realizador iraquí Abbas Fadhel en 2003, un poco antes de la invasión estadounidense a Iraq y, después de la derrota de Saddam Hussein, a partir del que armó Patria (Iraq, Año Cero), (2015) una producción en dos partes que documenta el transcurrir cotidiano de la ciudad de Bagdad a través de los tiempos muertos que comparte (o representa) la familia de Fadhel. Contrasta, por ejemplo, el círculo cerrado en el que vive la familia ante la amenaza de la invasión, las representaciones mesiánicas que se hacen de Saddam Hussein en spots musicales pasados por televisión (las letras son tan aterradoras como ridículas) y la cámara que sale a la calle después de la liberación de Bagdad, que le da rostro y voz a una gente que dista mucho de lo que vendió el hijo de Bush como los enemigos del mundo libre. Patria (Iraq, Año Cero) se llevó el premio del público.  El joven realizador chino Bi Gan se llevó la mejor dirección con su opera prima Kaili Blues, (2015), un viaje alucinante por la China profunda donde juega con las nociones de tiempo y espacio -incluyendo un delirante plano secuencia de más de media hora.

Un etaj mai jos

El ganador de la competencia internacional fue Un piso más abajo (2015), del rumano Radu Munteane, que –entre otras cosas-, según anota Roger Koza, se caracteriza por “el uso magistral del fuera de campo.” El jurado estuvo compuesto por el curador Haden Guest, el artista-cineasta Phillippe Grandioux, el artista/curador Guillermo Santamarina, la crítica Alexandra Zawia y el cineasta Lois Patiño, de quien se presentó en la sección Porvenir el corto Noche sin distancia (2015), donde convierte la ruta de contrabando en las montañas Gerês entre España y Portugal en un retablo espectral al revertir los colores en la copia final, dando una sensación objetual en pantalla.

Hubo también retrospectivas de Marlen Khutsiev, exponente de lo que se llamó “la nueva ola soviética” y del mexicano Leobardo López Aretche, director de El grito (1968). El estadounidense Thom Andersen presentó Los pensamientos que alguna vez tuvimos (2015) filme ensayo que explora y revisa los conceptos expuestos por Deleuze en sus dos volúmenes sobre cine.

The Thoughts That Once We Had

Thom Andersen recuerda, en conversación con el público, que escuchar la grabación rudimentaria que hizo de la banda sonora de Tener o no tener de Howard Hawks (1944) lo llevó a convertirse en cineasta. Siguiendo con las relaciones de la politización y los objetos levados al extremo de la fetichización, estuvo, en cuerpo, obra y omisión, el cineasta y artista visual inglés Isaac Julien, con una exposición en el MUAC de dos de sus filmes para sala y una muestra de su producción. En conversación con el público, Julien descarta que haya todavía un camino posible para las fórmulas convencionales del cine, advierte sobre las limitaciones de lo digital, como medio y como material de archivo, y anticipa el futuro al menos inmediato al anunciarnos que Kodak volverá a sacar al mercado el formato super 8.

Tales-of-Two-Who-Dreamt2

Nicolás Pereda presentó junto con Andrea Bussman Historias de dos que soñaron (2016), un filme que transcurre literalmente en el fuera de campo. Andrea Bussman se dedicó a capturar los momentos muertos de una filmación de Nicolás Pereda con una familia de gitanos en Toronto basada en cierta medida en La metamorfosis de Franz Kafka. El itinerario visual que nos presentan sigue a la familia en los tiempos muertos del rodaje, arma una doble ficción entre lo que se dice y lo que sucede en otra parte y resulta significativo, sobre todo en la medida que coinciden en sus mecanismos que llevan al montaje final el encanto del accidente por encima de la intención y la finalidad que acaba por crear la ilusión de la realidad que los medios masivos han acabado de relativizar de manera irremediable. En estos trabajos la verdad dista mucho de ser alcanzada, pero se crea la ilusión de la misma entre lo que puede describirse como un candor premeditado. Nicolás Pereda ganó la competencia nacional con otra película, Minotauro (2015), ambiciosa “puesta en escena” en interiores que desde el título insiste en este encandilamiento que ha tenido siempre el cine mexicano –como extensión de su narrativa- con la tragedia griega.

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