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Blog - Santiago - Chile

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11.01.2022

Exposición «Ver y palpar», de Magdalena Vial en el Museo de Artes Visuales, Chile

Hasta el 13 de marzo de 2022 en el MAVI, Santiago

El universo de las formas

Esta es la situación: usted está aquí y ahora, contemplando estas obras. La artista, Magdalena Vial, por su parte, cuando las creó -en otro momento y en otro lugar- las estuvo observando y procesando también, en su propio aquí y ahora. Y por mi parte, en mi función de mediador, las contemplo en otro tiempo y otro espacio (otro aquí y otro ahora), diferentes a los de la autora o a los de quien lee estas palabras. Y aun cuando todo esto podría parecernos de Perogrullo (pues corresponde a una constante casi inevitable en las dinámicas de socialización de las artes visuales), de todos modos, vale la pena volver a tomar conciencia al respecto. Vale la pena recordarlo, además, porque para esta artista la idea del tiempo es crucial.

En términos plásticos, el tiempo es un asunto que para Magdalena constituye un componente decisivo; el tiempo y su deconstrucción, su desmantelamiento, su puesta en tensión; particularmente, la confluencia de los «aquís» y los “ahoras» suyos propios, con los de todas y todos quienes nos enfrentamos a estas obras. Si bien es cierto Magdalena Vial es una artista formada en el oficio de la pintura de caballete, a lo largo de los años ha ido gradualmente desmarcándose de la llamada “gran tradición europea del óleo sobre tela”, para ir, en cambio, acercándose de manera tangencial a otras prácticas artísticas tal vez menos “prestigiosas” –los bajorrelieves, los textiles, la estampa, los tallados, el frotado, el arte corporal, etc– y en las que el color y el dibujo, medios hegemónicos de la pintura, parecen subordinarse al poder de lo textural; en ese sentido, Magdalena encarna a cabalidad la noción de artista como investigadora/procesadora de estímulos y experiencias: un proceso laborioso, de búsqueda a tientas, de reiteración e inmanencia, a través del cual va emergiendo lenta y pacientemente desde la imagen algo que podríamos llamar, a falta de otro nombre, estructura.

Quienes la conocemos, sabemos que Magdalena Vial es una artista extremadamente atenta a su entorno, tanto inmediato como pretérito: Los Hititas, Oceanía, Grecia Helenística, África Negra, El Imperio Carolingio, son algunos de los títulos de la colección El Universo de las Formas, de la Editorial Aguilar, que –entre muchísimas otras fuentes– esta artista ha observado y estudiado detenidamente desde su temprana infancia. Ahora bien, la paradoja es que, a pesar de haber cultivado durante décadas un nutrido acervo cultural, su obra no sólo parece surgir fundamentalmente desde sus vivencias personales, sino que ha tendido a operar más bien como un agudo dispositivo de exploración introspectiva. Es decir, aunque, por un lado, comparece su fascinación por los tesoros de la historia visual de la humanidad, por el otro cobran presencia en su obra, con mucha más fuerza aún, sus experiencias íntimas y cotidianas, incluso en lo que respecta a la dimensión sensorial más allá de la vista (tacto, paladar, olfato, oído). Pareciera que Magdalena se estimula y se nutre de lo que la rodea, aun cuando parece extraer de todo aquello no una visión (como sería lo habitual para un artista visual), sino un conocimiento. O podríamos llamarlo un reconocimiento.

En términos prácticos (y a diferencia de lo que parece ser la tónica generalizada en el mundo del arte contemporáneo), Magdalena Vial trabaja en condiciones de extrema privacidad; da la impresión que esta artista elabora sus obras para sí misma, para sentirse viva, para crecer, para entender el Mundo, y el hecho que otros tengamos la oportunidad de apreciarlas podría calificarse tal vez como algo circunstancial o incluso una intromisión en su intimidad.

En la soledad, el silencio y la reclusión de su taller, entonces, parece no haber tregua: se trata de un proceso continuo, en el que no existe la pausa, en el que todo es denso e intenso, ininterrumpido, en un constante y sostenido “pedaleo” –una especie de multi[1]maratón, sin principio ni final. Respecto de la temática en su obra, y tal como en España los letreros no dicen, sino que “ponen”, del mismo modo las obras de Magdalena Vial “ponen” ante nuestros ojos su contenido visual; en ese sentido, y aunque suene a oxímoron, sus obras tampoco “dicen”, sino más bien “susurran categóricamente” o “imponen sutilmente”. Y ese contenido visual no es más que la manifestación de la ecuación virtuosa entre la resistencia y la anuencia del material, entre el control y el descontrol; esto es, al escarbar, frotar, raspar, rasguñar, restregar y desgarrar, como una especie de sismógrafo emocional, la artista va configurando una trama que aglutina los encuentros y desencuentros entre cultura y naturaleza, entre su exterior y su interior. Siempre desde los dominios de la textura, algo en estas obras parece de pronto evocarnos mundos arcaicos, eminentemente agrícolas: la erosión de los suelos, la siembra, los campos arados, la cosecha, la trilla. Por cierto, la actividad de la molienda, siempre repetitiva, pero nunca igual: o como declamaba Huidobro en Altazor, “molino turbulento, molino que transparento, molino a mordimiento, molino como desvelamiento, molino para machucamiento, molino con refregamiento, molino en transformamiento, molino del desollamiento, molino de despojamiento”… Hay algo también en estas obras que nos remite invariablemente hacia el campo de la piel, la tensión superficial del tejido que contiene nuestro cuerpo y nos conecta con el mundo. La relación sinéstésica, empática y especular que establecemos intuitivamente entre las texturas que observamos y sus respectivas resonancias en nuestra piel: la piel y sus accidentes (surcos, rasgados, desbastes, cicatrices y escarificaciones), o bien, las clasificaciones de las heridas según el implacable léxico forense: punzantes, cortantes, contusas, incisopunzantes y cortocontundentes.

Así, a través de estas obras y su lenguaje sensorial y no-narrativo, Magdalena Vial nos sumerge con gentileza en un universo altamente sugerente y misterioso, en el que nuestra imaginación nos permite deambular entre atmósferas enrarecidas, nubarrones, partículas en suspensión, radiaciones, sudarios, cartas estelares, espectrogramas, la placa perforada de un organillo, catedrales de hielo y de carbón, el desprendimiento de un glaciar, o como en algún momento lo señaló la propia artista, “depresiones y contornos, aspereza y suavidad; palimpsestos que sugieren la imagen de un estanque o de un acantilado, de la visión de una montaña o una pirámide, o el espacio trapezoidal entre dos quebradas”.

Cristián Silva, noviembre de 2021

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