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23.09.2021

Biografía de un bono cultural Covid en Chile

La curadora e investigadora Monserrat Rojas Corradi y el crítico e historiador del arte Diego Parra Donoso, explican el largo proceso gremial realizado desde los agentes del mundo de la cultura, las artes y el patrimonio para ser reconocidos como sector vulnerable en el contexto de la Pandemia enfocándose en un aspecto específico del trabajo gremial del arte contemporáneo, vinculado a la asignación de ayudas sociales para su comunidad.

I

¿Cómo redefinir el rol de la cultura y las artes en tiempos de pandemia en una sociedad neoliberal? Ir a un shopping/mall es más valorado que visitar un museo, una obra de teatro, una ópera o un concierto. Quizás esta pregunta suene superficial y obvia, pero tras un largo periodo en que nos hemos visto imposibilitados de trabajar, se hace necesario cuestionarlo.

El contexto latinoamericano nos impone ciertos principios de realidad que hacen de esta pregunta algo complejo de abordar de manera unitaria y con una respuesta satisfactoria (en especial si lo comparamos con países donde impera el “Estado de bienestar”). A nivel local, en Chile, la clase alta no es empática con las clases más desfavorecidas, ni valora al sector de las artes a pesar de que permite acceso a lo que el sociólogo francés Pierre Bourdieu llamó “capital cultural”, quien vincula el acceso a estas instancias formativas con lo “cultivado” del sujeto. Si bien uno tendería a pensar que a mayor capital cultural, mayor valoración del trabajo artístico, algo ocurre con nuestras elites que no reconocen dichas actividades como valiosas, tanto desde el ámbito privado empresarial, como desde el estado. En Chile, basta con constatar la ausencia de la noción de “salario” asociada al trabajo artístico, donde siempre se remunera de modos tránsfugos que no vinculan directamente horas de trabajo con un determinado monto; condiciones laborales para trabajadores del arte que impiden cualquier tipo de dignificación en lo que hacemos.

Al hablar de estos asuntos suele aparecer una confusión conceptual que, consideramos, afecta al propio debate. Esto es el error de igualar “cultura” y “artes”, cuestión que si bien desde las ciencias sociales puede ser efectivo o incluso beneficioso, cuando nos referimos al trabajo específico de los múltiples agentes que están involucrades en el arte contemporáneo nos termina por perjudicar. La cultura es un concepto global que cruza todos los ámbitos de la sociedad, desde la crisis climática, a la migración, la infancia, la política, etc. Mientras que las artes son expresiones culturales específicas, que movilizan contenidos simbólicos producidos a partir de la cultura en que dichas prácticas están inscritas. Estas últimas tienen su propia historia y “reglas” en tanto que Institución, es decir, poseen su propia especificidad que la categoría de “cultura” no logra captar (por su amplitud). Por esto, consideramos que para los efectos de la discusión laboral es mejor identificarnos como trabajadores del arte (sabiendo que este otro concepto está en discusión constante).
Dicha confusión ha permeado en las relaciones que como sector tenemos con el estado, cuestión que durante la pandemia no ha hecho si no entorpecer las acciones concretas de ayuda y fomento que este puede dedicarnos a todes les trabajadores de las artes.

¿Habría que definir lo que es la cultura, de nuevo? Esta es una larga discusión sin resolver, pero nos gusta la definición que da Néstor García Canclini: “de los pocos consensos que existen hoy en los estudios sobre cultura, es que no hay consenso”. Esto podría explicar, porque en muchos casos el Estado no sabe dónde clasificarnos en el campo laboral, lo que implica que no somos reconocides como trabajadores (del arte). Es usual en los textos oficiales, de hecho, encontrar la noción de “creador” como única referencia específica de campo que, por un lado, responde a un imaginario decimonónico del artista romántico; y por otro, se vincula exclusivamente con les artistas en tanto que artífices (es decir, solo quienes producen objetos), dejando de lado a todes les agentes mediadores que conforman el ecosistema, mundo, círculo o institución arte (mediadores pedagógiques, curadores, montajistas, historiadores y crítiques del arte, etcétera).[1]

II
En febrero del 2020 se rumoraba que un virus provocaría una pandemia. En Chile, aún estábamos inmersos en la revuelta de octubre del 2019, que ya en este período había implicado el cierre de varios centros culturales y museos que se ubican en el centro de la capital (lugar de encuentro de las jornadas de manifestación). Nadie sospechaba que se avecinaba un cierre masivo a raíz del coronavirus, lo que se traduciría en un derrumbe del sistema del arte. Por más que consideremos que el arte y el patrimonio son una parte vital del quehacer de las sociedades, quedó demostrado que para el “sentido común” no hay ningún problema en el hecho de que museos y espacios dedicados a la industria cultural (salvo los conciertos) estén cerrados o seriamente mermados en su funcionamiento. Pareciera que esto solo nos hizo falta a nosotres mismes. Podríamos hablar entonces de una élite cerrada, que por más trabajos de mediación y educación para las audiencias que las instituciones realicen, parecen no entender nada.

En cambio, si les trabajadores de la minería, les recolectores de basura, el transporte público se van a paro o dejan de funcionar, el país entero se detiene y el gobierno tiene que entrar a negociar. Si el arte para, a nadie le importa. En este contexto, varios sindicatos y gremios se han agrupado para acabar con esta indiferencia. Por un lado, se pretendió negociar con el gobierno diferentes maneras de abordar los desastres que producía la pandemia, creando mesas de trabajo, donde el Ministerio de las Culturas no accedió a ninguna petición y los gremios optaron finalmente por bajarse de la mesa. ¿Implicó esto algún tipo de cambio? No. La indolencia de las autoridades, consideramos, se explica por la falta de reconocimiento social de la práctica artística como trabajo.

Aún persiste la idea del arte como hobby, como dedicación de privilegiados o peor, como actividad frívola.

Los gremios y sindicatos siguieron actuando para visibilizar el trabajo que realizamos; por ejemplo, desde la Coordinadora Intersectorial Cultural en Emergencia (CICE),[2] se logró implementar excepcionalmente códigos tributarios vinculados a nuestro quehacer, para lograr acceder al “Bono Pyme”, instrumento que entregaba dinero a pequeñas y medianas empresas que hubieran sido afectadas directamente en sus ingresos por la pandemia. En un comienzo la actividad artística no estaba incluida en tal bono, por lo que para el Estado no existíamos como industria, a pesar de contribuir en un 2,2% del PIB. En paralelo, tampoco es claro el modo en que podíamos acceder a otro tipo de beneficios sociales, puesto que muy tardíamente se logró introducir el ámbito artístico como espacio de trabajo en el Registro Social de Hogares,[3] herramienta que da cuenta de la situación socioeconómica de las familias y que el Estado utiliza a la hora de repartir asignaciones, subsidios, bonos, etcétera.

En noviembre del 2020, la Ministra de las Culturas dijo: “Un peso que se coloque en Cultura es porque se deja de colocar en otro programa o necesidad de los ciudadanos”. Esto nos hizo reconocer como sector la nula valoración y reconocimiento que se hace de nuestro trabajo desde la instancia más alta del Estado. Es decir, si desde la máxima vocería no consideran que somos un aporte a la sociedad, es difícil pelear por más visibilidad. A esto se suma una creencia popular que el “artista” son solamente los actores de la televisión y músicos “famosos”, impidiendo ver que somos muches les que trabajamos en este campo y bastante lejos del glamour y lujo que caracteriza a les primeres. Existe un prejuicio hacia el sector: ser une trabajadore de las artes significa que no trabajas. No nos miran con buenos ojos.

El mes de enero surge la idea del “Bono cultura covid” como parte del trabajo gremial de CICE, el que se presenta a la Comisión de Hacienda del Parlamento. Tras largas conversaciones, finalmente el gobierno reconoce que no sabe cómo entregar este bono, ya que no tienen ni idea de cómo categorizar el trabajo que realizamos. Es decir, los fondos destinados a la crisis COVID no contemplan ningún programa de reactivación al sector artístico, ya que el estado carece de las herramientas jurídicas para definir ayudas específicas. En paralelo, veíamos cómo el sector del retail, empresarios gastronómicos y turísticos, entre otros, hacían lobby directo y conseguían sus objetivos relajando ciertos protocolos sanitarios que no se aplicaban en igualdad de condiciones a los espacios culturales, que siguen hasta hoy con aforos reducidos y barreras de acceso que perjudican a los más pobres.

Hasta ahora, a más de un año y medio del inicio de la pandemia, como sector artístico seguimos esperando que el estado cambie la relación que establece con nosotres. Que dejemos de ser vistes sólo como un gasto, y pasemos a ser reconocides primero como trabajadores, y segundo, como agentes transformadores en el contexto amplio de la cultura.

Muchos de los cambios políticos y culturales que están ocurriendo actualmente en Chile (por el debate Constitucional) serán trabajados por agentes artísticos, quienes le darán forma y sentido a un periodo que aún estamos experimentando con demasiada cercanía. Esos agentes merecen un nuevo trato que escape a la lógica del costo/beneficio tradicional. No quisiéramos ceder a los argumentos estrictamente economicistas para hacer valer nuestra importancia como sector, pero si tenemos que asumir la voz tecnificada y burocrática del sistema para conseguir nuestros objetivos políticos, lo haremos cuantas veces sean necesarias. Las artes son una manifestación cultural necesaria para las sociedades y no pueden seguir siendo entendidas como una prestación de lujo, solo para una élite, pero para cambiar dicho paradigma debemos primero ser capaces de reconocer la dignidad del trabajo artístico. Mientras tanto, y a raíz de la negativa reciente a posibilitar el “Bono cultura covid”, seguiremos insistiendo en la defensa del valor de nuestro trabajo creativo.

Notas

  1. Recuperando algo de la historia de este proceso de precarización laboral de las artes en Chile, una de las causas de este fenómeno podría relacionarse con los inicios de la llamada “Transición democrática” (1990). En este periodo varios partidos políticos (incluyendo al Partido Demócrata Cristiano, quienes apoyaron el Golpe Militar), se organizaron en la Concertación de Partidos por la Democracia (CPD) y gobernaron ininterrumpidamente por 20 años. La CPD, aglomerado de varios partidos de centroizquierda, se relacionó con el sector artístico desde un lugar que negaba el potencial crítico de sus expresiones, y simplemente se dedicó a pensar en métodos más o menos originales de financiar actividades “culturales”. Produjo entonces, una suerte de una cultura tecnificada donde la investigación, la creación, la curaduría y la mediación no tenían cabida, cuestión que llevó a un deterioro profesional de nuestro sector. Lo que se propuso fue una visión de la cultura en clave masiva, donde los sujetos alienados de la experiencia estética no son más que “consumidores culturales”.

  2. Coordinadora Intersectorial Cultural de Emergencia (CICE), se formó bajo la necesidad imperiosa de reunir a la mayor cantidad de gremios de las artes, con el fin de poder afrontar la pandemia y negociar colectivamente con el gobierno.

  3. Esta herramienta es un método de focalización ícono del neoliberalismo chileno, ideado originalmente por la Dictadura, en aquel tiempo se llamaba “Ficha social” y su función era optimizar el uso de recursos fiscales solo en la población más pobre, quienes ingresaban a una suerte de “medidor de la pobreza”, y así de paso se hizo desaparecer la noción de “derecho universal” en la sociedad chilena: solo aquellos que el estado consideraba los más pobres tenían derecho a obtener algo del mismo, el resto tenía que rascarse con sus propias uñas.

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