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Reseñas - Argentina

Alejo Ponce de León

Tiempo de lectura: 7 minutos

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16.05.2018

Ahora voy a brillar: Omar Schiliro en Colección de Arte Amalia Lacroze de Fortabat, Buenos Aires, Argentina

por Alejo Ponce de León, Buenos Aires, Argentina
6 de abril de 2018 – 10 de junio de 2018

Las esculturas de esta exhibición surgen de una historia. No con una simple anécdota accesoria a su confección ni con un cuento fresco del artista después de haber vuelto de una residencia en los países nórdicos. Si en algo coinciden casi todas las valoraciones textuales que se han hecho hasta el momento de Ahora voy a brillar, la gran retrospectiva post mortem de Omar Schiliro, es que detrás de cada una de las obras que pueden verse, anida siempre la misma gran historia: la de un muchacho pobre, mulato y homosexual que de un día para otro se convirtió en artista y en menos de tres años produjo una serie de esculturas tan inocentemente magníficas como urgentes y graves, sabiendo que le quedaba poco tiempo de vida a causa de complicaciones vinculadas al SIDA.

Curada por la escultora Cristina Schiavi y por la pintora Paola Vega, bajo el patronazgo espiritual y a partir de una idea original de Jorge Gumier Maier, esta muestra reúne el total de obras que Schiliro produjo durante el breve periodo en el que se dedicó a ser artista, antes de su muerte en el año 1994. Menos de 35 esculturas que podrían considerarse una mutación celestial de su trabajo como artesano callejero, sostenidas por la tensión entre el plástico chino y los caireles de cristal, entre las formas típicas del neoclasicismo decorativo y el lujo plebeyo de la pobreza. Esta misma dialéctica, que quizás es el rasgo más distintivo del programa estético de los años 90 argentinos y que ha sido revelada hasta el hartazgo por una cantidad interminable de investigaciones y textos críticos, se plantea de manera definitiva en Schiliro donde una sensibilidad admirable por el tratamiento de la forma devuelve esculturas concentradísimas y balanceadas, al mismo tiempo que amigas del camp barroco, sensual y accesible. Podría agregarse además que la transición definitiva entre la estética abyecta, antiestatista y transdisciplinaria que se cultivó en el Parakultural [1] y el primer atisbo de un arte amateur organizado que implicó la gestión de Gumier Maier en el Centro Cultural Rojas se consuma con la muerte de Schiliro, pero esa sería ya una historia distinta.

El museo Fortabat viene realizando desde ya hace algún tiempo retrospectivas sin duda valiosas que le disputan al Museo de Arte Moderno de Buenos Aires el patrimonio sobre la construcción discursiva del canon histórico reciente. Son dos modelos de institución no necesariamente en conflicto —por ejemplo, ambos museos cobran entrada, la del Fortabat es bastante costosa—, pero resulta, sin embargo, curioso cómo una colección privada comandada por un directorio fantasmal y sin equipo curatorial consigue albergar exhibiciones tan significativas como esta, o la de Marcia Schvartz, o la de Marcelo Pombo, que poco tienen que envidiarle a las de Alberto Goldenstein o Fabio Kacero, organizadas por el museo municipal. Es llamativo que una institución que no respeta el organigrama de la institucionalidad contemporánea y elige en cambio sostener el sistema opaco, arbitrario y corporativista típico del ámbito privado en Argentina logre proponer programas tan atractivos como los de un museo con aspiraciones de normalidad. Con esto no quiero decir que la dirección del MAMBA no sea también personalista, sino que a pesar de su directora el organismo intenta, en los papeles al menos, y dada su importancia en la escena pública, ser un museo “correcto”, integrado por jóvenes profesionales preocupados por la historia del arte argentino. En el Fortabat en cambio, parecen persistir abiertamente los vicios políticos del empresariado y, sin embargo, las muestras que organiza se sienten más enfocadas, más fieles a la voluntad de dejar margen para que las obras operen y desplieguen sus efectos. De todas las que se albergaron en el edificio de Puerto Madero, esta es sin duda la más navegable.

La curaduría de Schiavi y Vega, quizá debido al hecho de que ambas sean artistas, deja de lado las pretensiones de coquetear con la retórica espacial museística y sus soluciones genéricas. Si bien es cierto que el caudal de obras es notablemente menor al de las anteriores retrospectivas que tuvieron lugar en este mismo lugar, hay una relación de complicidad amorosa entre las curadoras y las obras que se traduce en un orden intuitivo y marcado por una deriva alegre, despreocupada, casi desprovista de reflexiones políticas y con un mínimo de material de archivo (el único que pudo reunirse, ya que no abunda).

Una exhibición como esta es una irrupción extraña para la escena porteña, ya que consigue reunir y mostrar un arte sin proceso, casi sin evolución, con un comienzo y un final muy cercanos en el tiempo. En ese sentido, tanto el trabajo escultórico como la muestra en sí misma, son algo cercano a una aparición, a un cometa, a un encuentro sexual perfecto pero de una sola noche. Con la extinción dramática de su vida, da la impresión de que Schiliro vino al mundo solamente para hacer esto.

La gente que amó y que hasta el día de hoy ama estas esculturas son las señoras de dinero que no entienden nada de arte pero empatizan con cierta liviandad formal, los coleccionistas felizmente desviados, algunos pocos colegas artistas y en general cualquier persona más o menos predispuesta a experimentar de manera sensible el mundo. Según se dice, en alguna de las escasas exposiciones que hizo en vida, decidió montar sus obras en peanas de poca altura para que estuviesen al alcance de la mirada de los niños. Como proyecto curatorial, Ahora voy a brillar se basa de forma casi exclusiva en esa condición amigable y autónoma de las obras. Por eso, aunque las esculturas sean producto de la historia de vida de Omar Schiliro, esta es una exhibición sin relato o que reconstruye esa vida desde un lugar disociado y colindante.

¿Es posible involucrarse con esta muestra desconociendo la historia de Schiliro? La respuesta es afirmativa sin duda, porque cada obra es un mecanismo inerte que actúa de manera unilateral. ¿Es posible, en cambio, hablar de las obras sin mencionar la historia que las anima, sin lo que fue la vida de Omar Schiliro? Frente a esta pregunta, ensayar una respuesta se vuelve más difícil. Los recuentos textuales que se hacen de esta exhibición y que no tienen en cuenta el trasfondo de su enfermedad como disparador productivo se sienten algo huecos, deficitarios o directamente injustos. Leer una reseña que no menciona ni una sola vez la palabra SIDA no puede sino interpretarse como un acto de omisión deliberado, con un propósito político definido.

Una observación de los historiadores Francisco Lemus y Nicolás Cuello a partir de la magra línea de tiempo que cierra el catálogo de la muestra quizá lo resuma mejor. En esta cronología hay nada más que nueve entradas, de las cuales cinco son apariciones de la obra después de fallecido el artista. “Esto es una vida queer”, comentan mirando las dos páginas, casi en blanco, con una especie de orgullo maltrecho. Esta fue la vida breve de un muchacho pobre, mulato, marica y enfermo que pudo manipular el arte para encontrar el amor y para inventarse una suerte de redención, una forma de justicia, ¿pero justicia frente a qué? Frente a la opresión sistémica por ser quien era. No decirlo no sirve para nada.

¿Cuál es el rasgo definitivo que asociaremos con Schiliro? ¿Su trabajo formal? ¿Su inventiva cromática, producto de las lecciones de pintura de su maestro-amante Gumier Maier? ¿Su enfermedad? En la estructura de purga, placer, y revitalización que sostiene a estas esculturas hay algo para todos, pero su vida fue una sola y sus obras, desprendimientos milagrosos de la vida que llevó, son precisamente eso. Su historia dice así.

[1] El Centro Parakultural fue un centro artístico multidisciplinario ubicado en la ciudad de Buenos Aires que, desde mediados de los años 80 y principios de los años 90, se convirtió en un lugar emblemático para el desarrollo de la cultura underground porteña que se gestó durante durante el final de la última dictadura y los primeros años de democracia, durante el gobierno del Presidente Raúl Alfonsín.

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