Contemporary Art in the Americas Arte Contemporáneo en las Américas

Hasta que te conocí

Gabriel Mejía Abad

(bis) | oficina de proyectos Cali, Colombia 02/07/2019 – 03/22/2019

Gabriel Mejía Abad, Lyrica y Tramadol (2019). Imagen cortesía de (bis) | oficina de proyectos

Vista general de la exposición Hasta que te conocí de Gabriel Mejía Abad en (bis) | oficina de proyectos, Cali. De izquierda a derecha: Lyrica y Tramadol (2019); Amiga (2019); Siempre en mi mente (2019); Amores como el nuestro (2019). Imagen cortesía de (bis) | oficina de proyectos

De izquierda a derecha: Gabriel Mejía Abad, Amiga (2019) y Amores como el nuestro (2019). Imagen cortesía de  (bis) | oficina de proyectos

Dignos y viejos

Conocí a Gabriel Mejía hace 18 años. Eso quiere decir que, si nuestra amistad fuera un hijo, ya sería mayor de edad. De Gabriel fui profesor, compañero de fiestas, de proyectos, de fundar espacios artísticos, de tocar en bandas de rock bastante desiguales y, en general, de hacer estupideces que terminaron siendo importantes en la vida cuando se miran retrospectivamente. Con Gabriel hemos caminado —si es que la locomoción en ese “estado de alicoramiento”, como dice la gente a la que le da pena decir “caído de la perra”, puede ser llamada “caminar”— de noche por calles poco recomendables del centro de Bogotá, cargando fajos de billetes con los que, habiendo podido decidir quedarnos a dormir en un hotel de lujo, terminamos compartiendo una cama en un motel de malísima muerte, de paredes mohosas, de corazones escritos a cuchillo, de pelos, no cabellos, en la almohada sucia y de manchas brillantes en la pared verde que sólo podían ser de semen, todo esto justo en frente de la universidad en la que él estudiaba y yo era profesor. Hemos caminado a través de muchas historias, y si bien otras, entre cientos, podrían ser más amables, ésta ocupa un lugar especial en mi memoria porque me hace pensar que, al juntarnos, Gabriel y yo, fuimos jóvenes.

No jóvenes como el hijo millennial que habría salido de nuestra amistad, y que hoy sería sensible, correcto y guerrero de causas nobles. No. Digo jóvenes como un par de hijueputicas que se sentían el centro de un mundo que fueron construyendo a su medida y que hoy, de alguna manera, es parte del relato oficial de la escena artística en Bogotá. Digo jóvenes en el sentido en que nada importaba, en que estábamos dichosos de la fiesta, de la destrucción de todo y, sobre todo, de cada oportunidad de autosabotaje que se nos ponía por delante.

Cuando uno escribe un texto de esta naturaleza sobre alguien, sobre el pasado con alguien, sobre el pasado pasado, pasadísimo, con alguien, es porque uno está viejo.

Ahora Gabriel sufre de la espalda, se ha ido volviendo una especie de ermitaño que encuentra en su casa el paraíso cuando la industria del espectáculo, en la que ha trabajado por años en cosas como ser actor de propagandas, modelo de vallas y de empaques de productos, productor, director de arte y protagonista de largometrajes nacionales, lo deja. El Gabriel de hoy sufre porque le salió papada, porque le aquejan el lumbago, la depresión o la ansiedad, así como a mí me flagelan males insospechados hace años y vergonzosos hoy, a pesar de que mis 50 están a la vuelta del quinquenio y puedo decir cómodamente que ya estoy viejo, que ya estamos viejos. El Gabriel de hoy hace pilates, se emborracha muchísimo menos, lleva una vida que intenta hacer plácida y en la que el amor, hacer canciones, escribir y entregarse a la vida en pareja lo ayudan a no hundirse, así como a mí las matas de mi casa, mis animales, y el repetirme que el amor está sobrevalorado y que se puede vivir tranquilamente en la soledad, me dan fuerza para no tirarme por la ventana al final de cada día.

En un momento de la vida cambiamos al jíbaro por el farmaceuta. Yo, tomando medicinas biológicas carísimas y él, automedicándose con fluoxetina, tramadol y pregabalina, fármacos que, para decirlo sin ambigüedades, parecen ayudar, pero enganchan y pueden matar más que una sobredosis de perico o un chute mal calculado. Viéndolo de esa manera, me gustaría pensar que en la ruleta rusa de la autoprescripción hay una huella de esa adrenalina de la juventud, una voluntad de afirmarse en la irrelevancia de la preservación y, por qué no, un deseo de innovar en la culinaria de la dependencia.

Las piezas que Gabriel Mejía presenta en esta exposición funcionan a manera de monolitos parlantes, de alarmas y de campanas de iglesia que traen la enfermedad y el remedio bien empaquetados, que nos recuerdan que ya no somos jóvenes, que Juan Gabriel es mejor que la mejor de las nuevas banditas juveniles, que la tristeza y el desengaño prevalecen ante toda posibilidad de perreo y que no es la enfermedad, sino la manera en la que nos resistimos a ella, cantándole con dulzura a lo más doloroso de la vida, lo que nos permite seguir, dignos y viejos.

—Víctor Albarracín Llanos

Gabriel Mejía Abad nace en 1978 en Medellín, Colombia, y vive y trabaja en Bogotá. Divide su tiempo entre la práctica artística, la gestión curatorial y editorial, y la producción literaria.

Su práctica artística indaga en la comprensión de la propaganda en sus formas más sutiles y a su vez más efectivas. En sus palabras: “la propaganda adquiere dimensiones insospechadas, desde sutilezas que parecen una caricia en un comercial de jabón hasta un grito exacerbado de guerra en una campaña electoral. Un abanico de posibilidades de tal magnitud merece una mirada detallada pero no siempre obsesiva, ser un espectador también radica en dejarse tocar por los mensajes y descubrirse a uno mismo siendo masajeado”.

En su producción escultórica emplea objetos domésticos, cotidianos y hasta triviales, que “se pueden encontrar en cualquier casa de clase media” (Mejía Abad), aparentemente inofensivos pero inquietantes también por su supuesta incapacidad de producir significación.

Cuando aún era un estudiante universitario, fue uno de los miembros fundadores de El Bodegón (2005-2009), que, 10 años después de su disolución, es aún recordado como una suerte de paradigma colombiano de los espacios independientes, previo a la posterior efervescencia de estos espacios en la década del 2010. En 2011 cofunda MIAMI, espacio independiente en el que se involucra hasta 2015.

Ha publicado varios libros, escrito en revistas como Vice, Sablazo y Arcadia, y colaborado en publicaciones independientes como Matera, Sobre el fracaso y Tropical Porn, entre muchas otras. En la actualidad es director y editor de la editorial Salvaje.

Su trabajo ha sido exhibido recientemente en: Construir el optimismo (individual), lugar a dudas, Cali, 2018; y Paraíso Bajo, Bogotá, 2018; Dysfunctional Formulas of Love, The Box, Los Ángeles, 2017; Lujo moderno (individual), Liberia, Bogotá, 2017; La sección eficaz (individual), MIAMI, Bogotá, 2016; Protesta & proxemia, Sala de Proyectos de la Universidad de los Andes, Bogotá 2015; Las entrañas del mundo (individual), NADA, Bogotá, 2015; El sueño de la razón produce monstruos (individual), MIAMI, Bogotá, 2014, y (bis) | oficina de proyectos, Cali 2014.

www.bis-bis.biz

Gabriel Mejía Abad, Lyrica y Tramadol (2019). Imagen cortesía de (bis) | oficina de proyectos

Vista general de la exposición Hasta que te conocí de Gabriel Mejía Abad en (bis) | oficina de proyectos, Cali. De izquierda a derecha: Lyrica y Tramadol (2019); Amiga (2019); Siempre en mi mente (2019); Amores como el nuestro (2019). Imagen cortesía de (bis) | oficina de proyectos

De izquierda a derecha: Gabriel Mejía Abad, Amiga (2019) y Amores como el nuestro (2019). Imagen cortesía de  (bis) | oficina de proyectos

Dignos y viejos

Conocí a Gabriel Mejía hace 18 años. Eso quiere decir que, si nuestra amistad fuera un hijo, ya sería mayor de edad. De Gabriel fui profesor, compañero de fiestas, de proyectos, de fundar espacios artísticos, de tocar en bandas de rock bastante desiguales y, en general, de hacer estupideces que terminaron siendo importantes en la vida cuando se miran retrospectivamente. Con Gabriel hemos caminado —si es que la locomoción en ese “estado de alicoramiento”, como dice la gente a la que le da pena decir “caído de la perra”, puede ser llamada “caminar”— de noche por calles poco recomendables del centro de Bogotá, cargando fajos de billetes con los que, habiendo podido decidir quedarnos a dormir en un hotel de lujo, terminamos compartiendo una cama en un motel de malísima muerte, de paredes mohosas, de corazones escritos a cuchillo, de pelos, no cabellos, en la almohada sucia y de manchas brillantes en la pared verde que sólo podían ser de semen, todo esto justo en frente de la universidad en la que él estudiaba y yo era profesor. Hemos caminado a través de muchas historias, y si bien otras, entre cientos, podrían ser más amables, ésta ocupa un lugar especial en mi memoria porque me hace pensar que, al juntarnos, Gabriel y yo, fuimos jóvenes.

No jóvenes como el hijo millennial que habría salido de nuestra amistad, y que hoy sería sensible, correcto y guerrero de causas nobles. No. Digo jóvenes como un par de hijueputicas que se sentían el centro de un mundo que fueron construyendo a su medida y que hoy, de alguna manera, es parte del relato oficial de la escena artística en Bogotá. Digo jóvenes en el sentido en que nada importaba, en que estábamos dichosos de la fiesta, de la destrucción de todo y, sobre todo, de cada oportunidad de autosabotaje que se nos ponía por delante.

Cuando uno escribe un texto de esta naturaleza sobre alguien, sobre el pasado con alguien, sobre el pasado pasado, pasadísimo, con alguien, es porque uno está viejo.

Ahora Gabriel sufre de la espalda, se ha ido volviendo una especie de ermitaño que encuentra en su casa el paraíso cuando la industria del espectáculo, en la que ha trabajado por años en cosas como ser actor de propagandas, modelo de vallas y de empaques de productos, productor, director de arte y protagonista de largometrajes nacionales, lo deja. El Gabriel de hoy sufre porque le salió papada, porque le aquejan el lumbago, la depresión o la ansiedad, así como a mí me flagelan males insospechados hace años y vergonzosos hoy, a pesar de que mis 50 están a la vuelta del quinquenio y puedo decir cómodamente que ya estoy viejo, que ya estamos viejos. El Gabriel de hoy hace pilates, se emborracha muchísimo menos, lleva una vida que intenta hacer plácida y en la que el amor, hacer canciones, escribir y entregarse a la vida en pareja lo ayudan a no hundirse, así como a mí las matas de mi casa, mis animales, y el repetirme que el amor está sobrevalorado y que se puede vivir tranquilamente en la soledad, me dan fuerza para no tirarme por la ventana al final de cada día.

En un momento de la vida cambiamos al jíbaro por el farmaceuta. Yo, tomando medicinas biológicas carísimas y él, automedicándose con fluoxetina, tramadol y pregabalina, fármacos que, para decirlo sin ambigüedades, parecen ayudar, pero enganchan y pueden matar más que una sobredosis de perico o un chute mal calculado. Viéndolo de esa manera, me gustaría pensar que en la ruleta rusa de la autoprescripción hay una huella de esa adrenalina de la juventud, una voluntad de afirmarse en la irrelevancia de la preservación y, por qué no, un deseo de innovar en la culinaria de la dependencia.

Las piezas que Gabriel Mejía presenta en esta exposición funcionan a manera de monolitos parlantes, de alarmas y de campanas de iglesia que traen la enfermedad y el remedio bien empaquetados, que nos recuerdan que ya no somos jóvenes, que Juan Gabriel es mejor que la mejor de las nuevas banditas juveniles, que la tristeza y el desengaño prevalecen ante toda posibilidad de perreo y que no es la enfermedad, sino la manera en la que nos resistimos a ella, cantándole con dulzura a lo más doloroso de la vida, lo que nos permite seguir, dignos y viejos.

—Víctor Albarracín Llanos

Gabriel Mejía Abad nace en 1978 en Medellín, Colombia, y vive y trabaja en Bogotá. Divide su tiempo entre la práctica artística, la gestión curatorial y editorial, y la producción literaria.

Su práctica artística indaga en la comprensión de la propaganda en sus formas más sutiles y a su vez más efectivas. En sus palabras: “la propaganda adquiere dimensiones insospechadas, desde sutilezas que parecen una caricia en un comercial de jabón hasta un grito exacerbado de guerra en una campaña electoral. Un abanico de posibilidades de tal magnitud merece una mirada detallada pero no siempre obsesiva, ser un espectador también radica en dejarse tocar por los mensajes y descubrirse a uno mismo siendo masajeado”.

En su producción escultórica emplea objetos domésticos, cotidianos y hasta triviales, que “se pueden encontrar en cualquier casa de clase media” (Mejía Abad), aparentemente inofensivos pero inquietantes también por su supuesta incapacidad de producir significación.

Cuando aún era un estudiante universitario, fue uno de los miembros fundadores de El Bodegón (2005-2009), que, 10 años después de su disolución, es aún recordado como una suerte de paradigma colombiano de los espacios independientes, previo a la posterior efervescencia de estos espacios en la década del 2010. En 2011 cofunda MIAMI, espacio independiente en el que se involucra hasta 2015.

Ha publicado varios libros, escrito en revistas como Vice, Sablazo y Arcadia, y colaborado en publicaciones independientes como Matera, Sobre el fracaso y Tropical Porn, entre muchas otras. En la actualidad es director y editor de la editorial Salvaje.

Su trabajo ha sido exhibido recientemente en: Construir el optimismo (individual), lugar a dudas, Cali, 2018; y Paraíso Bajo, Bogotá, 2018; Dysfunctional Formulas of Love, The Box, Los Ángeles, 2017; Lujo moderno (individual), Liberia, Bogotá, 2017; La sección eficaz (individual), MIAMI, Bogotá, 2016; Protesta & proxemia, Sala de Proyectos de la Universidad de los Andes, Bogotá 2015; Las entrañas del mundo (individual), NADA, Bogotá, 2015; El sueño de la razón produce monstruos (individual), MIAMI, Bogotá, 2014, y (bis) | oficina de proyectos, Cali 2014.

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