Contemporary Art in the Americas Arte Contemporáneo en las Américas

Dibujos textuales II

Ana Gallardo

Ruth Benzacar Galería de Arte Buenos Aires, Argentina 11/14/2018 – 01/05/2019

Ana Gallardo, Dibujos textuales II (2018). Imagen cortesía de Ruth Benzacar Galería de Arte

Ana Gallardo, Dibujos textuales II (2018). Imagen cortesía de Ruth Benzacar Galería de Arte

Ana Gallardo, Dibujos textuales II (2018). Imagen cortesía de Ruth Benzacar Galería de Arte

Dibujos textuales II, de Ana Gallardo, es una muestra que reúne dibujos de gran formato en carbón sobre papel. Dípticos, trípticos, conformando una sola pieza. Dibujos de textos que relatan testimonios sobre mujeres y niñas que sufrieron distintos tipos de violencias por la milicia guatemalteca, durante el período insurgente en dicho país.

“Sobre el fin de los años 80, viviendo en la ciudad de México, colaboré activamente con la insurgencia guatemalteca. Viajaba transportando determinados cargamentos, que la organización necesitaba e ingresaba a la selva del Peten por diferentes zonas. En cada ingreso, por lo general mis encuentros eran las mujeres insurgentes.” (Ana Gallardo)

Los monocromos parecen siempre anunciar un inicio o un final. Son pura voz y puro silencio al mismo tiempo. Provocan incluso, a primera vista, cierta inquietud, tal vez por enfrentarnos a esa exhibición absoluta y des-figurada de lo único, de algo que, solo, es todo; a la elección tajante de una entidad que se descubre sin compañía, categórica en su autonomía, desprendida; a esa presentación de sí como núcleo originario o como opacidad impenetrable, cerrazón. Nos afectan con su señalamiento decididamente interno: tan hacia nosotros y tan hacia adentro de ellos mismos.

Los Dibujos textuales de Ana Gallardo se suman a la vasta tradición del monocromo. A la del monocromo puro que es acto de limpieza y llamado de alerta a la percepción y a la del gestual o saturado, prueba del poder de transformación del acto creativo y a veces expresión del artista o de la historia torturados. A la de los espacios totales que condensan en su orden la energía de la materia y a aquella que viene sumando —al idealismo que convoca su austeridad y su restricción compositiva— la carga existencialista, simbólica y sugestiva que tiene la anti-imagen, que traen la acumulación, la repetición, la supresión o el poner el cuerpo, la sensación del vacío o de lo lleno.

En la trayectoria de Gallardo, el monocromo llega después del fracaso. Un fracaso que se despierta no sólo ante la imposibilidad de continuar transformando la nostalgia, el desamparo o la soledad en hecho constructivo a través de sus proyectos dialógicos y afectivos, sino también ante la frustración que supone enfrentarse a una humanidad que no se deshace de su naturaleza despiadada. Sus monocromos surgen frente a este hecho.

Casi imperceptible, casi desdibujado, este asoma por el margen inferior de las obras en forma de testimonio y, desde allí, la artista pinta su sombra inmensa. O, más que su sombra, pinta su trauma. La imagen se calla ante la vivencia y la narración del abuso. El gris profundo es su única posibilidad de representación, su forma de anunciar la manera en que los hechos obturan y anulan, con su miseria y brutalidad, las biografías.

Esta monocromía de denuncia es también declaración de artista. De una producción que si bien exhibe su inevitabilidad y su imperante necesidad expresiva en la superficie dibujada, confiesa su agotamiento y su desánimo y la necesidad de exigirse, ante la naturaleza de los hechos, ser fundamentalmente portavoz. La opacidad de sus trabajos es negación de todo lo que no sea para Gallardo estrictamente necesario, es censura de artista, tachadura agotada en las decenas de carbonillas que hicieron del papel una monumental naturaleza quemada.

En su doble orden de denuncia y negación, de visibilidad y opacidad, de escritura y tachadura, las obras de Ana reafirman el potencial expresivo de su naturaleza dual. Ellas además son, no sólo evocan, voz y silencio y, en tanto monocromo, saben revelar complejidad mediante la uniformidad. Ellas comunican la duda en que nos sume la batalla entre el deseo y la responsabilidad, entre la franqueza y la necesidad de apagar el dolor, una secuela de contradicciones que las obras de Gallardo resumen siempre en el hecho de que se manifiestan, a la vez, como pregunta y como respuesta sobre cómo ser artista frente a la realidad.

Texto de Alejandra Aguado

http://www.ruthbenzacar.com

Ana Gallardo, Dibujos textuales II (2018). Imagen cortesía de Ruth Benzacar Galería de Arte

Ana Gallardo, Dibujos textuales II (2018). Imagen cortesía de Ruth Benzacar Galería de Arte

Ana Gallardo, Dibujos textuales II (2018). Imagen cortesía de Ruth Benzacar Galería de Arte

Dibujos textuales II, de Ana Gallardo, es una muestra que reúne dibujos de gran formato en carbón sobre papel. Dípticos, trípticos, conformando una sola pieza. Dibujos de textos que relatan testimonios sobre mujeres y niñas que sufrieron distintos tipos de violencias por la milicia guatemalteca, durante el período insurgente en dicho país.

“Sobre el fin de los años 80, viviendo en la ciudad de México, colaboré activamente con la insurgencia Guatemalteca. Viajaba transportando determinados cargamentos, que la organización necesitaba e ingresaba a la selva del Peten por diferentes zonas. En cada ingreso, por lo general mis encuentros eran las mujeres insurgentes.” (Ana Gallardo)

Los monocromos parecen siempre anunciar un inicio o un final. Son pura voz y puro silencio al mismo tiempo. Provocan incluso, a primera vista, cierta inquietud, tal vez por enfrentarnos a esa exhibición absoluta y des-figurada de lo único, de algo que, solo, es todo; a la elección tajante de una entidad que se descubre sin compañía, categórica en su autonomía, desprendida; a esa presentación de sí como núcleo originario o como opacidad impenetrable, cerrazón. Nos afectan con su señalamiento decididamente interno: tan hacia nosotros y tan hacia adentro de ellos mismos.

Los Dibujos textuales de Ana Gallardo se suman a la vasta tradición del monocromo. A la del monocromo puro que es acto de limpieza y llamado de alerta a la percepción y a la del gestual o saturado, prueba del poder de transformación del acto creativo y a veces expresión del artista o de la historia torturados. A la de los espacios totales que condensan en su orden la energía de la materia y a aquella que viene sumando —al idealismo que convoca su austeridad y su restricción compositiva— la carga existencialista, simbólica y sugestiva que tiene la anti-imagen, que traen la acumulación, la repetición, la supresión o el poner el cuerpo, la sensación del vacío o de lo lleno.

En la trayectoria de Gallardo, el monocromo llega después del fracaso. Un fracaso que se despierta no sólo ante la imposibilidad de continuar transformando la nostalgia, el desamparo o la soledad en hecho constructivo a través de sus proyectos dialógicos y afectivos, sino también ante la frustración que supone enfrentarse a una humanidad que no se deshace de su naturaleza despiadada. Sus monocromos surgen frente a este hecho.

Casi imperceptible, casi desdibujado, este asoma por el margen inferior de las obras en forma de testimonio y, desde allí, la artista pinta su sombra inmensa. O, más que su sombra, pinta su trauma. La imagen se calla ante la vivencia y la narración del abuso. El gris profundo es su única posibilidad de representación, su forma de anunciar la manera en que los hechos obturan y anulan, con su miseria y brutalidad, las biografías.

Esta monocromía de denuncia es también declaración de artista. De una producción que si bien exhibe su inevitabilidad y su imperante necesidad expresiva en la superficie dibujada, confiesa su agotamiento y su desánimo y la necesidad de exigirse, ante la naturaleza de los hechos, ser fundamentalmente portavoz. La opacidad de sus trabajos es negación de todo lo que no sea para Gallardo estrictamente necesario, es censura de artista, tachadura agotada en las decenas de carbonillas que hicieron del papel una monumental naturaleza quemada.

En su doble orden de denuncia y negación, de visibilidad y opacidad, de escritura y tachadura, las obras de Ana reafirman el potencial expresivo de su naturaleza dual. Ellas además son, no sólo evocan, voz y silencio y, en tanto monocromo, saben revelar complejidad mediante la uniformidad. Ellas comunican la duda en que nos sume la batalla entre el deseo y la responsabilidad, entre la franqueza y la necesidad de apagar el dolor, una secuela de contradicciones que las obras de Gallardo resumen siempre en el hecho de que se manifiestan, a la vez, como pregunta y como respuesta sobre cómo ser artista frente a la realidad.

Texto de Alejandra Aguado

http://www.ruthbenzacar.com

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MARGINALIA #22

Federico Lanzi

Estío

Maid’s Room