Contemporary Art in the Americas Arte Contemporáneo en las Américas

Contra el estado de guerra, un arte de acción total

Marcos Kurtycz

Museo Amparo Puebla, México 09/13/2018 – 01/14/2019

Marcos Kurtycz, Contra el estado de guerra, un arte de acción total (2018). Vista de instalación. Imagen cortesía: Museo Amparo

Marcos Kurtycz, Contra el estado de guerra, un arte de acción total (2018). Vista de instalación. Imagen cortesía: Museo Amparo

Marcos Kurtycz, Contra el estado de guerra, un arte de acción total (2018). Vista de instalación. Imagen cortesía: Museo Amparo

El Museo Amparo presenta una investigación exhaustiva sobre Marcos Kurtycz, a través de una exposición curada por Francisco Reyes Palma.

Este exhaustivo proyecto de investigación ha sido organizado por el Museo Amparo y nos permite conocer los procesos de la producción artística de Marcos Kurtycz, artista de origen polaco. Desde su llegada al país hace más de cincuenta años, su encuentro con la idiosincrasia mexicana hizo que cambiara su profesión de ingeniero por una práctica artística sustentada en el conceptualismo, que lo transformó en uno de los precursores fundamentales del arte acción y de la incorporación del cuerpo como herramienta artística, y finalmente en un personaje legendario, vivo en la memoria del medio cultural mexicano.

A pesar de que en el medio mexicano de ese momento resultaba poco común asumirse dentro de esas posturas, Kurtycz desarrolló no sólo un camino propio dentro del arte como idea sino que esta posición lo llevó a imprimirle un sentido activo que afectó la totalidad de sus búsquedas experimentales. Es así que el artista polaco-mexicano fue configurándose bajo un trayecto polifacético: diseñador gráfico, editor, impresor, pintor, escultor y performer. Aunque su trabajo se relacionó en gran medida por sus acciones lingüísticas, la poesía visual y los libros de artista, su amplia gama de acciones lo llevaron a incursionar en el arte de la tierra (land art), el cinetismo, el arte lumínico, neumático y electrosonoro; a la par que su actividad despejó el camino a un cúmulo de experiencias sinestésicas y multisensoriales; de propuestas germinativas; de activación de pinturas, esculturas y fotografías; sin hacer de lado otros recursos como la tira cómica, el cine, los medios múltiples y radiográficos.

Descubrir al ingeniero y al artista ha sido posible gracias a que sus recuerdos, anotaciones e impresiones sobre la contemporaneidad mexicana de entonces quedaron resguardados en sus cuadernos de notas y proyectos: su visión cáustica de la barbarie de los responsables de la matanza del 2 de octubre de 1968, el retrato descarnado del exotismo turístico frente a la celebración popular del Día de muertos, hasta las revelaciones de su afinidad con el arte desde la lógica del arte acción, una estética de la desmaterialización del objeto, no sólo por la prevalencia dada a la idea por encima del producto final, al proceso más que al resultado, sino por lo efímero de la acción y la amplia presencia de materiales deleznables, inestables, fuera del repertorio acostumbrado en la producción artística tradicional e inclusive en la de la vanguardista.

Es considerable el número de obras en las que el pensamiento científico cumplió su parte en el quehacer artístico de Kurtycz. En su semiótica particular, el artista no producía obras de arte sino artef-actos, un arte generado de manera instantánea por la idea, una acción desplegada en el tiempo y el espacio, arte de ideas y procesos, un objeto funcional, mutable, fluido. No obstante, su ejecución exigía el rigor de la programación anticipada, el cálculo preciso de tiempos y requerimientos: una ingeniería de la acción.

Bajo esa mirada, podemos destacar su reinvención de objetos a partir de técnicas domésticas como el “Comalprint”, o “comal de impresión”, una máquina de calor que, en su simplicidad, incluyó un sentido automático de producción de imágenes encáusticas en serie. En esta misma línea se pueden situar sus máscaras metálicas, que actuaban como cadena de producción de rostros formados por la impronta de una combustión controlada. Mientras que en el polo opuesto hallamos sus sistemas de impresión lenta, donde el paso del tiempo posibilita que una espesa imagen de chapopote deje su traza, e incluso la propuesta de una nueva técnica de impresión como la “Chanclografía”. Y en su necesidad de amalgamar los materiales más diversos lo llevó, también, a disponer de una prensa neumática de cuatro toneladas.

Gracias a una extensa producción como diseñador gráfico que le procuraba los medios para vivir, Kurtycz pudo disponer de autonomía como creador y poner en marcha un esquema de trabajo intensivo, a contrapelo de las instituciones de arte, involucrado tanto con la experimentación como con una postura ética insumisa, ética de la transgresión, encaminada a afectar al espectador por medio de la experiencia vivida.

Kurtycz asumía con plena legitimidad la existencia de la obra como objeto de pensamiento, al margen de su realización fáctica: los no proyectos. En paralelo, consideraba al cuerpo y sus imágenes como elementos activos de creación y transformación, como vehículos para multiplicar las posibilidades del objeto en calidad de agente dinámico y crítico, dispuesto a erosionar las categorías de valor que sostienen el estatuto sacralizado de la obra de arte.

En la muestra Marcos Kurtycz. Contra el estado de guerra, un arte de acción total se podrá apreciar una gran cantidad de libros, carteles, tarjetas, cartas, libros de artista y libros objeto, para acercarnos a la manera en la que más que asumir de manera mecánica los modelos hegemónicos, Kurtycz entroncó contra ellos, los puso a prueba y reconfiguró dentro de un mecanismo anárquico, no tanto de apropiación sino de integración a la mecánica del accionismo.

El diálogo abarcador de esta exposición reafirma a Kurtycz como la figura de la excepción, de las más complejas y versátiles de la escena mexicana, paralela al movimiento de los grupos de los años setenta y a la postvanguardia de los ochenta, y enmascarada bajo el calificativo de neomexicanista que el artista desarrolló como una estrategia de guerra contra la institucionalización y mercantilización del arte.

Si bien Kurtycz ya se había transformado en una figura central de la performática mexicana, con gran visibilidad internacional, en la década siguiente, en la que una nueva generación de artistas afiliados a los neoconceptualismos comienza a cobrar auge, el artista enfrenta la enfermedad y reformula su pertinaz actividad como accionista con un nuevo ciclo de guerra librado por su álter ego serpiente, ese ser capaz de mudar de piel, y tomar la vida por asalto.

Marcos Kurtycz logró por momentos desquiciar las estructuras mediadoras de circulación y valoración artística, fueran las del museo, la galería o la industria editorial; del mismo modo, logró a veces confundir a la institución de la crítica, incapaz de seguir la totalidad de sus desplazamientos y quiebres. Con todo, pareciera que Kurtycz logró, al mismo tiempo, maldecir y purificar una escena artística, en buena parte domesticada. Para varias generaciones de artistas e historiadores del arte, sus rituales de vuelo, sus bombas postales y sus libros de fuego se mantienen como una memoria viva.

http://museoamparo.com/

Marcos Kurtycz, Contra el estado de guerra, un arte de acción total (2018). Vista de instalación. Imagen cortesía: Museo Amparo

Marcos Kurtycz, Contra el estado de guerra, un arte de acción total (2018). Vista de instalación. Imagen cortesía: Museo Amparo

Marcos Kurtycz, Contra el estado de guerra, un arte de acción total (2018). Vista de instalación. Imagen cortesía: Museo Amparo

El Museo Amparo presenta una investigación exhaustiva sobre Marcos Kurtycz, a través de una exposición curada por Francisco Reyes Palma.

Este exhaustivo proyecto de investigación ha sido organizado por el Museo Amparo y nos permite conocer los procesos de la producción artística de Marcos Kurtycz, artista de origen polaco. Desde su llegada al país hace más de cincuenta años, su encuentro con la idiosincrasia mexicana hizo que cambiara su profesión de ingeniero por una práctica artística sustentada en el conceptualismo, que lo transformó en uno de los precursores fundamentales del arte acción y de la incorporación del cuerpo como herramienta artística, y finalmente en un personaje legendario, vivo en la memoria del medio cultural mexicano.

A pesar de que en el medio mexicano de ese momento resultaba poco común asumirse dentro de esas posturas, Kurtycz desarrolló no sólo un camino propio dentro del arte como idea sino que esta posición lo llevó a imprimirle un sentido activo que afectó la totalidad de sus búsquedas experimentales. Es así que el artista polaco-mexicano fue configurándose bajo un trayecto polifacético: diseñador gráfico, editor, impresor, pintor, escultor y performer. Aunque su trabajo se relacionó en gran medida por sus acciones lingüísticas, la poesía visual y los libros de artista, su amplia gama de acciones lo llevaron a incursionar en el arte de la tierra (land art), el cinetismo, el arte lumínico, neumático y electrosonoro; a la par que su actividad despejó el camino a un cúmulo de experiencias sinestésicas y multisensoriales; de propuestas germinativas; de activación de pinturas, esculturas y fotografías; sin hacer de lado otros recursos como la tira cómica, el cine, los medios múltiples y radiográficos.

Descubrir al ingeniero y al artista ha sido posible gracias a que sus recuerdos, anotaciones e impresiones sobre la contemporaneidad mexicana de entonces quedaron resguardados en sus cuadernos de notas y proyectos: su visión cáustica de la barbarie de los responsables de la matanza del 2 de octubre de 1968, el retrato descarnado del exotismo turístico frente a la celebración popular del Día de muertos, hasta las revelaciones de su afinidad con el arte desde la lógica del arte acción, una estética de la desmaterialización del objeto, no sólo por la prevalencia dada a la idea por encima del producto final, al proceso más que al resultado, sino por lo efímero de la acción y la amplia presencia de materiales deleznables, inestables, fuera del repertorio acostumbrado en la producción artística tradicional e inclusive en la de la vanguardista.

Es considerable el número de obras en las que el pensamiento científico cumplió su parte en el quehacer artístico de Kurtycz. En su semiótica particular, el artista no producía obras de arte sino artef-actos, un arte generado de manera instantánea por la idea, una acción desplegada en el tiempo y el espacio, arte de ideas y procesos, un objeto funcional, mutable, fluido. No obstante, su ejecución exigía el rigor de la programación anticipada, el cálculo preciso de tiempos y requerimientos: una ingeniería de la acción.

Bajo esa mirada, podemos destacar su reinvención de objetos a partir de técnicas domésticas como el “Comalprint”, o “comal de impresión”, una máquina de calor que, en su simplicidad, incluyó un sentido automático de producción de imágenes encáusticas en serie. En esta misma línea se pueden situar sus máscaras metálicas, que actuaban como cadena de producción de rostros formados por la impronta de una combustión controlada. Mientras que en el polo opuesto hallamos sus sistemas de impresión lenta, donde el paso del tiempo posibilita que una espesa imagen de chapopote deje su traza, e incluso la propuesta de una nueva técnica de impresión como la “Chanclografía”. Y en su necesidad de amalgamar los materiales más diversos lo llevó, también, a disponer de una prensa neumática de cuatro toneladas.

Gracias a una extensa producción como diseñador gráfico que le procuraba los medios para vivir, Kurtycz pudo disponer de autonomía como creador y poner en marcha un esquema de trabajo intensivo, a contrapelo de las instituciones de arte, involucrado tanto con la experimentación como con una postura ética insumisa, ética de la transgresión, encaminada a afectar al espectador por medio de la experiencia vivida.

Kurtycz asumía con plena legitimidad la existencia de la obra como objeto de pensamiento, al margen de su realización fáctica: los no proyectos. En paralelo, consideraba al cuerpo y sus imágenes como elementos activos de creación y transformación, como vehículos para multiplicar las posibilidades del objeto en calidad de agente dinámico y crítico, dispuesto a erosionar las categorías de valor que sostienen el estatuto sacralizado de la obra de arte.

En la muestra Marcos Kurtycz. Contra el estado de guerra, un arte de acción total se podrá apreciar una gran cantidad de libros, carteles, tarjetas, cartas, libros de artista y libros objeto, para acercarnos a la manera en la que más que asumir de manera mecánica los modelos hegemónicos, Kurtycz entroncó contra ellos, los puso a prueba y reconfiguró dentro de un mecanismo anárquico, no tanto de apropiación sino de integración a la mecánica del accionismo.

El diálogo abarcador de esta exposición reafirma a Kurtycz como la figura de la excepción, de las más complejas y versátiles de la escena mexicana, paralela al movimiento de los grupos de los años setenta y a la postvanguardia de los ochenta, y enmascarada bajo el calificativo de neomexicanista que el artista desarrolló como una estrategia de guerra contra la institucionalización y mercantilización del arte.

Si bien Kurtycz ya se había transformado en una figura central de la performática mexicana, con gran visibilidad internacional, en la década siguiente, en la que una nueva generación de artistas afiliados a los neoconceptualismos comienza a cobrar auge, el artista enfrenta la enfermedad y reformula su pertinaz actividad como accionista con un nuevo ciclo de guerra librado por su álter ego serpiente, ese ser capaz de mudar de piel, y tomar la vida por asalto.

Marcos Kurtycz logró por momentos desquiciar las estructuras mediadoras de circulación y valoración artística, fueran las del museo, la galería o la industria editorial; del mismo modo, logró a veces confundir a la institución de la crítica, incapaz de seguir la totalidad de sus desplazamientos y quiebres. Con todo, pareciera que Kurtycz logró, al mismo tiempo, maldecir y purificar una escena artística, en buena parte domesticada. Para varias generaciones de artistas e historiadores del arte, sus rituales de vuelo, sus bombas postales y sus libros de fuego se mantienen como una memoria viva.

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