El silencio es raro en Casa Líquida. Aquella mañana lluviosa de jueves, se escuchaba el tintinear de las llaves de la performance de Novíssimo Edgar, que ensayaba en…
El silencio es raro en Casa Líquida. Aquella mañana lluviosa de jueves, se escuchaba el tintinear de las llaves de la performance de Novíssimo Edgar, que ensayaba en el jardín, previo a su presentación en el espacio abierto del MASP; la percusión de O Cheiro do Queijo, grupo escénico-musical cearense, resonando en el estudio del fondo; las tazas de café de los residentes golpeando la mesa de la cocina y el sonido continuo del agua de la ducha. “Aquí ningún día es igual a otro”, dice Julia Feldens cuando le pregunto por la rutina de la casa. Junto a sus hijos Heitor y Antônio, la artista y fundadora del proyecto renunció a la soledad para entregarse a la indeterminación de los encuentros: la propia casa se transformó en un espacio de convivencia y tránsito de artistas, donde promueve programas de residencia artística, estudio e investigación, además de ofrecer alojamiento gratuito para profesionales del sector cultural.
En Brasil, Julia Feldens es un rostro conocido, especialmente para quienes siguen la teledramaturgia nacional. Tras una trayectoria en el teatro, debutó en televisión y se convirtió en una de las estrellas de un clásico de Manoel Carlos emitido a comienzos de los años 2000, la telenovela Laços de familia [Lazos de familia]. Sin embargo, con el tiempo la fama le hizo percibir la dificultad de construir relaciones espontáneas, ya que era constantemente reconocida por la gente. “La imagen adquirió una dimensión en mi vida mucho mayor que mi trabajo como actriz”, explica.
Fue de manera consciente que Julia abandonó los reflectores para dedicarse a la maternidad. En 2015, más de diez años después, aquel obstáculo que le impedía relacionarse y crear vínculos efectivos con las personas resonaría en su investigación para la performance titulada Casa Líquida — también nombre de la casa donde vive —, basada en el gesto de ofrecer espacio para que artistas de múltiples lenguajes desarrollaran sus proyectos y compartieran la vida cotidiana con su familia. “Entendí que la performance era una acción con un cuerpo en el centro y que promovía cierta transformación a su alrededor. Eso me inspiró a crear una acción en la que abro mi casa a un uso colectivo, donde los cuerpos centrales eran el mío, el de mis dos hijos y el de la propia casa”, agrega.
Ubicada en la zona oeste de São Paulo, la casa de aproximadamente 700 m² permanece escondida detrás de un muro cubierto de árboles, en contraste con los grandes desarrollos inmobiliarios y edificios que consumen lentamente las antiguas viviendas del barrio de clase media alta. El camino a pie hasta allí es tortuoso, atravesado por el polvo de las obras y el ruido de las construcciones. Julia cuenta que el propio vecindario observa lo que ocurre allí casi como un acto obsceno: no comprende su casa como una vivienda en los términos convencionales — si es que eso existe — debido a su configuración y a la constante circulación de personas. “En este lugar geopolítico no es comprendida ni bienvenida”.
A pesar del urbanismo carcelario de las fortalezas privadas de la zona, con altos muros y cámaras de vigilancia alimentadas por tecnologías militares sionistas, la puerta de la Casa estaba abierta. Crucé el portón y entré al patio central para percibir otra dinámica en funcionamiento: una especie de máquina de producción no solo artística, sino también de vitalidad.
Es evidente cómo los trabajos realizados allí son oxigenados por los intercambios y experiencias cotidianas, base, incluso, de la tesis de Julia en la licenciatura en Comunicación de las Artes del Cuerpo de la PUC-SP. “Intenté entender cómo el hecho de ser una casa y un espacio doméstico podía influir en los procesos de creación de las personas. Comprendí que eso producía una cierta intimidad capaz de inspirar libertad y valentía para asumir riesgos. La vivienda, la vida cotidiana y la rutina son muy importantes para el proceso creativo, especialmente por la experiencia de convivir con las diferencias del otro”, comenta.
Fue al final de un matrimonio cuando llegó a esa casa. Como parte del acuerdo de divorcio recibió la propiedad para vivir allí con sus hijos, con todos los costos de mantenimiento cubiertos durante diez años. Esta situación le proporcionó la autonomía necesaria para dedicarse por completo a la investigación, la gestión del espacio y la crianza de sus hijos, que tenían apenas diez y seis años cuando llegaron.
Todo comenzó cuando una amiga pidió utilizar la sala de cristal que da al jardín para ensayar una obra de teatro con un grupo de mujeres y permaneció allí durante tres meses. Poco a poco la noticia se difundió de boca en boca. Cada vez más artistas comenzaron a buscar aquel lugar que ofrecía espacio de trabajo y vivienda sin cobrar nada.
Inicialmente, Julia organizaba un calendario semanal, distribuyendo los horarios entre los grupos que rápidamente empezaron a ocupar el espacio. Bailarines, actores, cineastas, fotógrafos, escritores y músicos: personas completamente diferentes atravesaban su ejercicio de observación y análisis. Entonces comenzó a publicar en Facebook fotografías de sus hijos sosteniendo carteles con frases como: “¡Queremos conocer gente!”.
“Me decían: ‘¿Entonces voy a ensayar seis meses en tu casa y no voy a darte nada a cambio?’. No, ustedes ya están dando muchísimo. Son contribuciones que ya existen y pasan desapercibidas, mientras que otras resuenan en un tiempo que no es lineal”.
Julia cree que el intercambio económico reduce las posibilidades de instituir otros tipos de relación; por eso, en Casa Líquida no existe ningún tipo de cobro ni contraprestación financiera. Los residentes tampoco estaban obligados a presentar propuestas o resultados. No se trataba de una residencia artística en los términos tradicionales; lo que Julia construyó fue una red sostenida por el afecto, la convivencia y los vínculos, una condición desestabilizadora para un sistema económico basado en el capital.
Y se pregunta: “¿Pero qué economía es esa? Una economía de circulación y amplificación del capital. Desde el principio pensé en cómo utilizar el capital no para producir más dinero, sino para posibilitar que las intensidades emerjan. Podría haber consumido bienes materiales o invertido el dinero, pero quería generar esta posibilidad. Es un intercambio no exactamente directo, sino uno que haces para todo el entorno y que regresa de otras formas”.
El valor atribuido a la experiencia colectiva también influyó en su decisión de no establecer reglas fijas — o al menos no escribirlas en un papel para pegarlas en la pared como decretos irreversibles —. La fundadora recuerda los conflictos que enfrentó con algunos residentes, quienes en diversas ocasiones sugerían instaurar normas de convivencia. Ella se mantuvo firme: “No quiero carteles, ¡quiero que hablen entre ustedes!”.
“Para los chicos era importante ese movimiento en la casa, pero yo quería ver una contaminación aún mayor de esas personas en nuestra rutina”, cuenta. Fue entonces cuando Julia comenzó a invitar a artistas a vivir con ellos. Hasta hoy, ella, Heitor y Antônio han compartido su hogar con más de 110 personas, durante períodos diversos.
Y Julia las recuerda a todas: al residente más longevo, con quien compartió seis años de convivencia; a la artista siria Yara Ktaisch, que vivió con la familia durante el año en que la Casa permaneció cerrada por la pandemia y que, sin hablar portugués, pasaba horas jugando videojuegos con Antônio; al período en que acogieron a integrantes de la comunidad ribereña Boa Esperança, de Teresina, en el nordeste del país, que lucha desde hace años contra el despojo de familias para la construcción de complejos turísticos y el avance de la especulación inmobiliaria; a los encuentros de estudiantes del SenseLab Montreal, laboratorio de la Concordia University, en Canadá, dedicado al estudio de las intersecciones entre arte y activismo; y también a la organización escocesa de arte político Arika, que llevó a convivir en la Casa a la artista palestina Ayreen Anastas y al artista iraní Rene Gabri. Las historias se acumulan como sucesivas capas de pintura sobre una pared.
La llegada de SenseLab Montreal derivó además en una colaboración institucional con Casa Líquida para albergar, en São Paulo, Immediations, un proyecto compuesto por grupos de estudio y residencias artísticas con estudiantes de Concordia en distintos lugares del mundo. El intercambio entre instituciones se convirtió en una de las vertientes de la Casa, especialmente mediante iniciativas orientadas a ofrecer tiempo, espacio y condiciones para procesos de creación de artistas vinculados a otras instituciones y residencias.
Novíssimo Edgar y su performance Hipnagógico, realizada en el espacio abierto del MASP, es uno de los ejemplos más recientes, así como el trabajo de Davi Pontes durante la producción de la obra comisionada para la 38ª edición del Panorama del Arte Brasileño, del MAM São Paulo, y el de la artista angoleña Helena Uambembe, participante de la 36ª Bienal de São Paulo.
La expansión física de la Casa también marca un momento significativo en la trayectoria de Julia. En 2019 descubrió que la propiedad vecina, abandonada desde hacía dos años, pertenecía al padre de sus hijos, quien autorizó su uso mediante un acuerdo de usufructo por quince años. En un gesto simbólico, el muro que separaba ambos terrenos fue derribado, dando origen a la configuración actual de la Casa.
El conjunto pasó entonces a funcionar como una pequeña villa, haciendo posible la construcción de nuevos espacios de trabajo, talleres y suites para residentes. “Hoy sé que, en realidad, una fortaleza es una casa sin muros”, escribe Julia en su tesis.
Construido en la década de 1950, el anexo fue sometido a una amplia remodelación diseñada por su colega, el arquitecto Luiz Pataro. Entrelazando lo moderno y lo contemporáneo, Pataro proyectó cuidadosamente la incorporación de una estructura metálica a la casa original, una solución que no sólo conecta los espacios, sino que reafirma la organización propia, natural y fluida de Casa Líquida.
La casa guarda huellas en todos sus rincones, como un archivo vivo de quienes han pasado por allí. Veo el vestigio del poema inscrito en un muro exterior por la performer siria; la frase grafiteada en la pared del fondo — “No existe tierra firme, todo se mueve” —; el columpio de Valentim en un árbol, sobrino de Julia, de apenas un año de edad, que también vive allí; además de carteles dispersos por los distintos ambientes, entre ellos una imagen de la estatua de Borba Gato en llamas o consignas como “¡Fin a la jornada 6×1!”.1
En total, cerca de tres mil personas han dejado marcas y han sido transformadas por Casa Líquida como espacio de trabajo. Aunque la performance concluyó el año pasado, Julia encontró una manera de continuar la investigación al convertirla en el Instituto Casa Líquida en agosto de 2024.
La casa pasó entonces a operar como uno de los dispositivos culturales del instituto, y todos los proyectos que ya existían de manera orgánica adquirieron estructura y nombre. Cruza es un programa de residencias artísticas, dividido entre las modalidades de alojamiento y ocupación, con una duración de tres meses. El estudio de música se transformó en Estúdio Sem Piscina, que también ofrece residencias de ocupación y producción musical bajo la coordinación del productor, ingeniero de sonido y compañero de Julia, Eduardo Magliano.
La nueva etapa también dio origen a iniciativas inéditas, como el Programa de Producción Audiovisual, eje transversal de la casa, y Flutuantes, programa educativo dirigido a artistas de entre 19 y 23 años en transición entre la formación y el inicio de la vida profesional.
La primera edición, realizada mediante convocatoria abierta, reunió a veintidós jóvenes, entre ellos Heitor, hoy de veintiún años, un multiartista que transita entre la música, la danza y la fotografía; y Antônio, de diecisiete, apasionado por la gastronomía, aunque, según su madre, cada vez más cercano a su faceta creativa. Ambos participaron en la residencia y en el desarrollo del proyecto. “Ahora nuestra experiencia es con Tintin, un artista más en la familia”, dice Julia refiriéndose a su sobrino Valentim, nacido en la casa y que almorzaba en la mesa de la cocina mientras conversábamos.
La consolidación del instituto, hito que marca once años de investigación, también implicó una reducción del ritmo frenético — y a veces desbordado — que caracterizó a Casa Líquida en etapas anteriores, comenta Julia. La maduración del proyecto y de ella misma la llevó a reconocer la necesidad de preservar ciertos espacios de intimidad: la posibilidad de despertarse por la mañana y tomar un café en silencio o simplemente compartir momentos reservados con sus hijos, ahora ya adultos.
“Eso nunca sucede; es difícil tener momentos de soledad, digamos, que son necesarios […]. Estamos entrando en una dinámica de menor circulación y mayor profundidad en los procesos. Creo que es lo que necesito para mí, en realidad”. La conversación es el principio, pero el silencio también forma parte de una trama de creación. “En esta situación estoy entendiendo la importancia de los silencios en la Casa. Ahora que tenemos programas de residencia y artistas que vienen a crear, y no necesariamente a vivir aquí, muchas veces necesitan soledad y silencio”.
Las transformaciones son naturales, pero el pacto de confianza con el otro permanece inalterado: un acuerdo basado en la libertad y la gentileza como formas de convivencia. Quizás por eso Julia ya ha perdido la cuenta de cuántas copias de las llaves de la casa ha mandado hacer a lo largo de estos años.
1. NdE: La consigna “Fim da escala 6×1” (“Fin de la jornada 6×1”) es una demanda laboral que se ha vuelto muy visible en Brasil desde 2023 y 2024, impulsada principalmente por trabajadores del comercio, servicios, supermercados, call centers y otros sectores con salarios bajos. La escala 6×1 significa trabajar seis días consecutivos y descansar uno. En la práctica, muchas personas trabajan de lunes a sábado y descansan el domingo, aunque los días pueden variar según el sector. Esto suele implicar jornadas de 44 horas semanales, el máximo permitido por la legislación laboral brasileña.

El silencio es raro en Casa Líquida. Aquella mañana lluviosa de jueves, se escuchaba el tintinear de las llaves de la performance de Novíssimo Edgar, que ensayaba en el jardín, previo a su presentación en el espacio abierto del MASP; la percusión de O Cheiro do Queijo, grupo escénico-musical cearense, resonando en el estudio del fondo; las tazas de café de los residentes golpeando la mesa de la cocina y el sonido continuo del agua de la ducha. “Aquí ningún día es igual a otro”, dice Julia Feldens cuando le pregunto por la rutina de la casa. Junto a sus hijos Heitor y Antônio, la artista y fundadora del proyecto renunció a la soledad para entregarse a la indeterminación de los encuentros: la propia casa se transformó en un espacio de convivencia y tránsito de artistas, donde promueve programas de residencia artística, estudio e investigación, además de ofrecer alojamiento gratuito para profesionales del sector cultural.
En Brasil, Julia Feldens es un rostro conocido, especialmente para quienes siguen la teledramaturgia nacional. Tras una trayectoria en el teatro, debutó en televisión y se convirtió en una de las estrellas de un clásico de Manoel Carlos emitido a comienzos de los años 2000, la telenovela Laços de familia [Lazos de familia]. Sin embargo, con el tiempo la fama le hizo percibir la dificultad de construir relaciones espontáneas, ya que era constantemente reconocida por la gente. “La imagen adquirió una dimensión en mi vida mucho mayor que mi trabajo como actriz”, explica.
Fue de manera consciente que Julia abandonó los reflectores para dedicarse a la maternidad. En 2015, más de diez años después, aquel obstáculo que le impedía relacionarse y crear vínculos efectivos con las personas resonaría en su investigación para la performance titulada Casa Líquida — también nombre de la casa donde vive —, basada en el gesto de ofrecer espacio para que artistas de múltiples lenguajes desarrollaran sus proyectos y compartieran la vida cotidiana con su familia. “Entendí que la performance era una acción con un cuerpo en el centro y que promovía cierta transformación a su alrededor. Eso me inspiró a crear una acción en la que abro mi casa a un uso colectivo, donde los cuerpos centrales eran el mío, el de mis dos hijos y el de la propia casa”, agrega.
Ubicada en la zona oeste de São Paulo, la casa de aproximadamente 700 m² permanece escondida detrás de un muro cubierto de árboles, en contraste con los grandes desarrollos inmobiliarios y edificios que consumen lentamente las antiguas viviendas del barrio de clase media alta. El camino a pie hasta allí es tortuoso, atravesado por el polvo de las obras y el ruido de las construcciones. Julia cuenta que el propio vecindario observa lo que ocurre allí casi como un acto obsceno: no comprende su casa como una vivienda en los términos convencionales — si es que eso existe — debido a su configuración y a la constante circulación de personas. “En este lugar geopolítico no es comprendida ni bienvenida”.
A pesar del urbanismo carcelario de las fortalezas privadas de la zona, con altos muros y cámaras de vigilancia alimentadas por tecnologías militares sionistas, la puerta de la Casa estaba abierta. Crucé el portón y entré al patio central para percibir otra dinámica en funcionamiento: una especie de máquina de producción no solo artística, sino también de vitalidad.
Es evidente cómo los trabajos realizados allí son oxigenados por los intercambios y experiencias cotidianas, base, incluso, de la tesis de Julia en la licenciatura en Comunicación de las Artes del Cuerpo de la PUC-SP. “Intenté entender cómo el hecho de ser una casa y un espacio doméstico podía influir en los procesos de creación de las personas. Comprendí que eso producía una cierta intimidad capaz de inspirar libertad y valentía para asumir riesgos. La vivienda, la vida cotidiana y la rutina son muy importantes para el proceso creativo, especialmente por la experiencia de convivir con las diferencias del otro”, comenta.
Fue al final de un matrimonio cuando llegó a esa casa. Como parte del acuerdo de divorcio recibió la propiedad para vivir allí con sus hijos, con todos los costos de mantenimiento cubiertos durante diez años. Esta situación le proporcionó la autonomía necesaria para dedicarse por completo a la investigación, la gestión del espacio y la crianza de sus hijos, que tenían apenas diez y seis años cuando llegaron.
Todo comenzó cuando una amiga pidió utilizar la sala de cristal que da al jardín para ensayar una obra de teatro con un grupo de mujeres y permaneció allí durante tres meses. Poco a poco la noticia se difundió de boca en boca. Cada vez más artistas comenzaron a buscar aquel lugar que ofrecía espacio de trabajo y vivienda sin cobrar nada.
Inicialmente, Julia organizaba un calendario semanal, distribuyendo los horarios entre los grupos que rápidamente empezaron a ocupar el espacio. Bailarines, actores, cineastas, fotógrafos, escritores y músicos: personas completamente diferentes atravesaban su ejercicio de observación y análisis. Entonces comenzó a publicar en Facebook fotografías de sus hijos sosteniendo carteles con frases como: “¡Queremos conocer gente!”.
“Me decían: ‘¿Entonces voy a ensayar seis meses en tu casa y no voy a darte nada a cambio?’. No, ustedes ya están dando muchísimo. Son contribuciones que ya existen y pasan desapercibidas, mientras que otras resuenan en un tiempo que no es lineal”.
Julia cree que el intercambio económico reduce las posibilidades de instituir otros tipos de relación; por eso, en Casa Líquida no existe ningún tipo de cobro ni contraprestación financiera. Los residentes tampoco estaban obligados a presentar propuestas o resultados. No se trataba de una residencia artística en los términos tradicionales; lo que Julia construyó fue una red sostenida por el afecto, la convivencia y los vínculos, una condición desestabilizadora para un sistema económico basado en el capital.
Y se pregunta: “¿Pero qué economía es esa? Una economía de circulación y amplificación del capital. Desde el principio pensé en cómo utilizar el capital no para producir más dinero, sino para posibilitar que las intensidades emerjan. Podría haber consumido bienes materiales o invertido el dinero, pero quería generar esta posibilidad. Es un intercambio no exactamente directo, sino uno que haces para todo el entorno y que regresa de otras formas”.
El valor atribuido a la experiencia colectiva también influyó en su decisión de no establecer reglas fijas — o al menos no escribirlas en un papel para pegarlas en la pared como decretos irreversibles —. La fundadora recuerda los conflictos que enfrentó con algunos residentes, quienes en diversas ocasiones sugerían instaurar normas de convivencia. Ella se mantuvo firme: “No quiero carteles, ¡quiero que hablen entre ustedes!”.
“Para los chicos era importante ese movimiento en la casa, pero yo quería ver una contaminación aún mayor de esas personas en nuestra rutina”, cuenta. Fue entonces cuando Julia comenzó a invitar a artistas a vivir con ellos. Hasta hoy, ella, Heitor y Antônio han compartido su hogar con más de 110 personas, durante períodos diversos.
Y Julia las recuerda a todas: al residente más longevo, con quien compartió seis años de convivencia; a la artista siria Yara Ktaisch, que vivió con la familia durante el año en que la Casa permaneció cerrada por la pandemia y que, sin hablar portugués, pasaba horas jugando videojuegos con Antônio; al período en que acogieron a integrantes de la comunidad ribereña Boa Esperança, de Teresina, en el nordeste del país, que lucha desde hace años contra el despojo de familias para la construcción de complejos turísticos y el avance de la especulación inmobiliaria; a los encuentros de estudiantes del SenseLab Montreal, laboratorio de la Concordia University, en Canadá, dedicado al estudio de las intersecciones entre arte y activismo; y también a la organización escocesa de arte político Arika, que llevó a convivir en la Casa a la artista palestina Ayreen Anastas y al artista iraní Rene Gabri. Las historias se acumulan como sucesivas capas de pintura sobre una pared.
La llegada de SenseLab Montreal derivó además en una colaboración institucional con Casa Líquida para albergar, en São Paulo, Immediations, un proyecto compuesto por grupos de estudio y residencias artísticas con estudiantes de Concordia en distintos lugares del mundo. El intercambio entre instituciones se convirtió en una de las vertientes de la Casa, especialmente mediante iniciativas orientadas a ofrecer tiempo, espacio y condiciones para procesos de creación de artistas vinculados a otras instituciones y residencias.
Novíssimo Edgar y su performance Hipnagógico, realizada en el espacio abierto del MASP, es uno de los ejemplos más recientes, así como el trabajo de Davi Pontes durante la producción de la obra comisionada para la 38ª edición del Panorama del Arte Brasileño, del MAM São Paulo, y el de la artista angoleña Helena Uambembe, participante de la 36ª Bienal de São Paulo.
La expansión física de la Casa también marca un momento significativo en la trayectoria de Julia. En 2019 descubrió que la propiedad vecina, abandonada desde hacía dos años, pertenecía al padre de sus hijos, quien autorizó su uso mediante un acuerdo de usufructo por quince años. En un gesto simbólico, el muro que separaba ambos terrenos fue derribado, dando origen a la configuración actual de la Casa.
El conjunto pasó entonces a funcionar como una pequeña villa, haciendo posible la construcción de nuevos espacios de trabajo, talleres y suites para residentes. “Hoy sé que, en realidad, una fortaleza es una casa sin muros”, escribe Julia en su tesis.
Construido en la década de 1950, el anexo fue sometido a una amplia remodelación diseñada por su colega, el arquitecto Luiz Pataro. Entrelazando lo moderno y lo contemporáneo, Pataro proyectó cuidadosamente la incorporación de una estructura metálica a la casa original, una solución que no sólo conecta los espacios, sino que reafirma la organización propia, natural y fluida de Casa Líquida.
La casa guarda huellas en todos sus rincones, como un archivo vivo de quienes han pasado por allí. Veo el vestigio del poema inscrito en un muro exterior por la performer siria; la frase grafiteada en la pared del fondo — “No existe tierra firme, todo se mueve” —; el columpio de Valentim en un árbol, sobrino de Julia, de apenas un año de edad, que también vive allí; además de carteles dispersos por los distintos ambientes, entre ellos una imagen de la estatua de Borba Gato en llamas o consignas como “¡Fin a la jornada 6×1!”.1
En total, cerca de tres mil personas han dejado marcas y han sido transformadas por Casa Líquida como espacio de trabajo. Aunque la performance concluyó el año pasado, Julia encontró una manera de continuar la investigación al convertirla en el Instituto Casa Líquida en agosto de 2024.
La casa pasó entonces a operar como uno de los dispositivos culturales del instituto, y todos los proyectos que ya existían de manera orgánica adquirieron estructura y nombre. Cruza es un programa de residencias artísticas, dividido entre las modalidades de alojamiento y ocupación, con una duración de tres meses. El estudio de música se transformó en Estúdio Sem Piscina, que también ofrece residencias de ocupación y producción musical bajo la coordinación del productor, ingeniero de sonido y compañero de Julia, Eduardo Magliano.
La nueva etapa también dio origen a iniciativas inéditas, como el Programa de Producción Audiovisual, eje transversal de la casa, y Flutuantes, programa educativo dirigido a artistas de entre 19 y 23 años en transición entre la formación y el inicio de la vida profesional.
La primera edición, realizada mediante convocatoria abierta, reunió a veintidós jóvenes, entre ellos Heitor, hoy de veintiún años, un multiartista que transita entre la música, la danza y la fotografía; y Antônio, de diecisiete, apasionado por la gastronomía, aunque, según su madre, cada vez más cercano a su faceta creativa. Ambos participaron en la residencia y en el desarrollo del proyecto. “Ahora nuestra experiencia es con Tintin, un artista más en la familia”, dice Julia refiriéndose a su sobrino Valentim, nacido en la casa y que almorzaba en la mesa de la cocina mientras conversábamos.
La consolidación del instituto, hito que marca once años de investigación, también implicó una reducción del ritmo frenético — y a veces desbordado — que caracterizó a Casa Líquida en etapas anteriores, comenta Julia. La maduración del proyecto y de ella misma la llevó a reconocer la necesidad de preservar ciertos espacios de intimidad: la posibilidad de despertarse por la mañana y tomar un café en silencio o simplemente compartir momentos reservados con sus hijos, ahora ya adultos.
“Eso nunca sucede; es difícil tener momentos de soledad, digamos, que son necesarios […]. Estamos entrando en una dinámica de menor circulación y mayor profundidad en los procesos. Creo que es lo que necesito para mí, en realidad”. La conversación es el principio, pero el silencio también forma parte de una trama de creación. “En esta situación estoy entendiendo la importancia de los silencios en la Casa. Ahora que tenemos programas de residencia y artistas que vienen a crear, y no necesariamente a vivir aquí, muchas veces necesitan soledad y silencio”.
Las transformaciones son naturales, pero el pacto de confianza con el otro permanece inalterado: un acuerdo basado en la libertad y la gentileza como formas de convivencia. Quizás por eso Julia ya ha perdido la cuenta de cuántas copias de las llaves de la casa ha mandado hacer a lo largo de estos años.
1. NdE: La consigna “Fim da escala 6×1” (“Fin de la jornada 6×1”) es una demanda laboral que se ha vuelto muy visible en Brasil desde 2023 y 2024, impulsada principalmente por trabajadores del comercio, servicios, supermercados, call centers y otros sectores con salarios bajos. La escala 6×1 significa trabajar seis días consecutivos y descansar uno. En la práctica, muchas personas trabajan de lunes a sábado y descansan el domingo, aunque los días pueden variar según el sector. Esto suele implicar jornadas de 44 horas semanales, el máximo permitido por la legislación laboral brasileña.