Contemporary Art in the Americas Arte Contemporáneo en las Américas

Un cocodrilo falso puede hacerte llorar lágrimas reales

Ana Navas

ABRA Caracas Caracas, Venezuela 06/12/2016 – 08/07/2016

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El tránsito de las cosas

Imagínense las cadenas montañosas de los Alpes, nos pide Walter Benjamin, no recortadas contra el cielo sino contra los pliegues de un paño oscuro. Esa, le parece, es la imagen de la Alemania de 1923, azotada por la hiperinflación. Los hombres, dice, han perdido el contorno de la persona humana y quien aspire a la libertad aparece como extravagante. El cielo, cubierto con una pesada cortina, no permite ver ni siquiera a los grandes hombres.

En su Panorama imperial: viaje por la inflación alemana, Benjamin recorre un permanente estado de desposeimiento. Dice que no debe extrañarnos la insistencia de las dificultades, pues nadie dijo que solo lo agradable podía ser estable. Un estado de crisis también puede serlo: “El declive no es en nada menos estable, en nada más prodigioso que el auge”. Lo extraordinario, lo incomprensible, lo prodigioso, asegura, es la salvación.

En tal estado abatido denuncia que las cosas pierden su calor: “los objetos cotidianos repelen suave pero persistentemente de sí al hombre”, quien debe batirse diariamente con las resistencias abiertas y secretas que se le oponen. Se vale entonces de la calidez propia “para que no lo congelen y coger sus púas con infinita destreza para que no le hagan sangrar”.

Benjamin enfila contra la burguesía alemana, la falta de solidaridad y el encarecimiento. Es un panorama que nos imaginamos con ferrocarriles, vapor, filas interminables de hambre y estropeados cajones vacíos. En la ciudad industrial de principios de siglo las cosas empiezan a consumir al hombre. Se van al centro de sus deseos y se reproducen de forma masiva para competir con el paisaje. Se acaba la idea de pureza: “Lo mismo que todas las cosas, en un proceso incontenible de mezcla y contaminación, pierden su expresión esencial y lo ambiguo ocupa el lugar de lo auténtico, así también la ciudad”. Nadie puede estar tranquilo, ni siquiera el creador, así aspire a encerrarse en una pacífica fortaleza. La ciudad será el lugar de su contaminación.

¿Qué ha sido entonces de la ciudad contemporánea, donde nos siguen azotando los fantasmas del desposeimiento?

Imaginemos otras cadenas montañosas, asediadas por la sequía, por la lluvia, o por cualquier desgarro del Caribe. ¿Cómo aparece el firmamento cuando se corren sus cortinas negras? Vuelve a tener sentido preguntarnos por el contorno del hombre, si aparece desdibujado todavía o con una ferocidad nueva. La ciudad de Ana Navas abraza la delirante estabilidad del tránsito, la hiperinflación del logo(s), su delirio, y la contaminación de una identidad que se olvida de esencialismos.

Navas nos invita a recorrer su instalación sin reparar en cada objeto como único, sino como parte de un continuo en que los goces del tránsito sustituyen las penurias de la copia. Los suyos son objetos indiferentes a la riqueza o la pobreza. Benjamin se preocupaba porque veía en el lujo “una pesadez tan impúdica que toda irradiación espiritual se quiebra contra ella”, pero en la mirada de Navas ni siquiera los opuestos del capital son lugares estables. El nombre más bien es un error. Le interesa una cadena de acciones a cuyo principio es cada vez más difícil regresar: son anudamientos del proceso creativo en los que se reivindica el doblez, el entrecruzamiento.

Los objetos recuperan su calor y la imperfección es su propio modo de resistencia. Navas se acerca al material y lo traduce con total libertad, lo traiciona y lo reivindica, lo minimiza y lo hipertrofia. En esa crisis del objeto, Navas encuentra su singular estabilidad. Es una lectura del declive que busca incesantemente el prodigio de la fractura. Pierde sentido hablar de apropiación, porque no hay un original del que apropiarse. El objeto se replantea su propia relación con la materia para volverse contingente.

En el paisaje que nos presenta Ana Navas el error detona un infinito.

En ese estallido de divergencias el hombre es capaz de liberarse, transgredir el declive desde el hacer desvergonzado. Tendrá que hacer suya la ciudad contaminada, deberá recorrer las púas falsas sin sangrar, allí donde intuya una manera de salvarse, a pesar de que el desajustado panorama le provoque llorar lágrimas reales.

http://www.abracaracas.com/

Texto de Jesús Torrivilla
Fotografía: María Teresa Hamon
Cortesía de ABRA Caracas

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El tránsito de las cosas

Imagínense las cadenas montañosas de los Alpes, nos pide Walter Benjamin, no recortadas contra el cielo sino contra los pliegues de un paño oscuro. Esa, le parece, es la imagen de la Alemania de 1923, azotada por la hiperinflación. Los hombres, dice, han perdido el contorno de la persona humana y quien aspire a la libertad aparece como extravagante. El cielo, cubierto con una pesada cortina, no permite ver ni siquiera a los grandes hombres.

En su Panorama imperial: viaje por la inflación alemana, Benjamin recorre un permanente estado de desposeimiento. Dice que no debe extrañarnos la insistencia de las dificultades, pues nadie dijo que solo lo agradable podía ser estable. Un estado de crisis también puede serlo: “El declive no es en nada menos estable, en nada más prodigioso que el auge”. Lo extraordinario, lo incomprensible, lo prodigioso, asegura, es la salvación.

En tal estado abatido denuncia que las cosas pierden su calor: “los objetos cotidianos repelen suave pero persistentemente de sí al hombre”, quien debe batirse diariamente con las resistencias abiertas y secretas que se le oponen. Se vale entonces de la calidez propia “para que no lo congelen y coger sus púas con infinita destreza para que no le hagan sangrar”.

Benjamin enfila contra la burguesía alemana, la falta de solidaridad y el encarecimiento. Es un panorama que nos imaginamos con ferrocarriles, vapor, filas interminables de hambre y estropeados cajones vacíos. En la ciudad industrial de principios de siglo las cosas empiezan a consumir al hombre. Se van al centro de sus deseos y se reproducen de forma masiva para competir con el paisaje. Se acaba la idea de pureza: “Lo mismo que todas las cosas, en un proceso incontenible de mezcla y contaminación, pierden su expresión esencial y lo ambiguo ocupa el lugar de lo auténtico, así también la ciudad”. Nadie puede estar tranquilo, ni siquiera el creador, así aspire a encerrarse en una pacífica fortaleza. La ciudad será el lugar de su contaminación.

¿Qué ha sido entonces de la ciudad contemporánea, donde nos siguen azotando los fantasmas del desposeimiento?

Imaginemos otras cadenas montañosas, asediadas por la sequía, por la lluvia, o por cualquier desgarro del Caribe. ¿Cómo aparece el firmamento cuando se corren sus cortinas negras? Vuelve a tener sentido preguntarnos por el contorno del hombre, si aparece desdibujado todavía o con una ferocidad nueva. La ciudad de Ana Navas abraza la delirante estabilidad del tránsito, la hiperinflación del logo(s), su delirio, y la contaminación de una identidad que se olvida de esencialismos.

Navas nos invita a recorrer su instalación sin reparar en cada objeto como único, sino como parte de un continuo en que los goces del tránsito sustituyen las penurias de la copia. Los suyos son objetos indiferentes a la riqueza o la pobreza. Benjamin se preocupaba porque veía en el lujo “una pesadez tan impúdica que toda irradiación espiritual se quiebra contra ella”, pero en la mirada de Navas ni siquiera los opuestos del capital son lugares estables. El nombre más bien es un error. Le interesa una cadena de acciones a cuyo principio es cada vez más difícil regresar: son anudamientos del proceso creativo en los que se reivindica el doblez, el entrecruzamiento.

Los objetos recuperan su calor y la imperfección es su propio modo de resistencia. Navas se acerca al material y lo traduce con total libertad, lo traiciona y lo reivindica, lo minimiza y lo hipertrofia. En esa crisis del objeto, Navas encuentra su singular estabilidad. Es una lectura del declive que busca incesantemente el prodigio de la fractura. Pierde sentido hablar de apropiación, porque no hay un original del que apropiarse. El objeto se replantea su propia relación con la materia para volverse contingente.

En el paisaje que nos presenta Ana Navas el error detona un infinito.

En ese estallido de divergencias el hombre es capaz de liberarse, transgredir el declive desde el hacer desvergonzado. Tendrá que hacer suya la ciudad contaminada, deberá recorrer las púas falsas sin sangrar, allí donde intuya una manera de salvarse, a pesar de que el desajustado panorama le provoque llorar lágrimas reales.

http://www.abracaracas.com/

Texto de Jesús Torrivilla
Fotografía: María Teresa Hamon
Cortesía de ABRA Caracas

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