Reseñas - Brasil

Tenzing Barshee

Tiempo de lectura: 5 minutos

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16.03.2017

Ursula Böckler: fotografías del “Magical Misery Tour” con Martin Kippenberger, en SOLO SHOWS, São Paulo

por Tenzing Barshee, SOLO SHOWS, São Paulo, Brasil
11 de febrero de 2017 – 11 de marzo de 2017

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Miseria

El espacio para exposiciones ubicado en São Paulo, SOLO SHOWS, recientemente montó una exposición del trabajo fotográfico temprano de Ursula Böckler. La selección de fotografías proviene en su totalidad de su viaje a Brasil en 1985/86 con el artista alemán Martin Kippenberger, y cuenta una historia complicada.

Ella no recuerda exactamente el mes. Debe haber sido agosto o septiembre de 1985 cuando conoció a Kippenberger en un bar en Colonia. Por entonces, había estado haciendo trabajos editoriales de fotografía para la revista de música Spex, la cual publicaba escritos de Jutta Koether y Diedrich Diedrichsen. Llevaba su cámara a conciertos, bares y discotecas, documentando la vida nocturna de la Alemania Occidental de la guerra fría que veía parte de su auge económico, el surgimiento de una cultura alternativa, y el miedo persistente a una inminente lluvia nuclear. Kippenberger ya era un héroe local, un artista célebre, un borracho bailarín. Alguien que fomentaba su propia mitología y que se divertía con el desmantelamiento de su identidad de artista, una dinámica que finalmente condujo a una imagen duradera de su vida y su trabajo –la leyenda extravagante.

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Kippenberger le propuso a Böckler contratarla como asistente de fotografía para su próximo proyecto de arte. Estaba a punto de viajar a Brasil, calificando cínicamente el viaje como su propio “Magical Misery Tour” [Tour mágico de la miseria]. En un gesto típicamente Kippenbergiano, las palabras eran tomadas del evento casi homónimo de The Beatles, imitando la cultura pop, permitiendo que el mundo real se derramara en su trabajo, sólo para teñirlo en lo absurdo, devolverlo y estrellarlo contra las condiciones reales del mundo. ¿Pero cuáles eran estas condiciones? Primeramente, el título servía como una sombrilla conceptual para un artista alemán viajando a un destino llamado exótico, haciendo que su lenguaje sirviera como una justificación vacilante al supuestamente establecer una distancia crítica a través del uso de humor grotesco y la autoexposición. Esto plantea la cuestión de si era que su conocimiento de la complicada representación de sus intenciones, su destino y el lenguaje en medio de ello, califica el hecho de que él viajó a Brasil en una posición de supuesta autoridad cultural, tropezando en emoción turística, haciéndolo todo suyo.

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Básicamente, ¿el saber que estás usando tu poder –mientras expones el hecho quedando en ridículo- alivia la pena de aquellos que están siendo usados? No realmente. “En ese entonces,” dice Böckler, “llamábamos a Brasil el tercer mundo”. ¿Es por esto que él denominó su viaje el tour “de la miseria”? Cuando se lee hoy, el atributo “mágico” parece casi más problemático, pues idealiza la supuesta miseria, pero, como estamos tratando aquí con el trabajo de Kippenberger, ayuda considerar su lenguaje y vistas del mundo multifacéticos, su perspectiva por así decirlo. La idea de la miseria se relaciona con el artista mismo, una vez más alimentando su mitología, pero también su negativa a cumplir con las complejidades de la representación misma. En una época en que muchos criticaban la imagen u objeto autónomo como herramienta capitalista de la manipulación, intentando entenderlo en su contexto sociopolítico, Kippenberger imprimió en su trabajo su marca anti-aura, jugando a ser el tonto más inteligente de la habitación. Su ingenio, el cual presume en muchos de sus trabajos, funciona mucho a través de su lenguaje, el cual se basa en el habla coloquial alemana, el cual, a su vez, agrega una cualidad provincial. Esto complica aún más el trabajo en términos de una recepción internacional y cuestiona subversivamente su autoridad.

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En diciembre de 1985, Kippenberger hizo una fiesta de despedida en la disco “Alter Wartesaal” (“La vieja sala de espera”), donde Ursula Böckler lo conoció unos meses antes. “¡Kippi, por favor regresa!” decía a lo largo de una larga imagen de Pão de Açúcar. Regresar siempre era parte del trato. En Brasil, los dos se aventuraron en viajes de carretera que les llevaban a destinos como Maceió, Recife, Brasilia y Manaus. La idea era que Kippenberger hiciera performances impromptu, muchos de ellos en frente de una variedad de puntos de referencia (monumentos, esculturas públicas, anuncios, etc.), fotografiados por Ursula Böckler. Esto culminó con la adquisición de una gasolinera, titulándolo “Tankstelle Martin Bohrmann” (“gasolinera Martin Bohrmann”), Bohrmann era un antiguo nazi, quien se sospechaba se escondía en Brasil. «Bohrmann» se traduce como “el hombre que taladra”. Este performance se volvió después una escultura, la cual forma parte ahora del Museum Folkwang en Essen. Este gesto se lee otra vez en diversos niveles, antes que nada, es perturbante que un artista alemán compre bienes raíces brasileños y lo convierta en arte, cuya audiencia es principalmente europea, simplemente porque puede. Pero luego, imprimiendo el aspecto problemático de su identidad alemana en la pieza, al hacer referencia al legado alemán nazi, el trauma colectivo y la cuestión de cómo “taladrar” su memoria, en un modo, empodera su posición autoritaria pero sólo para desvirtuarla, no diferente a cómo él continuamente distorsionó su identidad de artista, jugando al tonto borracho por ejemplo. Viajando alrededor de Brasil forzó este sujeto, incluso su atuendo soportaba esta imagen de ridículo, vistiendo calcetas blancas y luciendo su panza chelera.

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Según cuenta Ursula Böckler, esto creó momentos incómodos, cuando, a ratos, se volvía vergonzoso presenciar su (muy blanco, muy masculino) performance. La calidad de vergüerza, viéndolo hoy en día, parece haber ido más allá de la intención de afirmar los aspectos problemáticos de la identidad de uno para exponer sus falacias. De alguna manera, esta dinámica descansa cuando se confronta el trabajo de Ursula Böckler. A pesar de que él quería que se documentarán sus acciones, ambos, especialmente la misma Böckler, insitieron en que sus fotografías se sostuvieran como obras autónomas, una posición que reafirmaban como imágenes independientes. Considerando esto, las fotografías de Ursula Böckler comunican diferentes cuestiones; documentan el “Magical Mistery Tour» de Kippenberger; muestran el llamado “tercer mundo” a través del atento lente de una talentosa y joven fotógrafa; exponen lo tonto de todo el viaje, las tensiones de intimidad entre viajeros y su destino, mientras se enfrentan respetuosamente ambos, el artista como turista y el país como anfitrión. De esta manera, los problemas de este proyecto no fueron resueltos, pero tal vez la imposibilidad de reconciliación fue genuinamente retratada por Ursula Böckler.

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