¿Cómo es habitar un mundo inhabitable? Reseña de la exposición El hogar que habito. Obras de la colección FEMSA

¿Qué ocurre cuando aquello que llamamos hogar se convierte en un espacio de violencia y despojo? En su reseña de El hogar que habito, en el Museo Amparo, Verónica Guerrero recorre obras de la Colección FEMSA que interrogan las estructuras coloniales y patriarcales que organizan nuestra vida: desde el cuerpo y el trabajo doméstico hasta las fronteras, las identidades y la explotación de la naturaleza. La exposición pone en tensión la promesa de refugio del hogar con las condiciones políticas que lo vuelven inhabitable.

México
Veronica Guerrero
2026.10.13
Tiempo de lectura: 8 minutos

Al recorrer El hogar que habito podría esperarse una lectura íntima y reconfortante de las obras de la Colección FEMSA, pero en realidad, la muestra, lejos de presentar la intimidad acogedora de un hogar, ofrece el crudo retrato de un mundo inhabitable. La curaduría se organiza en cinco núcleos temáticos. Parte del cuerpo, primer territorio que nos gesta y que habitamos; pasa al hogar y lo doméstico; y se abre hacia los territorios que compartimos con otrxs y aquellos que están en disputa, atravesados por procesos de despojo. Los dos últimos núcleos se dedican a la naturaleza, con las relaciones entre especies humanas y no humanas y a las identidades, entendidas como formas de organización social.

La bienvenida a la exposición nos la da una monumental obra de Ana Hernández, ubicada en la entrada del Museo Amparo. Una serie de cuerdas sostienen sesenta y ocho bules de calabaza, que nos hablan de las sesenta y ocho naciones que ahora conforman el moderno Estado mexicano. La artista nos habla de la pérdida del acceso a la lengua originarias y de los epistemicidios lingüísticos que acompañan los procesos de disolución de estas naciones en un Estado único.

La obra de Salvador Xharicata nos habla del despojo y de la identidad lingüística. El artista recoge en su pieza el audio de su abuela recitando en purépecha. A esta dimensión sonora la acompaña una serie de mesas y sillas que, al unirlas como un puzzle, nos permiten leer una carta que el Conde de Raya escribió pidiendo “una tanda más de indios” para el trabajo forzado en las minas de Michoacán. Siglos después, estas demandas ya no se escriben en cartas: se firman en concesiones que sacan el agua de las montañas, y el territorio vuelve a quedar al servicio de quienes extraen.

En la exposición, las identidades son presentadas como lugares que se habitan. A través de obras, se reflexiona sobre cómo operan como dispositivos de ordenamiento social y como estructuras coloniales y patriarcales que ordenan los cuerpos y determinan quiénes acceden a privilegios y quiénes son despojados de ellos. En la última sala de la exposición, las pinturas de castas del siglo XVIII conviven con la pintura contemporánea de artistas como el cubano Wifredo Lam y la guerrerense Aimée Rodríguez, poniendo de manifiesto los procesos actuales de racialización de los cuerpos a través de los sistemas de representación heredados del colonialismo.

En las salas dedicadas al cuerpo predominan las obras realizadas por mujeres, las de Mónica Castillo, Liliana Porter, Magalí Lara, Galia Eibenschutz o Zazil Sánchez, entre otras. También encontramos obras realizadas por hombres que retratan cuerpos femeninos, como Enamorada, de Gabriel Figueroa. Una serie fotográfica que se detiene en el rostro femenino y en la construcción de la mirada. Así como un óleo sobre lienzo de Armando Morales en el que aparecen distintas figuras femeninas a modo de siluetas que parecen recortadas sobre papel. ¿Será que la preocupación por el cuerpo es exclusivamente femenina? ¿O son las curadoras quienes nos invitan a pensar que la violencia se ejerce con mayor crudeza sobre los cuerpos feminizados?

El texto curatorial en este núcleo, nos invita a pensar el cuerpo como nuestro primer hogar, como el primer territorio que nos gesta. Pero ¿qué sucede en un tiempo en el que la gestación puede subrogarse? Como un trabajo más, externalizamos este servicio a los cuerpos más precarizados. Y, si el cuerpo es hogar, ¿de qué hablamos cuando hablamos de violencia estética, violaciones o feminicidios?

Más adelante, Mauricio Gattás, en Mil novecientos cincuenta y cuatro, reconstruye en las salas del museo una cocina regiomontana de los años cincuenta. Es la cocina aspiracional de una clase media que incorpora los electrodomésticos a la vida cotidiana como uno de los grandes símbolos de modernidad de su tiempo. Es una cocina que bien podría haber salido de un anuncio de Corn Flakes de aquella década. Este espacio nos remite al escenario cliché de una familia nuclear, heteronormada y de clase media, en el que el hombre provee y la mujer cuida.

Pero si el hogar es también el interior de las casas, ¿qué ocurre cuando hablamos de violencia doméstica, de la división sexo-genérica del trabajo, de independencia económica o de violencia vicaria? ¿Y de qué hogar podemos hablar hoy, cuando la crisis habitacional de nuestras ciudades y la presión inmobiliaria de los alquileres turísticos gentrifican los barrios y expulsan a quienes los habitan? De estos desplazamientos y ordenamientos geográficos habla la obra de Torolab. En Mapa: 16 x 16 capas de decisión, genera una topografía con distintos relieves que hunde los municipios con menor poder adquisitivo, creando una geografía de la división espacial de las clases sociales en distintos territorios.

La obra de Alan Sierra también se inscribe en este mismo núcleo, haciendo alusión a los desplazamientos y las migraciones. En Un hilo colocado con cuidado sobre un mapa por dos manos que vienen desde arriba o La frontera, Sierra cuestiona quién traza los límites entre territorios y quién establece la separación entre primer y tercer mundo. Asimismo, Miguel Fernández de Castro, nos hace mirar la vida en las líneas divisorias y las necropolíticas que dominan los territorios fronterizos.

Por último, el núcleo más extenso de la exposición está dedicado a la naturaleza. Presentada, en un primer momento, como paisaje obervamos El maizal, de Dr. Atl, una pieza fundacional de la Colección FEMSA. La cual abre la reflexión sobre el lugar que el paisaje ha ocupado en la historia de la pintura. Nombrar paisaje a la naturaleza es una forma de distancia, fija una mirada en lo que antes era un entorno compartido. Estas obras dialogan con la serie de pinturas de Circe Irasema, La artista pinta sobre un soporte de madera una serie de elementos naturales que cuestionan la perspectiva de la representación pictórica occidental. Cuestionando así la idea de paisaje que vimos al inicio de este núcleo. Al alterar esta forma de representar la naturaleza, la artista pone en cuestión la manera en que Occidente la ha convertido en un objeto de estudio y, con ello, la separación entre quien observa y aquello que es observado. La obra plantea así una crítica a la ruptura de la relación de unidad entre los seres humanos y la naturaleza.

Si la naturaleza es nuestro hogar, ¿cómo es que se ha convertido en un recurso que se consume, se contamina y se saquea a través de procesos de extractivismo y de una profunda e inherente violencia? Y, en ese sentido, ¿cómo volver a pensar nuestra relación con ella? Porque, citando el propio texto curatorial de este núcleo, “habitar el mundo es reconocer que no vivimos en separación con la naturaleza, somos ella”. Así lo plantean obras como las de Carlos Alfonso, quien aboga por recuperar las historias orales de la región de Paispamba, en Colombia, relatos vinculados a formas de cultivo y cuidado.

La obra de Leda Catunda imagina la relación entre especies desde la interdependencia. Reforzando que “frente a la lógica de domesticar el entorno, aquí se propone otro vínculo posible: la crianza mutua de la vida.” Ella, en lugar de pensar la naturaleza como algo que debe ser dominado o domesticado, plantea la posibilidad de establecer vínculos basados en el cuidado, la dependencia y la crianza mutua. Vínculos que desaparecen cada vez que se expolian territorios para beneficios privados de empresas y Estados.

Así, la exposición nos muestra, en un viaje desde lo íntimo hacia lo colectivo, ¿cómo es habitar un mundo inhabitable? Lo inhabitable del cuerpo y sus violencias, del espacio doméstico que enclaustra y precariza el trabajo feminizado, lo inhabitable del territorio que se despoja, de las migraciones forzadas y las violencias de las fronteras, lo inhabitable del expolio de la naturaleza y la violencia del olvido de las relaciones interespecie y lo inhabitable de las identidades que ordenan, clasifican y gestionan las políticas coloniales heredadas de los Estados-nación modernos.

Entrada a la exhibición “El hogar que habito”. Museo Amparo, Puebla, 2026.
“Redasilú (Vendrá la memoria)”. Ana Hernández, Museo Amparo, Puebla, 2026.
“Coraza (2)”, Magali Lara. Museo Amparo, Puebla, 2026.
Vista de sala de “Mil novecientos cincuenta y cuatro”. Museo Amparo, Puebla, 2026.
“Un hilo colocado con cuidado sobre un mapa por dos manos que vienen desde arriba o La frontera”, Alan Sierra. Museo Amparo, Puebla, 2026.

Entrada a la exhibición “El hogar que habito”. Museo Amparo, Puebla, 2026.

Al recorrer El hogar que habito podría esperarse una lectura íntima y reconfortante de las obras de la Colección FEMSA, pero en realidad, la muestra, lejos de presentar la intimidad acogedora de un hogar, ofrece el crudo retrato de un mundo inhabitable. La curaduría se organiza en cinco núcleos temáticos. Parte del cuerpo, primer territorio que nos gesta y que habitamos; pasa al hogar y lo doméstico; y se abre hacia los territorios que compartimos con otrxs y aquellos que están en disputa, atravesados por procesos de despojo. Los dos últimos núcleos se dedican a la naturaleza, con las relaciones entre especies humanas y no humanas y a las identidades, entendidas como formas de organización social.

La bienvenida a la exposición nos la da una monumental obra de Ana Hernández, ubicada en la entrada del Museo Amparo. Una serie de cuerdas sostienen sesenta y ocho bules de calabaza, que nos hablan de las sesenta y ocho naciones que ahora conforman el moderno Estado mexicano. La artista nos habla de la pérdida del acceso a la lengua originarias y de los epistemicidios lingüísticos que acompañan los procesos de disolución de estas naciones en un Estado único.

“Redasilú (Vendrá la memoria)”. Ana Hernández, Museo Amparo, Puebla, 2026.

La obra de Salvador Xharicata nos habla del despojo y de la identidad lingüística. El artista recoge en su pieza el audio de su abuela recitando en purépecha. A esta dimensión sonora la acompaña una serie de mesas y sillas que, al unirlas como un puzzle, nos permiten leer una carta que el Conde de Raya escribió pidiendo “una tanda más de indios” para el trabajo forzado en las minas de Michoacán. Siglos después, estas demandas ya no se escriben en cartas: se firman en concesiones que sacan el agua de las montañas, y el territorio vuelve a quedar al servicio de quienes extraen.

En la exposición, las identidades son presentadas como lugares que se habitan. A través de obras, se reflexiona sobre cómo operan como dispositivos de ordenamiento social y como estructuras coloniales y patriarcales que ordenan los cuerpos y determinan quiénes acceden a privilegios y quiénes son despojados de ellos. En la última sala de la exposición, las pinturas de castas del siglo XVIII conviven con la pintura contemporánea de artistas como el cubano Wifredo Lam y la guerrerense Aimée Rodríguez, poniendo de manifiesto los procesos actuales de racialización de los cuerpos a través de los sistemas de representación heredados del colonialismo.

En las salas dedicadas al cuerpo predominan las obras realizadas por mujeres, las de Mónica Castillo, Liliana Porter, Magalí Lara, Galia Eibenschutz o Zazil Sánchez, entre otras. También encontramos obras realizadas por hombres que retratan cuerpos femeninos, como Enamorada, de Gabriel Figueroa. Una serie fotográfica que se detiene en el rostro femenino y en la construcción de la mirada. Así como un óleo sobre lienzo de Armando Morales en el que aparecen distintas figuras femeninas a modo de siluetas que parecen recortadas sobre papel. ¿Será que la preocupación por el cuerpo es exclusivamente femenina? ¿O son las curadoras quienes nos invitan a pensar que la violencia se ejerce con mayor crudeza sobre los cuerpos feminizados?

“Coraza (2)”, Magali Lara. Museo Amparo, Puebla, 2026.

El texto curatorial en este núcleo, nos invita a pensar el cuerpo como nuestro primer hogar, como el primer territorio que nos gesta. Pero ¿qué sucede en un tiempo en el que la gestación puede subrogarse? Como un trabajo más, externalizamos este servicio a los cuerpos más precarizados. Y, si el cuerpo es hogar, ¿de qué hablamos cuando hablamos de violencia estética, violaciones o feminicidios?

Más adelante, Mauricio Gattás, en Mil novecientos cincuenta y cuatro, reconstruye en las salas del museo una cocina regiomontana de los años cincuenta. Es la cocina aspiracional de una clase media que incorpora los electrodomésticos a la vida cotidiana como uno de los grandes símbolos de modernidad de su tiempo. Es una cocina que bien podría haber salido de un anuncio de Corn Flakes de aquella década. Este espacio nos remite al escenario cliché de una familia nuclear, heteronormada y de clase media, en el que el hombre provee y la mujer cuida.

Vista de sala de “Mil novecientos cincuenta y cuatro”. Museo Amparo, Puebla, 2026.

Pero si el hogar es también el interior de las casas, ¿qué ocurre cuando hablamos de violencia doméstica, de la división sexo-genérica del trabajo, de independencia económica o de violencia vicaria? ¿Y de qué hogar podemos hablar hoy, cuando la crisis habitacional de nuestras ciudades y la presión inmobiliaria de los alquileres turísticos gentrifican los barrios y expulsan a quienes los habitan? De estos desplazamientos y ordenamientos geográficos habla la obra de Torolab. En Mapa: 16 x 16 capas de decisión, genera una topografía con distintos relieves que hunde los municipios con menor poder adquisitivo, creando una geografía de la división espacial de las clases sociales en distintos territorios.

La obra de Alan Sierra también se inscribe en este mismo núcleo, haciendo alusión a los desplazamientos y las migraciones. En Un hilo colocado con cuidado sobre un mapa por dos manos que vienen desde arriba o La frontera, Sierra cuestiona quién traza los límites entre territorios y quién establece la separación entre primer y tercer mundo. Asimismo, Miguel Fernández de Castro, nos hace mirar la vida en las líneas divisorias y las necropolíticas que dominan los territorios fronterizos.

“Un hilo colocado con cuidado sobre un mapa por dos manos que vienen desde arriba o La frontera”, Alan Sierra. Museo Amparo, Puebla, 2026.

Por último, el núcleo más extenso de la exposición está dedicado a la naturaleza. Presentada, en un primer momento, como paisaje obervamos El maizal, de Dr. Atl, una pieza fundacional de la Colección FEMSA. La cual abre la reflexión sobre el lugar que el paisaje ha ocupado en la historia de la pintura. Nombrar paisaje a la naturaleza es una forma de distancia, fija una mirada en lo que antes era un entorno compartido. Estas obras dialogan con la serie de pinturas de Circe Irasema, La artista pinta sobre un soporte de madera una serie de elementos naturales que cuestionan la perspectiva de la representación pictórica occidental. Cuestionando así la idea de paisaje que vimos al inicio de este núcleo. Al alterar esta forma de representar la naturaleza, la artista pone en cuestión la manera en que Occidente la ha convertido en un objeto de estudio y, con ello, la separación entre quien observa y aquello que es observado. La obra plantea así una crítica a la ruptura de la relación de unidad entre los seres humanos y la naturaleza.

Si la naturaleza es nuestro hogar, ¿cómo es que se ha convertido en un recurso que se consume, se contamina y se saquea a través de procesos de extractivismo y de una profunda e inherente violencia? Y, en ese sentido, ¿cómo volver a pensar nuestra relación con ella? Porque, citando el propio texto curatorial de este núcleo, “habitar el mundo es reconocer que no vivimos en separación con la naturaleza, somos ella”. Así lo plantean obras como las de Carlos Alfonso, quien aboga por recuperar las historias orales de la región de Paispamba, en Colombia, relatos vinculados a formas de cultivo y cuidado.

La obra de Leda Catunda imagina la relación entre especies desde la interdependencia. Reforzando que “frente a la lógica de domesticar el entorno, aquí se propone otro vínculo posible: la crianza mutua de la vida.” Ella, en lugar de pensar la naturaleza como algo que debe ser dominado o domesticado, plantea la posibilidad de establecer vínculos basados en el cuidado, la dependencia y la crianza mutua. Vínculos que desaparecen cada vez que se expolian territorios para beneficios privados de empresas y Estados.

Así, la exposición nos muestra, en un viaje desde lo íntimo hacia lo colectivo, ¿cómo es habitar un mundo inhabitable? Lo inhabitable del cuerpo y sus violencias, del espacio doméstico que enclaustra y precariza el trabajo feminizado, lo inhabitable del territorio que se despoja, de las migraciones forzadas y las violencias de las fronteras, lo inhabitable del expolio de la naturaleza y la violencia del olvido de las relaciones interespecie y lo inhabitable de las identidades que ordenan, clasifican y gestionan las políticas coloniales heredadas de los Estados-nación modernos.