Contemporary Art in the Americas Arte Contemporáneo en las Américas

Anunciación

Martina Álvarez, Elizabeth Burmann, Flavia Contreras, Céline Fercovic, Rocío Guerrero, Isidora Gilardi

LOCAL Arte Contemporáneo Santiago, Chile 04/17/2018 – 05/12/2018

Vista de la exposición Anunciación, en LOCAL Arte Contemporáneo, Santiago, Chile, 2018. Fotografía por Benjamín Matte. Cortesía del Museo del Polvo y LOCAL Arte Contemporáneo

Vista de la exposición Anunciación, en LOCAL Arte Contemporáneo, Santiago, Chile, 2018. Fotografía por Benjamín Matte. Cortesía del Museo del Polvo y LOCAL Arte Contemporáneo

Rocío Guerrero, silla de enamorados, mimbre (detalle). Cortesía del Museo del Polvo y LOCAL Arte Contemporáneo

Cierto pronóstico
Céline Fercovic

La poesía no sirve para nada
Sirve para poner en duda el mundo
Descansa infatigablemente en este absurdo supuesto
mejor dicho ella es esa duda.
No pone en duda nada
Le basta ser y prueba la existencia de la duda,
con la mayor inocencia,
transforma en fábula todo lo que toca
y en íncubos y en súcubos los deseos frustrados
cada contrariedad en un proyecto de locura, cada locura en un proyecto de mundo, cada mundo en un proyecto para protestar
contra este.
Y puede ser, esto es lo peor, razonable:
no siempre la inteligencia de una especie decide por ella.
Que lo decida esta pregunta:
¿fueron torpes todas las especies extinguidas?

– Enrique Lihn, Una voz parecida a lo contrario  

i.

Venimos de una abeja que un día se murió y quedó pegada en estas ventanas. No llegamos a merecer esto. La abeja nos representa, pero nosotros no a ella.

Hace mucho tiempo las abejas simbolizaron la nobleza, la justicia y la riqueza de los hombres. Su imagen se asoció al alma que subsiste a la muerte. Representó a las musas que guiaron el espíritu colonizador de los atenienses y a la sabiduría de las sacerdotisas que celebraban el misterio de Artemisa. La miel de las abejas fue tan apreciada como el ámbar, las plumas de quetzal o los tejidos de algodón. Era una locura, la gente le decía “lágrimas de sol” y pensaban en ella como “oro en estado líquido”. Todo lo que había dentro de una colmena fue usado con máxima solemnidad. El propóleo se ocupó en rituales de embalsamiento y la cera se ofreció como regalo a los dioses.

Y aún así dejamos que murieran sin saber qué decían. Quizás se murieron de rabia por la pésima interpretación que hicimos de su trabajo. Creímos que las abejas eran como las palomas blancas o como un profeta vestido de lino con un lirio blanco en la mano1 que, ante la turbación de una mujer normal, usaba las palabras “no temas”, “alégrate”, “llena de gracia”, “el señor es contigo”.

ii.

Fue sin escándalo. Apenas murió la última abeja comenzó una lluvia de cera que se extendió durante doce días. La cera caliente se deslizó por toda la corteza terrestre hasta cubrir el mundo. Las personas, en un principio atraídas por el desconocido elemento que caía del cielo, creyeron que esas gotas doradas eran oro o algún alimento dulce de la antigüedad. La lluvia fue aumentando su intensidad, las gotas eran más densas y calientes. Todos los que salieron murieron aplastados, ahogados, fundidos por el calor del material.

No se escucharon voces de reclamo. De todas maneras, ya no había nada que hacer ni nada que perder. No había vuelta atrás. Era la época en que los cangrejos se vestían con desechos de cualquier tipo. No había donde regresar en un mundo indolente que se había convertido en una sola gran nación, en un huracán del progreso, fundado en un mecanismo sin retroalimentación donde todos sus operadores parecían estar de acuerdo. A esas alturas la realidad se había vuelto una sola realidad; una especie, una política, un paisaje. Se había convertido en una tierra desértica, de piedras y ruinas que, al morir la última abeja, cubrió los restos de una civilización perdida en el tiempo.

La insistencia de las especies por morir fue fatalmente acertada. Años después, cuando de la cera salieron nalcas y bichos, como antes pasaba con la lava volcánica, se encontró una casa que, según se deduce, resistía a la infertilidad de su entorno. La casa acumulaba objetos intolerables para el resto de sus contemporáneos porque fijaba recuerdos nostálgicos que contaban pequeñas historias de momentos extraordinarios. Quienes desenterraron la casa leyeron en su recorrido la voluntad por reconciliar el mundo de cada especie con el mundo artificial que nuestra cultura había creado. De esta manera se mantuvo el lazo de lo real y de lo imaginario, de lo imaginario a lo fantástico, de lo fantástico a lo fantasmal como una forma de mediar entre la presencia y la ausencia de esos mundos en contacto. Para los visitantes fue un poco doloroso entrar en detalles, dijeron algo sobre salas blancas y sobre la soledad que la casa evidenciaba, sólo pudieron describirla como una sucia relación entre arte y naturaleza; una posibilidad dentro de toda una historia contaminada que ya nada tenían que ver con anhelos ecológicos.

La verdad es que las abejas redactaron la profecía sobre la catástrofe primero que las sibilas griegas en sus Libris fatales: la tierra como un mundo extraño donde sería imposible volver. Sin palabras hicieron un texto que no es de nadie porque es, con todo lo falso y turbio, del tiempo, el brutal e insoportable tiempo que no seguiremos forzados a redactar.

Nadie está seguro, pero ese pudo haber sido el testimonio de la última abeja que murió y quedó pegada en las ventanas de una casa. Esa casa podría ser esta casa.

http://cargocollective.com/localartecontemporaneo

Vista de la exposición Anunciación, en LOCAL Arte Contemporáneo, Santiago, Chile, 2018. Fotografía por Benjamín Matte. Cortesía del Museo del Polvo y LOCAL Arte Contemporáneo

Vista de la exposición Anunciación, en LOCAL Arte Contemporáneo, Santiago, Chile, 2018. Fotografía por Benjamín Matte. Cortesía del Museo del Polvo y LOCAL Arte Contemporáneo

Rocío Guerrero, silla de enamorados, mimbre (detalle). Cortesía del Museo del Polvo y LOCAL Arte Contemporáneo

Cierto pronóstico
Céline Fercovic

 

La poesía no sirve para nada
Sirve para poner en duda el mundo
Descansa infatigablemente en este absurdo supuesto
mejor dicho ella es esa duda.
No pone en duda nada
Le basta ser y prueba la existencia de la duda,
con la mayor inocencia,
transforma en fábula todo lo que toca
y en íncubos y en súcubos los deseos frustrados
cada contrariedad en un proyecto de locura, cada locura en un proyecto de mundo, cada mundo en un proyecto para
protestar contra este.
Y puede ser, esto es lo peor, razonable:
no siempre la inteligencia de una especie decide por ella.
Que lo decida esta pregunta:
¿fueron torpes todas las especies extinguidas?

– Enrique Lihn, Una voz parecida a lo contrario  

i.

Venimos de una abeja que un día se murió y quedó pegada en estas ventanas. No llegamos a merecer esto. La abeja nos representa, pero nosotros no a ella.

Hace mucho tiempo las abejas simbolizaron la nobleza, la justicia y la riqueza de los hombres. Su imagen se asoció al alma que subsiste a la muerte. Representó a las musas que guiaron el espíritu colonizador de los atenienses y a la sabiduría de las sacerdotisas que celebraban el misterio de Artemisa. La miel de las abejas fue tan apreciada como el ámbar, las plumas de quetzal o los tejidos de algodón. Era una locura, la gente le decía “lágrimas de sol” y pensaban en ella como “oro en estado líquido”. Todo lo que había dentro de una colmena fue usado con máxima solemnidad. El propóleo se ocupó en rituales de embalsamiento y la cera se ofreció como regalo a los dioses.

Y aún así dejamos que murieran sin saber qué decían. Quizás se murieron de rabia por la pésima interpretación que hicimos de su trabajo. Creímos que las abejas eran como las palomas blancas o como un profeta vestido de lino con un lirio blanco en la mano1 que, ante la turbación de una mujer normal, usaba las palabras “no temas”, “alégrate”, “llena de gracia”, “el señor es contigo”.

ii.

Fue sin escándalo. Apenas murió la última abeja comenzó una lluvia de cera que se extendió durante doce días. La cera caliente se deslizó por toda la corteza terrestre hasta cubrir el mundo. Las personas, en un principio atraídas por el desconocido elemento que caía del cielo, creyeron que esas gotas doradas eran oro o algún alimento dulce de la antigüedad. La lluvia fue aumentando su intensidad, las gotas eran más densas y calientes. Todos los que salieron murieron aplastados, ahogados, fundidos por el calor del material.

No se escucharon voces de reclamo. De todas maneras, ya no había nada que hacer ni nada que perder. No había vuelta atrás. Era la época en que los cangrejos se vestían con desechos de cualquier tipo. No había donde regresar en un mundo indolente que se había convertido en una sola gran nación, en un huracán del progreso, fundado en un mecanismo sin retroalimentación donde todos sus operadores parecían estar de acuerdo. A esas alturas la realidad se había vuelto una sola realidad; una especie, una política, un paisaje. Se había convertido en una tierra desértica, de piedras y ruinas que, al morir la última abeja, cubrió los restos de una civilización perdida en el tiempo.

La insistencia de las especies por morir fue fatalmente acertada. Años después, cuando de la cera salieron nalcas y bichos, como antes pasaba con la lava volcánica, se encontró una casa que, según se deduce, resistía a la infertilidad de su entorno. La casa acumulaba objetos intolerables para el resto de sus contemporáneos porque fijaba recuerdos nostálgicos que contaban pequeñas historias de momentos extraordinarios. Quienes desenterraron la casa leyeron en su recorrido la voluntad por reconciliar el mundo de cada especie con el mundo artificial que nuestra cultura había creado. De esta manera se mantuvo el lazo de lo real y de lo imaginario, de lo imaginario a lo fantástico, de lo fantástico a lo fantasmal como una forma de mediar entre la presencia y la ausencia de esos mundos en contacto. Para los visitantes fue un poco doloroso entrar en detalles, dijeron algo sobre salas blancas y sobre la soledad que la casa evidenciaba, sólo pudieron describirla como una sucia relación entre arte y naturaleza; una posibilidad dentro de toda una historia contaminada que ya nada tenían que ver con anhelos ecológicos.

La verdad es que las abejas redactaron la profecía sobre la catástrofe primero que las sibilas griegas en sus Libris fatales: la tierra como un mundo extraño donde sería imposible volver. Sin palabras hicieron un texto que no es de nadie porque es, con todo lo falso y turbio, del tiempo, el brutal e insoportable tiempo que no seguiremos forzados a redactar.

Nadie está seguro, pero ese pudo haber sido el testimonio de la última abeja que murió y quedó pegada en las ventanas de una casa. Esa casa podría ser esta casa.

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