SGR Galería, Bogotá, Colombia 17 de agosto de 2017 - 24 de septiembre de 2017
En Un cuerpo no puede ser todos los cuerpos, lo intrínsecamente táctil se vuelve visible en formas, colores y ausencias. Las piezas que vemos evocan tanto encuentros como despojos, dando pistas sobre lo inexplicable: la inevitable sustracción que se opera en la colisión con el otro.
La piel es un tejido suave que envuelve a los vertebrados, una zona de negociación entre el intimo interior y el afuera múltiple, un sistema de comunicación con el entorno; nos delimita para hacernos visibles, enunciando la alteridad propia y ajena. La piel es el mapa del sujeto, cada una de las cartografías epidérmicas es única; infinitas variabilidades de topografía que son también capaces de permearse, deshaciéndose en el momento del encuentro. Ese encuentro con lo humano, lo animal, o la planta es el dibujarse de una geografía nueva: la geografía de los afectos. Nos redefine, altera los límites, crea nuevos relieves: un territorio que aparece para negar certezas previas. La conciencia de esta nueva situación se configura como un tejido plástico que sentimos materializarse en esta exposición: no se trata de cuerpos que se deshacen, se trata de pieles que se ensamblan. Podemos creer cubrirnos con la piel de otro, pero lo que hacemos es modificar la nuestra, a ese nivel la prótesis no existe y no sirve de nada estar seguros de la forma delimitante que parece contenernos.
El pelo y sus ondas, las cicatrices, las arrugas, los pliegues, son el lenguaje secreto del acoplamiento de los cuerpos. La piel sobre la piel propia o ajena, se vuelve consciente de su existencia, y decide huir siempre de verbalizaciones. Los diálogos mudos de las imágenes – universos que Luz Lizarazo y Alejandra Quintero nos presentan, nos devuelven secretamente al instante íntimo que podemos saborear justo antes de la explosión del encuentro. Estas obras entre frías y misteriosas, son expresiones del límite antes de su ruptura, y testamentos celebratorios de la transformación del mismo. La piel como seguridad e incertidumbre, ni simple ni cruel: El límite ya no es una frontera, es una invitación al devenir.
Maria Adelaida Samper
En Un cuerpo no puede ser todos los cuerpos, lo intrínsecamente táctil se vuelve visible en formas, colores y ausencias. Las piezas que vemos evocan tanto encuentros como despojos, dando pistas sobre lo inexplicable: la inevitable sustracción que se opera en la colisión con el otro.
La piel es un tejido suave que envuelve a los vertebrados, una zona de negociación entre el intimo interior y el afuera múltiple, un sistema de comunicación con el entorno; nos delimita para hacernos visibles, enunciando la alteridad propia y ajena. La piel es el mapa del sujeto, cada una de las cartografías epidérmicas es única; infinitas variabilidades de topografía que son también capaces de permearse, deshaciéndose en el momento del encuentro. Ese encuentro con lo humano, lo animal, o la planta es el dibujarse de una geografía nueva: la geografía de los afectos. Nos redefine, altera los límites, crea nuevos relieves: un territorio que aparece para negar certezas previas. La conciencia de esta nueva situación se configura como un tejido plástico que sentimos materializarse en esta exposición: no se trata de cuerpos que se deshacen, se trata de pieles que se ensamblan. Podemos creer cubrirnos con la piel de otro, pero lo que hacemos es modificar la nuestra, a ese nivel la prótesis no existe y no sirve de nada estar seguros de la forma delimitante que parece contenernos.
El pelo y sus ondas, las cicatrices, las arrugas, los pliegues, son el lenguaje secreto del acoplamiento de los cuerpos. La piel sobre la piel propia o ajena, se vuelve consciente de su existencia, y decide huir siempre de verbalizaciones. Los diálogos mudos de las imágenes – universos que Luz Lizarazo y Alejandra Quintero nos presentan, nos devuelven secretamente al instante íntimo que podemos saborear justo antes de la explosión del encuentro. Estas obras entre frías y misteriosas, son expresiones del límite antes de su ruptura, y testamentos celebratorios de la transformación del mismo. La piel como seguridad e incertidumbre, ni simple ni cruel: El límite ya no es una frontera, es una invitación al devenir.
Maria Adelaida Samper