29.09.2022
Davo Valdés toma como ejemplo el caso morelense para problematizar: ¿cómo justificamos que existan aparatos culturales que pagan cargos en los que no se propone ni se realiza nada?
Probablemente los hechos que voy a describir encuentren eco en otras ciudades, en otras partes de México en las que el rubro de la cultura parece no tener la importancia que merece; o se copta para repartir puestos, o en las que proliferan prácticas de corrupción, amiguismo o simplemente indiferencia, tibieza política y falta de visión.
En marzo de 2018, se inauguró el Museo Morelense de Arte Contemporáneo Juan Soriano. El proyecto monumental (sin precedentes en el estado de Morelos) costó aproximadamente 120 millones de pesos y contemplaba salas expositivas, una biblioteca, jardines abiertos, foros y un archivo para la colección del artista jalisciense. En junio de ese mismo año se nombró a Andrea Torreblanca como directora, cargo que anteriormente ostentaba Alejandra de la Paz. Sólo falta googlear sus nombres para encontrarse con la impresionante trayectoria que ambas poseen. Andrea Torreblanca, en ese momento, encarnaba una promesa cumplida: una curadora de talla internacional, con renombre en el ámbito del arte contemporáneo, pero que la comunidad artística morelense conocía, respetaba y que reconocía como del terruño. Ese mismo año hubo cambió de administración. El equipo de Cuauhtémoc Blanco no sólo despidió a más de la mitad del equipo de Torreblanca, sino que la destituyó del cargo para nombrar a Carolina Ann Dubernard, licenciada en rehabilitación física y exdirectora de Control Animal de Cuernavaca. Todo lo anterior sin analizar o evaluar el trabajo del equipo. La comunidad artística, no sólo de Morelos sino de otras partes del país y con eco internacional, inició una campaña para solicitar la permanencia de Torreblanca y de su proyecto museístico. Se reunieron cerca de cinco mil firmas, que fueron ignoradas por completo por la burocracia cultural a nivel federación y, por supuesto, al interior del gobierno del exfutbolista.
Quizá si somos justes hay que reconocer que no todo ha sido culpa de la nueva administración. También ha existido una nula postura crítica de artistas de renombre o agentes culturales que han aceptado cargos (en actos de ingenuidad, si se quiere) en el Soriano u otras dependencias de gobierno. A mí, en lo personal, me sorprendió muchísimo el caso de Guillermo Santamarina, artista y curador querido por la comunidad artística que, de hecho, fue uno de los grandes defensores de Andrea Torreblanca. Lo que me sorprende es que, a pesar de conocer a priori la situación del Soriano, haya decidido aceptar el cargo fingiendo miopía y promocionándose a sí mismo para después volverse en contra de una administración que él ya sabía que estaba corrupta. Él, según sus propias palabras, relata: “Yo no renuncié, me obligaron. Pero los dejo con sus proyectos mediocres, sus opacidades y cinismos, manipulando una institución que desconocen y detestan». Caso similar el de Juan José Soto que fue invitado como Director de Comunicación y que anhelaba “cambiar las cosas desde dentro”; actualmente es una de las voces más críticas de la actual administración. Desafortunadamente, ninguno de los dos pudo aportar con su experiencia y sus perfiles mucho más adecuados para sendos cargos. Quizá porque sus ideas no tenían espacio en un museo que estaba secuestrado por la lógica de una política trasnochada.
Ha habido tantos cambios y nombramientos en la oscuridad que durante largo rato hubo mucha opacidad en el organigrama de dicha secretaría. Me parece sintomático que algunes actores importantes de la cultura local nunca hayan anunciado sus nombramientos y que otras dependencias hasta la fecha se mantengan acéfalas u ocupadas por funcionarios fantasmas. Hoy en día se puede consultar la página web en la que se muestra gran parte de la jerarquía superior de las direcciones y coordinaciones de la STyC para encontrarse con perfiles sumamente mediocres o sin experiencia. Y más allá de un somero análisis a estos currículos, me parece que la actual administración ha destacado por tener una nula propuesta cultural de fondo o una postura crítica frente a los retos actuales del arte, o incluso una visión (¡o un intento!) que incorpore la trayectoria de artistas importantes que habitan y generan cultura en Morelos o de colectivos jóvenes que se mantienen creativos e imaginativos ante un panorama desolador. Esta nula directriz la observo en dos casos particulares: la cartelera del Centro Cultural Teopanzolco, edificio que después de su remodelación en 2018 ganó el primer lugar en el Premio Oscar Niemeyer para la Arquitectura Latinoamericana y una mención honorífica en la la XV Bienal Nacional e Internacional de Arquitectura Mexicana; un foro que albergó el ciclo de conciertos New York Jazz All Stars, un sitio que la revista Times nombró como uno de los 10 lugares para visitar en el mundo, que tiene actualmente como uno de sus eventos principales sesiones de yoga (no tengo nada en contra del yoga, sólo me parece revelador que esa sea precisamente su carta fuerte); o la Dirección de Museos que reúne cinco o seis recintos de todo el estado de Morelos, y que con un presupuesto de un millón de pesos se ve absolutamente incapacitada para generar propuestas sólidas y descentralizadas.
Quizá sea la falta de recursos o consecuencia de una política cultural fallida, pero también creo que al interior de las instituciones culturales impera la falta de imaginación. A mí me desconcierta que se presenten proyectos como: 80 Años Después. Cuaderno de viaje de Francisco Rojo Lluch en el vapor Ipanema, o incluso Un Cauduro es un Cauduro (es un Cauduro), la nueva exposición del Soriano, ahora bajo la dirección de Helena González. Ambas, exposiciones que otras instituciones han diseñado y gestionado y que simplemente se han montado en las galerías de los museos de Morelos. La primera fue organizada por el Colegio Nacional, y la segunda por el Colegio de San Ildefonso, y de hecho se presentó este mismo año, por lo que me pregunto si es pertinente o si acaso sería mejor afrontar el reto de diseñar y curar una exposición con el equipo del Juan Soriano pensando en las necesidades de la propia entidad.
Si esto no parece suficiente y ya sólo como cereza, quiero recordar una de las más recientes exposiciones del Museo Morelense de Arte Contemporáneo, la retrospectiva de los 25 años del SAT, que presentó una “exposición fotográfica que da cuenta de una institución sólida y a la vanguardia tecnológica para facilitar el cumplimiento de las obligaciones fiscales de los contribuyentes”. ¿Será acaso el fondo? ¿Puede esto empeorar?
Cuando une funcionarie cultural sucumbe ante la falta de imaginación, impera un escenario en el que sólo tenemos agentes potencialmente transformadores nadando de muertito, esperando su cheque. Si el presupuesto sólo alcanza para pagar la nómina, ¿cómo justificamos que existan aparatos culturales que pagan cargos en los que no se propone ni se realiza nada?
En este escenario, más allá de políticas culturales pobres o botines políticos, veo nula resistencia, nula imaginación, nulo espíritu crítico, nulo esfuerzo para cambiar las cosas. Veo una escena tibia navegando las aguas de la incertidumbre, esperando pescar algún anzuelo, un sueldo, un mínimo espacio para exponer o para presentarse con un respaldo institucional, cuando deberíamos estar exigiendo perfiles adecuados para dichos cargos y propuestas de fondo que multipliquen los diálogos, o generando iniciativas independientes que no repliquen las mismas prácticas.
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