
El escritor y cineasta villero César González escribe una crónica sobre el después del encierro donde indaga en la relación entre mercancía y sistema carcelario ¿A quiénes beneficia la “industria del delito”?
Te diré lo que es la libertad para mí: es la ausencia de miedo. Nina Simone
El color que reina en la cárcel es el gris, salir de allí es chocarse nuevamente con un mundo cromático olvidado; durante la estadía en ese claustro de vejaciones diarias el gris no sólo amenaza desde las paredes, sino que se va instalando en tus huesos. El ojo del que sale no vuelve a ver, sino que ahora sacude las cosas, las dimensiones de los espacios adquieren más kilómetros, los colores son los mismos pero modificados.Es que la libertad sólo se entiende y perfecciona a partir de su ausencia.Cuando salís de la cárcel empiezan a tener un sentido estimulante situaciones que antes pasaban desapercibidas, lo que antes ni siquiera estaba ahora se erige como un monumento. Hay goce en la nada, desaparece la culpa ante el ocio, se robustecen los ruidos, los olores crecen hasta transformarse en entes majestuosos. Los primeros días después del encierro son como una experiencia psicodélica. Se disfruta estar en el mundo bajo cualquier circunstancia. Si hace frío amas y te abrazas al frío, lo mismo haces con su antagonista, el calor sofoca pero nunca tanto como lo hacía allá adentro. Desde lo más espectacular a lo más irrisorio, todo parece recién nacido, hecho al compás del momento en que se lo observa o intuye. Es una agitación de lo perceptivo, no se libera sólo el cuerpo, la mente ahora carga con abundancia de lucidez, tanta que la desborda y la hace explotar de adrenalina. La cárcel te reduce a nivel espacial y sensorial, allá adentro son pocas y repetidas las situaciones, lo que te obliga a encontrarle siempre algo nuevo a la repetición. Eso hace que se fortalezcan cada uno de los sentidos. Pero allá en “la tumba” también las cosas parecieran recién paridas a pesar de mantenerse en un estado de putrefacción constante. La creatividad se impone para llenar el vacío del encierro. Se inventan juegos, o se juega con lo que hay a mano. Una caja de sobrecitos de té sirve para armar un mazo de cartas, siempre y cuando el servicio penitenciario lo permita, depende en qué pabellón y en qué tipo de cárcel estés, hay muchas en donde todo tipo de juego está prohibido. El preso debe cumplir su función de ser un alma en pena. Jugar es demasiada misericordia para que le sea permitido.
Ante un panorama tan desolador en términos económicos, el regreso al delito se presenta como una herramienta de subsistencia y progreso, pero sobre todo como casi la única posibilidad de generar un ingreso para sus bolsillos.La industria del delito es insaciable, completamente enlazada con la división de clases (la cárcel hacina sólo a pobres “descarriados”) tiene en la reincidencia uno de sus principales accionistas. Dicha industria necesita que les delincuentes se mantengan actives hasta que sean asesinades o caigan preses, o que una vez que salgan repitan o mejoren el accionar criminal. Sumado a que el preso encuentra en la fama de ser buen delincuente una de las pocas chances de alcanzar la gloria, ya que nadie idolatra a albañiles, ya que los obreros no suelen ser argumentos de leyendas. Robando una moto grande y al pasearte por el barrio con ella es como modelar por una pasarela de alta costura, desde la altura se perciben un sinfín de miradas fascinadas y envidiosas. Por eso el que trabaja odia al joven delincuente, porque el delincuente exhibe una opulencia de mercancías que el trabajador no tiene. Además, el preso recién salido es difícil que pueda superar o hacer oídos sordos a los códigos morales que tiene cada banda delictiva. Hay toda una cultura y una tradición donde está prohibido abandonar el camino de las armas. Uno debe morir en su ley, aquel que deja de robar después de salir de prisión es considerado un cobarde, alguien que no tuvo el machismo y las agallas suficientes para que la cárcel no lo acobardase.
Son mandatos del más primitivo patriarcado, completamente funcionales a la industria del delito, que así puede asegurarse un largo futuro.En muchos casos la salvación viene de les mismes familiares o amigues que encuentran algún trabajo para el recién salido, pero el resto de su propia comunidad le da la espalda, aferrada a la moral dominante, que ve en el robo que hacen los pobres la nueva razón del incineramiento de una renovada inquisición.
El escritor y cineasta villero César González escribe una crónica sobre el después del encierro donde indaga en la relación entre mercancía y sistema carcelario ¿A quiénes beneficia la “industria del delito”?
Te diré lo que es la libertad para mí: es la ausencia de miedo. Nina Simone
El color que reina en la cárcel es el gris, salir de allí es chocarse nuevamente con un mundo cromático olvidado; durante la estadía en ese claustro de vejaciones diarias el gris no sólo amenaza desde las paredes, sino que se va instalando en tus huesos. El ojo del que sale no vuelve a ver, sino que ahora sacude las cosas, las dimensiones de los espacios adquieren más kilómetros, los colores son los mismos pero modificados.Es que la libertad sólo se entiende y perfecciona a partir de su ausencia.Cuando salís de la cárcel empiezan a tener un sentido estimulante situaciones que antes pasaban desapercibidas, lo que antes ni siquiera estaba ahora se erige como un monumento. Hay goce en la nada, desaparece la culpa ante el ocio, se robustecen los ruidos, los olores crecen hasta transformarse en entes majestuosos. Los primeros días después del encierro son como una experiencia psicodélica. Se disfruta estar en el mundo bajo cualquier circunstancia. Si hace frío amas y te abrazas al frío, lo mismo haces con su antagonista, el calor sofoca pero nunca tanto como lo hacía allá adentro. Desde lo más espectacular a lo más irrisorio, todo parece recién nacido, hecho al compás del momento en que se lo observa o intuye. Es una agitación de lo perceptivo, no se libera sólo el cuerpo, la mente ahora carga con abundancia de lucidez, tanta que la desborda y la hace explotar de adrenalina. La cárcel te reduce a nivel espacial y sensorial, allá adentro son pocas y repetidas las situaciones, lo que te obliga a encontrarle siempre algo nuevo a la repetición. Eso hace que se fortalezcan cada uno de los sentidos. Pero allá en “la tumba” también las cosas parecieran recién paridas a pesar de mantenerse en un estado de putrefacción constante. La creatividad se impone para llenar el vacío del encierro. Se inventan juegos, o se juega con lo que hay a mano. Una caja de sobrecitos de té sirve para armar un mazo de cartas, siempre y cuando el servicio penitenciario lo permita, depende en qué pabellón y en qué tipo de cárcel estés, hay muchas en donde todo tipo de juego está prohibido. El preso debe cumplir su función de ser un alma en pena. Jugar es demasiada misericordia para que le sea permitido.
Ante un panorama tan desolador en términos económicos, el regreso al delito se presenta como una herramienta de subsistencia y progreso, pero sobre todo como casi la única posibilidad de generar un ingreso para sus bolsillos.La industria del delito es insaciable, completamente enlazada con la división de clases (la cárcel hacina sólo a pobres “descarriados”) tiene en la reincidencia uno de sus principales accionistas. Dicha industria necesita que les delincuentes se mantengan actives hasta que sean asesinades o caigan preses, o que una vez que salgan repitan o mejoren el accionar criminal. Sumado a que el preso encuentra en la fama de ser buen delincuente una de las pocas chances de alcanzar la gloria, ya que nadie idolatra a albañiles, ya que los obreros no suelen ser argumentos de leyendas. Robando una moto grande y al pasearte por el barrio con ella es como modelar por una pasarela de alta costura, desde la altura se perciben un sinfín de miradas fascinadas y envidiosas. Por eso el que trabaja odia al joven delincuente, porque el delincuente exhibe una opulencia de mercancías que el trabajador no tiene. Además, el preso recién salido es difícil que pueda superar o hacer oídos sordos a los códigos morales que tiene cada banda delictiva. Hay toda una cultura y una tradición donde está prohibido abandonar el camino de las armas. Uno debe morir en su ley, aquel que deja de robar después de salir de prisión es considerado un cobarde, alguien que no tuvo el machismo y las agallas suficientes para que la cárcel no lo acobardase.
Son mandatos del más primitivo patriarcado, completamente funcionales a la industria del delito, que así puede asegurarse un largo futuro.En muchos casos la salvación viene de les mismes familiares o amigues que encuentran algún trabajo para el recién salido, pero el resto de su propia comunidad le da la espalda, aferrada a la moral dominante, que ve en el robo que hacen los pobres la nueva razón del incineramiento de una renovada inquisición.
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