"De centauras a bestia acéfala El retorno al espacio público de Yeguada Latinoamericana". Desde los cuerpos arrojados al olvido colonial hasta las calles vaciadas tras la revuelta de 2019, este texto propone una mitología insurgente: una bestia acéfala compuesta por fragmentos, memorias y pulsos sincronizados. Una investigación teórico-práctica que piensa el cuerpo más allá del organismo, desafía la idea de naturaleza como orden heteropatriarcal y ensaya nuevas formas de volver a la calle cuando las estrategias anteriores han sido capturadas. Cuerpos gaseados, mutilados y desarticulados regresan como un solo cuerpo múltiple. Sin cabeza. Sin rostro. Sin función servil.
Durante cinco siglos, miles de cuerpos han sido arrojados y escondidos a lo largo de la Cordillera de los Andes que atraviesa mares, zonas volcánicas, altiplanos, valles y desiertos. Habitantes de estos territorios desde antes de la llegada de lxs europexs, sangre no bautizada hecha olvido en toda Latinoamérica. Sodomitas borradxs de la historia durante la colonización, lesbianas, travos y travestis consideradxs sangre desviada. Combatientes secuestradxs, torturadxs, ejecutadxs y desaparecidxs forzosamente por las dictaduras del cono sur, incitadas desde el norte global. Obrerxs y esclavxs en rebeldía, masacradxs y recostadxs bajo tierra. Personas quitadas del mapa por buscar asilo lejos de su tierra natal. Suicidas, negadxs a convertirse en cómplices de sistemas reguladores sin espacio para el disenso ni la dignidad humana: suicidadxs.
Soplos, gritos y susurros agitaron la placa oceánica de Nazca; la movieron y colisionó bajo la superficie con la parte continental de la placa Sudamericana. Cuando la presión de los gases venenosos y la roca fundida fue suficiente para causar una explosión, ocurrió la erupción. Por toda la Cordillera brotaron anos y órganos sexuales. Los anos se abrieron para defecar, exponiendo sus paredes. De esas aberturas, rojas y brillantes, en las capas superficiales de la montaña, emergieron fragmentos de cuerpos acribillados. Grandes emanaciones de esperma, flujos de cabello, irrigaciones de menstruación, explosiones de sudor y ríos de saliva se derramaron por la tierra.
Una gran fuerza magnética atrajo los restos humanos esparcidos por la montaña: flujos y tejidos, órganos y membranas, mucosas y músculos, extremidades y articulaciones. Máquinas acopladas por el deseo y la predilección por la subversión. Dicen que la sangre tira.[1] Por eso, la bestia se enganchó los pedazos de todas esas personas que encontró en el camino, conformando un cuerpo desarticulado, resbaladizo y polimorfo. Sus órganos adquieren nuevas funciones a medida que se moviliza y se desplaza. Respira por las escápulas en lugar de los pulmones; luego, por uno de sus estómagos. Se hincha y se deshincha rítmicamente. Sus partes babean unas sobre otras. En vez de palabras fonéticas, produce ronquidos desde el interior, que mutan a ráfagas fulgurantes. Se come y se folla a sí misma. Se estropea sin cesar.
Viene de un nuevo mundo, pero de una vieja cosmogonía. Con deseo profano, emprende su rumbo hacia los lugares donde la sangre derramada ha sido cubierta con cemento.
Hasta ahora, hemos confrontado a las fuerzas del orden como una manada de centauras. Sin embargo, tras la revuelta de 2019, en Chile las calles se vaciaron y hemos perdido la soberanía sobre su uso. El Estado y sus agentes tomaron medidas descarnadas y violentas para criminalizar la manifestación social. La represión policial provocó daños irreparables sobre los cuerpos de manifestantes, a través de la fragmentación de las articulaciones políticas, la mutilación ocular, el ataque a civiles con proyectiles como bombas lacrimógenas y balines. Las fuerzas políticas tradicionales intentaron dar un curso institucional al malestar y la indignación, que abrió paso al avance de la ultraderecha conservadora en el discurso público y visibilizó que las fuerzas destituyentes no tenían tanto peso como alguna vez creímos. Dado esto, nos preguntamos: si las estrategias del 2019 fracasaron, ¿de qué forma volvemos a la calle?
De centauras a bestia acéfala, la nueva obra del proyecto de performance Yeguada Latinoamericana[2], es una investigación teórica-práctica, idea original de Cheril Linett, quien propuso a un equipo de performers explorar acoples corporales y estudiar referentes de filosofía posthumana, bajo su dirección. La investigación considera una sistematización por escrito en tres ejes: crear una mitología sobre el nacimiento de la bestia acéfala, consolidar un marco teórico y un instructivo para convertirse en bestia.
La performance propone que cuerpos gaseados, mutilados, torturados y desarticulados por la represión colonial y estatal, retornen al espacio público como un solo ser con múltiples colas, extremidades y órganos. Una bestia compuesta por cuerpos que sincronizan sus pulsos y ritmos respiratorios para adaptarse a los nuevos contextos sociopolíticos. El nacimiento de la bestia acéfala es un ultraje a la naturaleza, entendida como un orden heteropatriarcal que designa un modo de funcionamiento de los órganos, útil para la reproducción y el trabajo. Experimentamos ritmos de bestias mitológicas que sincronizan sus pulsos y ritmos respiratorios, disolviendo el contorno individual de lxs performers a través de acoples corporales, para componer formas que no existen orgánicamente. Pasando de ser sujetxs individuales a un cuerpo múltiple que se arma y desarma, las exploraciones estuvieron enfocadas en la apertura sensitiva y perceptiva, encontrando puntos de anclaje en el cuerpo de les otres y produciendo un sólo flujo.
Este mutante expone la construcción ideológica tras la idea de naturaleza, pues a medida que se desplaza, sus órganos adquieren nuevas funciones al servicio de los movimientos sociales:
“El ultraje que se pretende infligir a la Naturaleza, consistiría en dejar de ser individuo, para totalizar inmediata y simultáneamente todo lo que contiene la Naturaleza: eso sería alcanzar una pseudoeternidad, una existencia temporal, la de la polimorfia perversa”. (Pierre Klossowski en Revista Acéphale, 1936)
Realizamos un crimen intelectual y simbólico, un sacrilegio. En esta propuesta, destruir la presencia real de las figuras de poder no necesariamente significa destruir su existencia material, sino lo que esa figura de poder representa.
La performance se realizó el 24 de agosto en cinco lugares de Santiago de Chile. Primero, en la Estación Baquedano, epicentro de la revuelta de 2019, que fue señalada popularmente como un espacio de torturas por parte de la policía. Hoy, se encuentra en pleno proceso de transformación hacia el Proyecto Nueva Alameda, que busca borrar la memoria de lo que allí ocurrió mediante remodelaciones de infraestructura.
Luego, frente al Monumento a la Libertad Americana, que se ubica al centro de la Plaza de Armas, sitio exacto donde se encontraba la horca en el periodo colonial y se ejecutaba a personas condenadas por la Justicia Real.
Continuamos sobre la Cripta del Libertador, bóveda subterránea frente al Palacio de la Moneda, inaugurada durante la dictadura de Augusto Pinochet, donde se encuentran los restos óseos de Bernardo O’Higgins, director supremo y capitán general de la República de Chile, fundador de la Escuela Militar y considerado padre de la patria, por su participación en el proceso de independencia.
El trayecto callejero siguió en la Plaza de la Ciudadanía, justo frente al Palacio de la Moneda, sede del presidente de la República de Chile que fue bombardeada el 11 de septiembre de 1973, tras el golpe de Estado perpetrado por el ejército.
El recorrido finalizó en el subterráneo de Casa Palacio, donde se trabajó con cuerdas sonoras láser mediante la colaboración de Taller Dínamo, las cuales se activaban al contacto con los cuerpos y estaban asociadas a sonidos de volcán, vísceras, equinos y protesta. El uso de los láser se vincula directamente con la revuelta de 2019, donde fue un artefacto subversivo, utilizado para derribar drones de vigilancia y obstaculizar a la policía aérea y terrestre.
“El cuerpo es el cuerpo, está solo y no necesita de órganos,
jamás el cuerpo es un organismo, los organismos son los enemigos del cuerpo”.[3]
Este pasaje de Antonin Artaud, fue retomado por los filósofos franceses Gilles Deleuze y Félix Guattari para desarrollar el concepto cuerpo sin órganos (El Anti Edipo, 1972; Mil Mesetas, 1980), el cual ha sido uno de los referentes teóricos principales durante el proceso creativo. Fabricamos una nueva anatomía, tomando prestada esta herramienta. El cuerpo sin órganos es un proceso de experimentación para liberar a la carne de su funcionamiento orgánico, es decir, del organismo como sistema de poder que designa que cada órgano tiene una función particular. Es una invitación a la psicosis y la locura, a sacar el cuerpo del organismo sin eliminarlo por completo, a vincularse con la dimensión del cuerpo que está entre los órganos y llevarlo más allá de sus usos habituales. Es posible fabricar un cuerpo sin órganos a través de una práctica constante al margen de la identidad y la centralidad del rostro, disponiendo los cuerpos a acoplarse para producir algo nuevo y conservarlo intensamente. Esta transformación sucede a la vista de todxs. Su energía y sus afectos encuentran vías alternativas al cuerpo normado, dándole vuelta, mutilándolo, uniéndolo y exponiendo sus flujos internos. Explorarlo es una tarea constante que no se fija de forma definitiva y es allí donde se ubica nuestro trabajo.
Sin embargo, hacerse un cuerpo sin órganos no es un procedimiento contrahegemónico en sí mismo. Todo puede ser capturado por el capitalismo, incluso los frutos de esta práctica. El cuerpo sin órganos y el capitalismo tienen en común que, para su consumación, todo lo vale; anulando absolutamente los códigos propios de cada territorio.
Lo acéfalo indica la ausencia de cabeza y rostro como motores de la vida humana. La cabeza, en el sentido del pensamiento normativo, racional y descorporeizado. Y el rostro, ya que es servil a la identificación criminalizadora. La bestia acéfala es inocencia y crimen, y no obedece al mandato de la cabeza. Por otra parte, lo acéfalo, aplicado a la sociedad, hace referencia a una multitud sin jefe:
“Ser libre significa no ser función. Dejarse encerrar en una función es dejar que la vida se castre. La cabeza, autoridad consciente o Dios, representa la de las funciones serviles que se da y se toma a sí misma como un fin, por consiguiente aquella que debe ser objeto de la más vivaz aversión” (Georges Bataille en Revista Acéphale, 1936).
En ese sentido, la socióloga boliviana Silvia Rivera Cusicanqui rescata elementos de la epistemología aymara que acompañan los actos de pensar y conocer para enriquecer el debate sobre la diversificación funcional del cuerpo. Estos actos tienen dos significados en aymara. Por un lado, lup’iña, que es el pensar con la cabeza clara, se identifica con la luz del sol y la racionalidad. Y, por otro, amuyt’aña, un modo de pensar asociado a las memorias postcoloniales de los Andes, el cual:
“No reside en la cabeza, sino en el chuyma, que se suele traducir como ‘corazón’, aunque no es tampoco eso, sino las entrañas superiores, que incluyen al corazón, pero también a los pulmones y al hígado, es decir a las funciones de absorción y purificación que nuestro cuerpo ejerce en intercambio con el cosmos. Podría decirse entonces que la respiración y el latido constituyen el ritmo de esta forma del pensar. Hablamos del pensar de la caminata, el pensar del ritual, el pensar de la canción y del baile”. (Silvia Rivera Cusicanqui, Un mundo chi’xi es posible, 2018)
La bestia acéfala carga las memorias de los genocidios coloniales en Latinoamérica, contexto geopolítico desde el cual se critica a Deleuze y Guattari por concebir al cuerpo como una máquina, en el sentido productivo e industrial del término. Al concebir el cuerpo sin órganos como una acción que es pura experimentación —sin finalidad—, excluye la posibilidad de poner los órganos al servicio de proyectos comunes y emancipatorios. ¿Qué nos permiten los órganos? Las manos rompen el pavimento para hacer piedras que lanzar a la policía, los culos y las colas han sido por años las armas de la Yeguada Latinoamericana en las calles. La cola desea, el culo piensa y esos no son usos normativos.
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DE CENTAURAS A BESTIA ACÉFALA ORIGEN DE LA BESTIA
Idea original y dirección: Cheril Linett; Performers: Esperanza Vega, Ivón Figueroa Taucán, Daniela Rocío y Cheril Linett; Textos: Ivón Figueroa Taucán y Cheril Linett; Diseño y confección de vestuario: Blingggfantasy; Pelo: 777cyberhair; Cuerdas sonoras láser: Taller Dínamo; Registro fotográfico: Forever; Registro audiovisual y postproducción de color: Nicole Vilches; Montaje audiovisual: Andrés Valenzuela Arellano; Colaboradores: Nau Ivanow, Fundación Cuerpo Sur, Casa Palacio, Fundación Mecenas y Taller Dínamo
El proceso inició con una residencia de creación e investigación en Nau Ivanow (mayo de 2023, Barcelona), que continuó en el Centro Cultural Estación Mapocho (junio a octubre de 2023, Santiago) con apoyo de la Fundación Cuerpo Sur. Luego, se realizaron ensayos en Casa Palacio (diciembre de 2024 a enero de 2025, Santiago) y en Fundación Mecenas (agosto de 2025, Santiago).
Notas: [1]Expresión utilizada en Chile para hacer referencia a que los lazos de parentesco sanguíneo tienden a acercar a las personas y hacer que se ayuden entre sí. En esta propuesta, se activa su sentido como una fuerza física de atracción entre cuerpos que llevan inscrita la violencia política.[2] Yeguada Latinoamericana es un proyecto de performance creado y dirigido por Cheril Linett. A través de la convocatoria a personas sexo-disidentes para participar como performers, se conformó un equipo proveniente principalmente de las artes escénicas. Sus intervenciones en el espacio público confrontan directamente a las fuerzas de orden, los lugares institucionales de la tradición patria y religiosa, trabajando en la búsqueda de nuevos imaginarios de movilización feminista y micropolítica desde el cuerpo. Desde 2017, se han producido 32 obras, utilizando una prótesis de cola de yegua como símbolo.[3] Antonin Artaud, Van Gogh: el suicidado de la sociedad y para acabar de una vez con el juicio de Dios, 1947.

Durante cinco siglos, miles de cuerpos han sido arrojados y escondidos a lo largo de la Cordillera de los Andes que atraviesa mares, zonas volcánicas, altiplanos, valles y desiertos. Habitantes de estos territorios desde antes de la llegada de lxs europexs, sangre no bautizada hecha olvido en toda Latinoamérica. Sodomitas borradxs de la historia durante la colonización, lesbianas, travos y travestis consideradxs sangre desviada. Combatientes secuestradxs, torturadxs, ejecutadxs y desaparecidxs forzosamente por las dictaduras del cono sur, incitadas desde el norte global. Obrerxs y esclavxs en rebeldía, masacradxs y recostadxs bajo tierra. Personas quitadas del mapa por buscar asilo lejos de su tierra natal. Suicidas, negadxs a convertirse en cómplices de sistemas reguladores sin espacio para el disenso ni la dignidad humana: suicidadxs.
Soplos, gritos y susurros agitaron la placa oceánica de Nazca; la movieron y colisionó bajo la superficie con la parte continental de la placa Sudamericana. Cuando la presión de los gases venenosos y la roca fundida fue suficiente para causar una explosión, ocurrió la erupción. Por toda la Cordillera brotaron anos y órganos sexuales. Los anos se abrieron para defecar, exponiendo sus paredes. De esas aberturas, rojas y brillantes, en las capas superficiales de la montaña, emergieron fragmentos de cuerpos acribillados. Grandes emanaciones de esperma, flujos de cabello, irrigaciones de menstruación, explosiones de sudor y ríos de saliva se derramaron por la tierra.
Una gran fuerza magnética atrajo los restos humanos esparcidos por la montaña: flujos y tejidos, órganos y membranas, mucosas y músculos, extremidades y articulaciones. Máquinas acopladas por el deseo y la predilección por la subversión. Dicen que la sangre tira.[1] Por eso, la bestia se enganchó los pedazos de todas esas personas que encontró en el camino, conformando un cuerpo desarticulado, resbaladizo y polimorfo. Sus órganos adquieren nuevas funciones a medida que se moviliza y se desplaza. Respira por las escápulas en lugar de los pulmones; luego, por uno de sus estómagos. Se hincha y se deshincha rítmicamente. Sus partes babean unas sobre otras. En vez de palabras fonéticas, produce ronquidos desde el interior, que mutan a ráfagas fulgurantes. Se come y se folla a sí misma. Se estropea sin cesar.
Viene de un nuevo mundo, pero de una vieja cosmogonía. Con deseo profano, emprende su rumbo hacia los lugares donde la sangre derramada ha sido cubierta con cemento.
Hasta ahora, hemos confrontado a las fuerzas del orden como una manada de centauras. Sin embargo, tras la revuelta de 2019, en Chile las calles se vaciaron y hemos perdido la soberanía sobre su uso. El Estado y sus agentes tomaron medidas descarnadas y violentas para criminalizar la manifestación social. La represión policial provocó daños irreparables sobre los cuerpos de manifestantes, a través de la fragmentación de las articulaciones políticas, la mutilación ocular, el ataque a civiles con proyectiles como bombas lacrimógenas y balines. Las fuerzas políticas tradicionales intentaron dar un curso institucional al malestar y la indignación, que abrió paso al avance de la ultraderecha conservadora en el discurso público y visibilizó que las fuerzas destituyentes no tenían tanto peso como alguna vez creímos. Dado esto, nos preguntamos: si las estrategias del 2019 fracasaron, ¿de qué forma volvemos a la calle?
De centauras a bestia acéfala, la nueva obra del proyecto de performance Yeguada Latinoamericana[2], es una investigación teórica-práctica, idea original de Cheril Linett, quien propuso a un equipo de performers explorar acoples corporales y estudiar referentes de filosofía posthumana, bajo su dirección. La investigación considera una sistematización por escrito en tres ejes: crear una mitología sobre el nacimiento de la bestia acéfala, consolidar un marco teórico y un instructivo para convertirse en bestia.
La performance propone que cuerpos gaseados, mutilados, torturados y desarticulados por la represión colonial y estatal, retornen al espacio público como un solo ser con múltiples colas, extremidades y órganos. Una bestia compuesta por cuerpos que sincronizan sus pulsos y ritmos respiratorios para adaptarse a los nuevos contextos sociopolíticos. El nacimiento de la bestia acéfala es un ultraje a la naturaleza, entendida como un orden heteropatriarcal que designa un modo de funcionamiento de los órganos, útil para la reproducción y el trabajo. Experimentamos ritmos de bestias mitológicas que sincronizan sus pulsos y ritmos respiratorios, disolviendo el contorno individual de lxs performers a través de acoples corporales, para componer formas que no existen orgánicamente. Pasando de ser sujetxs individuales a un cuerpo múltiple que se arma y desarma, las exploraciones estuvieron enfocadas en la apertura sensitiva y perceptiva, encontrando puntos de anclaje en el cuerpo de les otres y produciendo un sólo flujo.
Este mutante expone la construcción ideológica tras la idea de naturaleza, pues a medida que se desplaza, sus órganos adquieren nuevas funciones al servicio de los movimientos sociales:
“El ultraje que se pretende infligir a la Naturaleza, consistiría en dejar de ser individuo, para totalizar inmediata y simultáneamente todo lo que contiene la Naturaleza: eso sería alcanzar una pseudoeternidad, una existencia temporal, la de la polimorfia perversa”. (Pierre Klossowski en Revista Acéphale, 1936)
Realizamos un crimen intelectual y simbólico, un sacrilegio. En esta propuesta, destruir la presencia real de las figuras de poder no necesariamente significa destruir su existencia material, sino lo que esa figura de poder representa.
La performance se realizó el 24 de agosto en cinco lugares de Santiago de Chile. Primero, en la Estación Baquedano, epicentro de la revuelta de 2019, que fue señalada popularmente como un espacio de torturas por parte de la policía. Hoy, se encuentra en pleno proceso de transformación hacia el Proyecto Nueva Alameda, que busca borrar la memoria de lo que allí ocurrió mediante remodelaciones de infraestructura.
Luego, frente al Monumento a la Libertad Americana, que se ubica al centro de la Plaza de Armas, sitio exacto donde se encontraba la horca en el periodo colonial y se ejecutaba a personas condenadas por la Justicia Real.
Continuamos sobre la Cripta del Libertador, bóveda subterránea frente al Palacio de la Moneda, inaugurada durante la dictadura de Augusto Pinochet, donde se encuentran los restos óseos de Bernardo O’Higgins, director supremo y capitán general de la República de Chile, fundador de la Escuela Militar y considerado padre de la patria, por su participación en el proceso de independencia.
El trayecto callejero siguió en la Plaza de la Ciudadanía, justo frente al Palacio de la Moneda, sede del presidente de la República de Chile que fue bombardeada el 11 de septiembre de 1973, tras el golpe de Estado perpetrado por el ejército.
El recorrido finalizó en el subterráneo de Casa Palacio, donde se trabajó con cuerdas sonoras láser mediante la colaboración de Taller Dínamo, las cuales se activaban al contacto con los cuerpos y estaban asociadas a sonidos de volcán, vísceras, equinos y protesta. El uso de los láser se vincula directamente con la revuelta de 2019, donde fue un artefacto subversivo, utilizado para derribar drones de vigilancia y obstaculizar a la policía aérea y terrestre.
“El cuerpo es el cuerpo, está solo y no necesita de órganos,
jamás el cuerpo es un organismo, los organismos son los enemigos del cuerpo”.[3]
Este pasaje de Antonin Artaud, fue retomado por los filósofos franceses Gilles Deleuze y Félix Guattari para desarrollar el concepto cuerpo sin órganos (El Anti Edipo, 1972; Mil Mesetas, 1980), el cual ha sido uno de los referentes teóricos principales durante el proceso creativo. Fabricamos una nueva anatomía, tomando prestada esta herramienta. El cuerpo sin órganos es un proceso de experimentación para liberar a la carne de su funcionamiento orgánico, es decir, del organismo como sistema de poder que designa que cada órgano tiene una función particular. Es una invitación a la psicosis y la locura, a sacar el cuerpo del organismo sin eliminarlo por completo, a vincularse con la dimensión del cuerpo que está entre los órganos y llevarlo más allá de sus usos habituales. Es posible fabricar un cuerpo sin órganos a través de una práctica constante al margen de la identidad y la centralidad del rostro, disponiendo los cuerpos a acoplarse para producir algo nuevo y conservarlo intensamente. Esta transformación sucede a la vista de todxs. Su energía y sus afectos encuentran vías alternativas al cuerpo normado, dándole vuelta, mutilándolo, uniéndolo y exponiendo sus flujos internos. Explorarlo es una tarea constante que no se fija de forma definitiva y es allí donde se ubica nuestro trabajo.
Sin embargo, hacerse un cuerpo sin órganos no es un procedimiento contrahegemónico en sí mismo. Todo puede ser capturado por el capitalismo, incluso los frutos de esta práctica. El cuerpo sin órganos y el capitalismo tienen en común que, para su consumación, todo lo vale; anulando absolutamente los códigos propios de cada territorio.
Lo acéfalo indica la ausencia de cabeza y rostro como motores de la vida humana. La cabeza, en el sentido del pensamiento normativo, racional y descorporeizado. Y el rostro, ya que es servil a la identificación criminalizadora. La bestia acéfala es inocencia y crimen, y no obedece al mandato de la cabeza. Por otra parte, lo acéfalo, aplicado a la sociedad, hace referencia a una multitud sin jefe:
“Ser libre significa no ser función. Dejarse encerrar en una función es dejar que la vida se castre. La cabeza, autoridad consciente o Dios, representa la de las funciones serviles que se da y se toma a sí misma como un fin, por consiguiente aquella que debe ser objeto de la más vivaz aversión” (Georges Bataille en Revista Acéphale, 1936).
En ese sentido, la socióloga boliviana Silvia Rivera Cusicanqui rescata elementos de la epistemología aymara que acompañan los actos de pensar y conocer para enriquecer el debate sobre la diversificación funcional del cuerpo. Estos actos tienen dos significados en aymara. Por un lado, lup’iña, que es el pensar con la cabeza clara, se identifica con la luz del sol y la racionalidad. Y, por otro, amuyt’aña, un modo de pensar asociado a las memorias postcoloniales de los Andes, el cual:
“No reside en la cabeza, sino en el chuyma, que se suele traducir como ‘corazón’, aunque no es tampoco eso, sino las entrañas superiores, que incluyen al corazón, pero también a los pulmones y al hígado, es decir a las funciones de absorción y purificación que nuestro cuerpo ejerce en intercambio con el cosmos. Podría decirse entonces que la respiración y el latido constituyen el ritmo de esta forma del pensar. Hablamos del pensar de la caminata, el pensar del ritual, el pensar de la canción y del baile”. (Silvia Rivera Cusicanqui, Un mundo chi’xi es posible, 2018)
La bestia acéfala carga las memorias de los genocidios coloniales en Latinoamérica, contexto geopolítico desde el cual se critica a Deleuze y Guattari por concebir al cuerpo como una máquina, en el sentido productivo e industrial del término. Al concebir el cuerpo sin órganos como una acción que es pura experimentación —sin finalidad—, excluye la posibilidad de poner los órganos al servicio de proyectos comunes y emancipatorios. ¿Qué nos permiten los órganos? Las manos rompen el pavimento para hacer piedras que lanzar a la policía, los culos y las colas han sido por años las armas de la Yeguada Latinoamericana en las calles. La cola desea, el culo piensa y esos no son usos normativos.
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DE CENTAURAS A BESTIA ACÉFALA ORIGEN DE LA BESTIA
Idea original y dirección: Cheril Linett; Performers: Esperanza Vega, Ivón Figueroa Taucán, Daniela Rocío y Cheril Linett; Textos: Ivón Figueroa Taucán y Cheril Linett; Diseño y confección de vestuario: Blingggfantasy; Pelo: 777cyberhair; Cuerdas sonoras láser: Taller Dínamo; Registro fotográfico: Forever; Registro audiovisual y postproducción de color: Nicole Vilches; Montaje audiovisual: Andrés Valenzuela Arellano; Colaboradores: Nau Ivanow, Fundación Cuerpo Sur, Casa Palacio, Fundación Mecenas y Taller Dínamo
El proceso inició con una residencia de creación e investigación en Nau Ivanow (mayo de 2023, Barcelona), que continuó en el Centro Cultural Estación Mapocho (junio a octubre de 2023, Santiago) con apoyo de la Fundación Cuerpo Sur. Luego, se realizaron ensayos en Casa Palacio (diciembre de 2024 a enero de 2025, Santiago) y en Fundación Mecenas (agosto de 2025, Santiago).
Notas: [1]Expresión utilizada en Chile para hacer referencia a que los lazos de parentesco sanguíneo tienden a acercar a las personas y hacer que se ayuden entre sí. En esta propuesta, se activa su sentido como una fuerza física de atracción entre cuerpos que llevan inscrita la violencia política.[2] Yeguada Latinoamericana es un proyecto de performance creado y dirigido por Cheril Linett. A través de la convocatoria a personas sexo-disidentes para participar como performers, se conformó un equipo proveniente principalmente de las artes escénicas. Sus intervenciones en el espacio público confrontan directamente a las fuerzas de orden, los lugares institucionales de la tradición patria y religiosa, trabajando en la búsqueda de nuevos imaginarios de movilización feminista y micropolítica desde el cuerpo. Desde 2017, se han producido 32 obras, utilizando una prótesis de cola de yegua como símbolo.[3] Antonin Artaud, Van Gogh: el suicidado de la sociedad y para acabar de una vez con el juicio de Dios, 1947.


