Houston está redefiniendo el mapa del arte latinoamericano. Con nuevas instituciones, coleccionistas clave y una feria internacional como Untitled Art Fair que apuesta por la región, la ciudad se posiciona como un epicentro cultural. Verónica Guerrero analiza cómo llegó a este punto y qué implicaciones tiene para los ecosistemas artísticos de Latinoamérica.
En una posición geográfica estratégica entre el sur y el norte, con el puerto marítimo conectando la ciudad y las industrias médicas y del petróleo inyectando capital, Houston se convirtió, entrado el nuevo milenio, en una ciudad clave para entender el interés en el arte latinomericano, acompañado por la sistematización de los estudios sobre el mismo en los Estados Unidos.
Como antecedente, la ciudad de Austin, Texas, había nombrado a Mari Carmen Ramírez como la primera curadora de arte latinoamericano de todo el país —y, posiblemente, del continente—, posicionando durante la década de los noventa a Texas como el motor auspiciante de lo que llegaría a ser un campo extenso, no sólo de estudio, sino también de mercado.
Actualmente, y con una población donde casi el 45% se identifica como latina o hispana, en Houston se fortalecen colecciones, se construyen instituciones —como la proyección del nuevo The Latino Museum of Cultural and Visual Arts & Archive Complex, previsto para 2030— y se destinan enormes recursos al arte latinomericano.
Importantes fondeadores de las artes afincados en la ciudad, como la mexicana Paola Creixell, se encargan de fortalecer e impulsar a todo tipo de artistas locales e internacionales. Creixell cuenta que comenzó coleccionando arte, apoyando individualmente a cada artista por medio de la adquisición de sus obras. Con el paso de los años, esto derivó en la creación de una institución como PAC Art, la cual se dedica a “brindar apoyo a artistas a través de espacios de estudio, recursos y orientación curatorial, impulsando así su desarrollo profesional y creativo” y que pronto inaugurará su nuevo edificio.
El pasado septiembre, inauguró en Houston una nueva edición de Untitled Art Fair, en cuya programación se incluyó un conversatorio titulado “Cultural Bridges: The Houston-Latin America Exchange Through Contemporary Art” [Puentes Culturales: El intercambio entre Houston y Latinoamérica a través del arte contemporáneo] que, conducido en español, invitó a sus públicos a conocer las conexiones históricas entre ambos territorios.
Además de las ya mencionadas Paola Creixell y Mari Carmen Ramírez, el panel contó con la voz de la galerista argentina Maria Inés Sicardi, pionera en comercializar voces latinoamericanas en la ciudad de Houston. Sicardi destaca públicamente el papel fundamental que tienen las ferias de arte en la circulación y legitimación de lxs artistas latinoamericanxs a nivel internacional, puesto que “son espacios donde se dan encuentros entre galerías, coleccionistas, mecenas y curadores de museos”.
Entre la presencia latinoamericana de esta primera edición de Untitled Houston, participaron varias galerías latinoamericanas, las cuales apostaron por solo booths dedicados a amplificar la práctica de artistas de sus propios países. Sobresalieron el de María Roldán (Colombia), presentado por Galería SGR, y el de la artista costarricense Nadya M. Aguilar, representada por la galería de CERCA, con sede en San José.
Llama la atención también la fuerte presencia de galerías que operan entre Latinoamérica y Estados Unidos, como Colector Gallery, con espacios en Dallas y Monterrey, o El Apartamento, con sedes en La Habana, Madrid y Miami. Así mismo, varixs artistas latinoamericanxs participaron a través de galerías estadounidenses. Entre ellxs, destacaron la presentación del venezolano Diego de la Rosa por parte de Povos, una galería joven con operaciones en Chicago; y la aclamada presencia de Teresa Serrano (México) por parte de la galería Barbara Davis, a quien la feria otorgó el premio de residencia junto con PAC Art.
Son evidentes los esfuerzos que tanto la feria, como los coleccionistas, galerías e instituciones hacen por sostener la presencia del arte latinomaericano en este enclave. Lo que comenzó en 2001 como un proyecto ambicioso —con la creación del primer puesto de curadora de arte latinoamericano y la formación de un departamento específico, el International Center for the Arts of the Americas (ICCA), dentro de una institución como el Museum of Fine Arts Houston (MFAH)— parece consolidarse hoy en una ciudad que celebra la apertura de la nueva sede de una de las ferias de arte más influyentes del mundo.
Houston parece haber logrado generar un ecosistema digno de réplica: un coleccionismo dispuesto a invertir, unas galerías dispuestas a representar y una institución fuerte dispuesta a investigar, educar, exhibir y visibilizar.
Preguntarnos cómo este suceso en el arte latinoaméricano es posible en una ciudad de Estados Unidos, frente a la pauperización y desarticulación flagrante del ecosistema artístico en el resto de países de Latinoamérica, nos lleva a plantearnos si este modelo es realmente replicable dadas las condiciones materiales de artistas, curadores, académicxs y demás trabajadores de la cultura en esta región. Al mismo tiempo, invita a reflexionar sobre las limitadas capacidades administrativas y gubernamentales de estos países, donde la falta de instituciones sólidas y la escasa cultura filantrópica se hacen particularmente visibles.
Durante la primera década de la existencia del ICCA, el museo invirtió más de doce millones de dólares en el proyecto. Hoy, la colección reúne más de mil obras, adquiridas gracias a las cuotas anuales que un grupo de apoyo —integrado por entre ochenta y cien miembros— aporta al museo con el propósito de fortalecer los fondos de adquisición del departamento. Condiciones como estas resultan impensables para la mayoría, si no todos, los países de la región.
Esto se traduce en que los mejores archivos y el acervo más completo para el estudio del arte latinoamericano no se encuentran en Latinoamérica. Un ejemplo de ello fue Gego: Measuring Infinity, la última gran retrospectiva de la artista venezolana Gego, curada por Pablo León de la Barra y presentada en 2023 en el Museo Guggenheim, en la cual casi la totalidad de la obra provenía de préstamos del MFAH. Ejemplos como estos nos hacen preguntarnos por la posibilidad de sostener prácticas que no dependan de la legitimidad de la distancia geográfica, sino de la fortaleza cultural y política del propio territorio.
El caso de la ciudad de Houston demuestra que la creación de un ecosistema de colaboración sostenida entre coleccionistas, curadores, artistas e instituciones puede transformar radicalmente la resonancia del arte latinoamericano. Sin embargo, más que aspirar a replicar sus condiciones, quizá el desafío para los países de la región sea imaginar formas propias de apoyo y sostenibilidad que respondan a sus contextos específicos. Al mismo tiempo, resulta necesario señalar y cuestionar qué están haciendo los ecosistemas del arte del norte global no solo para atesorar las narrativas del sur, sino para permitir que sus propios contextos locales prosperen.

En una posición geográfica estratégica entre el sur y el norte, con el puerto marítimo conectando la ciudad y las industrias médicas y del petróleo inyectando capital, Houston se convirtió, entrado el nuevo milenio, en una ciudad clave para entender el interés en el arte latinomericano, acompañado por la sistematización de los estudios sobre el mismo en los Estados Unidos.
Como antecedente, la ciudad de Austin, Texas, había nombrado a Mari Carmen Ramírez como la primera curadora de arte latinoamericano de todo el país —y, posiblemente, del continente—, posicionando durante la década de los noventa a Texas como el motor auspiciante de lo que llegaría a ser un campo extenso, no sólo de estudio, sino también de mercado.
Actualmente, y con una población donde casi el 45% se identifica como latina o hispana, en Houston se fortalecen colecciones, se construyen instituciones —como la proyección del nuevo The Latino Museum of Cultural and Visual Arts & Archive Complex, previsto para 2030— y se destinan enormes recursos al arte latinomericano.
Importantes fondeadores de las artes afincados en la ciudad, como la mexicana Paola Creixell, se encargan de fortalecer e impulsar a todo tipo de artistas locales e internacionales. Creixell cuenta que comenzó coleccionando arte, apoyando individualmente a cada artista por medio de la adquisición de sus obras. Con el paso de los años, esto derivó en la creación de una institución como PAC Art, la cual se dedica a “brindar apoyo a artistas a través de espacios de estudio, recursos y orientación curatorial, impulsando así su desarrollo profesional y creativo” y que pronto inaugurará su nuevo edificio.
El pasado septiembre, inauguró en Houston una nueva edición de Untitled Art Fair, en cuya programación se incluyó un conversatorio titulado “Cultural Bridges: The Houston-Latin America Exchange Through Contemporary Art” [Puentes Culturales: El intercambio entre Houston y Latinoamérica a través del arte contemporáneo] que, conducido en español, invitó a sus públicos a conocer las conexiones históricas entre ambos territorios.
Además de las ya mencionadas Paola Creixell y Mari Carmen Ramírez, el panel contó con la voz de la galerista argentina Maria Inés Sicardi, pionera en comercializar voces latinoamericanas en la ciudad de Houston. Sicardi destaca públicamente el papel fundamental que tienen las ferias de arte en la circulación y legitimación de lxs artistas latinoamericanxs a nivel internacional, puesto que “son espacios donde se dan encuentros entre galerías, coleccionistas, mecenas y curadores de museos”.
Entre la presencia latinoamericana de esta primera edición de Untitled Houston, participaron varias galerías latinoamericanas, las cuales apostaron por solo booths dedicados a amplificar la práctica de artistas de sus propios países. Sobresalieron el de María Roldán (Colombia), presentado por Galería SGR, y el de la artista costarricense Nadya M. Aguilar, representada por la galería de CERCA, con sede en San José.
Llama la atención también la fuerte presencia de galerías que operan entre Latinoamérica y Estados Unidos, como Colector Gallery, con espacios en Dallas y Monterrey, o El Apartamento, con sedes en La Habana, Madrid y Miami. Así mismo, varixs artistas latinoamericanxs participaron a través de galerías estadounidenses. Entre ellxs, destacaron la presentación del venezolano Diego de la Rosa por parte de Povos, una galería joven con operaciones en Chicago; y la aclamada presencia de Teresa Serrano (México) por parte de la galería Barbara Davis, a quien la feria otorgó el premio de residencia junto con PAC Art.
Son evidentes los esfuerzos que tanto la feria, como los coleccionistas, galerías e instituciones hacen por sostener la presencia del arte latinomaericano en este enclave. Lo que comenzó en 2001 como un proyecto ambicioso —con la creación del primer puesto de curadora de arte latinoamericano y la formación de un departamento específico, el International Center for the Arts of the Americas (ICCA), dentro de una institución como el Museum of Fine Arts Houston (MFAH)— parece consolidarse hoy en una ciudad que celebra la apertura de la nueva sede de una de las ferias de arte más influyentes del mundo.
Houston parece haber logrado generar un ecosistema digno de réplica: un coleccionismo dispuesto a invertir, unas galerías dispuestas a representar y una institución fuerte dispuesta a investigar, educar, exhibir y visibilizar.
Preguntarnos cómo este suceso en el arte latinoaméricano es posible en una ciudad de Estados Unidos, frente a la pauperización y desarticulación flagrante del ecosistema artístico en el resto de países de Latinoamérica, nos lleva a plantearnos si este modelo es realmente replicable dadas las condiciones materiales de artistas, curadores, académicxs y demás trabajadores de la cultura en esta región. Al mismo tiempo, invita a reflexionar sobre las limitadas capacidades administrativas y gubernamentales de estos países, donde la falta de instituciones sólidas y la escasa cultura filantrópica se hacen particularmente visibles.
Durante la primera década de la existencia del ICCA, el museo invirtió más de doce millones de dólares en el proyecto. Hoy, la colección reúne más de mil obras, adquiridas gracias a las cuotas anuales que un grupo de apoyo —integrado por entre ochenta y cien miembros— aporta al museo con el propósito de fortalecer los fondos de adquisición del departamento. Condiciones como estas resultan impensables para la mayoría, si no todos, los países de la región.
Esto se traduce en que los mejores archivos y el acervo más completo para el estudio del arte latinoamericano no se encuentran en Latinoamérica. Un ejemplo de ello fue Gego: Measuring Infinity, la última gran retrospectiva de la artista venezolana Gego, curada por Pablo León de la Barra y presentada en 2023 en el Museo Guggenheim, en la cual casi la totalidad de la obra provenía de préstamos del MFAH. Ejemplos como estos nos hacen preguntarnos por la posibilidad de sostener prácticas que no dependan de la legitimidad de la distancia geográfica, sino de la fortaleza cultural y política del propio territorio.
El caso de la ciudad de Houston demuestra que la creación de un ecosistema de colaboración sostenida entre coleccionistas, curadores, artistas e instituciones puede transformar radicalmente la resonancia del arte latinoamericano. Sin embargo, más que aspirar a replicar sus condiciones, quizá el desafío para los países de la región sea imaginar formas propias de apoyo y sostenibilidad que respondan a sus contextos específicos. Al mismo tiempo, resulta necesario señalar y cuestionar qué están haciendo los ecosistemas del arte del norte global no solo para atesorar las narrativas del sur, sino para permitir que sus propios contextos locales prosperen.

