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Tan lógico como soñar con perros

Temoc Camacho

Interior 2.1 Guadalajara, Jalisco, México 03/31/2019 –

Temoc Camacho, Tan lógico como soñar con perros (2019). Vista de instalación. Imagen cortesía de Interior 2.1

Temoc Camacho, Tan lógico como soñar con perros (2019). Vista de instalación. Imagen cortesía de Interior 2.1

Temoc Camacho, Tan lógico como soñar con perros (2019). Vista de instalación. Imagen cortesía de Interior 2.1

Los destellos de lo desbordado

Durante los últimos años del siglo XIX, el pintor danés Valdemar Schønheyder Møller, siguiendo las lecciones aprendidas del impresionismo y post impresionismo, se cuestionaba la influencia de la luz sobre los objetos y su proceso para llevarlos al plano pictórico. Schønheyder Møller dio un paso atrás ante los avances de la teoría pictórica impresionista y trasladó el problema, de la superficie del objeto, a la superficie del ojo, a la retina.

La pintura de Schønheyder Møller dirige la mirada, no al reflejo de la luz sobre los objetos, sino a la fuente misma: al Sol, de ahí que se ganara el mote de “el pintor del Sol”. En la obra del danés, que en técnica se aleja de la pincelada impresionista, aparecen paisajes cegados por la influencia directa de la luz solar sobre la retina, dando paso a la representación de los destellos que el exceso de luz genera en nuestro ojo. Schønheyder Møller gira la mirada 180 grados y hace de la superficie pictórica el espacio del ojo agotado, del ojo rebasado por la luz y da lugar a esas pequeñas apariciones del exceso, a esos destellos que no son más sino el fantasma de aquello que se ha desbordado.

Cuando se miran sus pinturas, se tiene la sensación de que no se está viendo la representación de la luz, sino la luz misma; el ojo se agota y la mente confunde los destellos pintados como si fueran propios. Algo de la superficie de sus pinturas está latente, encendido.

Me sucedió algo similar al estar ante las pinturas de Temoc Camacho.

A pesar de que las pinturas de Temoc no se asemejan ni en lo más mínimo a las del pintor danés, la primera impresión que tuve al estar ante ellas era similar a las de Schønheyder Møller: una superficie pictórica encendida, viva. Tan lógico como soñar con perros, título de la exposición presentada en Interior 2.1, se revela desbordada.

Si hace más de un siglo una de las problemáticas centrales era la luz y su interacción con los objetos, ahora la problemática se centra en la luz que se desprende de las imágenes. Mirar directamente al Sol fue una alternativa de Schønheyder Møller para cuestionar el lugar que ocupaba la luz en el binomio ojo-­pintura, pero, ¿hacia dónde mira Temoc Camacho? ¿Qué es aquello que se desborda cuando uno se para ante sus pinturas?

La fuente que a mi parecer pone en crisis la labor pictórica hoy, es la apabullante cantidad de imágenes que se mueven incesantemente por internet. Diría yo que la pintura de Camacho mira de frente al géiser de imágenes, de ahí lo rebasado. Los símbolos que se repiten en las pinturas (la fotografía del Che Guevara muerto, los perros, los vasos de Starbucks, los hombres de traje, los arcoíris, rostros velados) aparecen como esas manchas de luz sobre la corteza del ojo, pero a diferencia de las de Valdemar, las de Temoc Camacho aparecen en la parte trasera de los ojos, en ese espacio donde se alojan las fantasmales imágenes de las pesadillas recurrentes.

Si décadas atrás la imagen era ese espacio de recogimiento y abandono del caos de la vida, ahora la imagen es ese Sol que lo ilumina todo, ahora huimos de las imágenes para no ser testigos del caos. De aquí que la obra de Temoc suceda en ese espectro de lo onírico, de los destellos del exceso. Estar en la sala y ver una y otra vez aparecer y desaparecer los mismos símbolos, obligaba a voltear la mirada ya agotada.

En uno de los costados de la galería, se encontraba una pintura que ocupaba casi la totalidad del muro, incluida la salida hacia la otra habitación. Al centro de la pintura, el soporte se partía a manera de puerta para que quien caminaba la exposición, pudiera pasar de un lado a otro. Se tenía la sensación de salir de la pintura, de librarse de las apariciones; pero es justo cuando uno cierra los ojos cuando las imágenes se hacen más presentes, cuando los destellos del Sol cobran una presencia total, y sin atender a nuestra voluntad, están ahí, irremediablemente presentes.

—Raúl Rueda

Interior 2.1

Temoc Camacho, Tan lógico como soñar con perros (2019). Vista de instalación. Imagen cortesía de Interior 2.1

Temoc Camacho, Tan lógico como soñar con perros (2019). Vista de instalación. Imagen cortesía de Interior 2.1

Temoc Camacho, Tan lógico como soñar con perros (2019). Vista de instalación. Imagen cortesía de Interior 2.1

Los destellos de lo desbordado

Durante los últimos años del siglo XIX, el pintor danés Valdemar Schønheyder Møller, siguiendo las lecciones aprendidas del impresionismo y post impresionismo, se cuestionaba la influencia de la luz sobre los objetos y su proceso para llevarlos al plano pictórico. Schønheyder Møller dio un paso atrás ante los avances de la teoría pictórica impresionista y trasladó el problema, de la superficie del objeto, a la superficie del ojo, a la retina.

La pintura de Schønheyder Møller dirige la mirada, no al reflejo de la luz sobre los objetos, sino a la fuente misma: al Sol, de ahí que se ganara el mote de “el pintor del Sol”. En la obra del danés, que en técnica se aleja de la pincelada impresionista, aparecen paisajes cegados por la influencia directa de la luz solar sobre la retina, dando paso a la representación de los destellos que el exceso de luz genera en nuestro ojo. Schønheyder Møller gira la mirada 180 grados y hace de la superficie pictórica el espacio del ojo agotado, del ojo rebasado por la luz y da lugar a esas pequeñas apariciones del exceso, a esos destellos que no son más sino el fantasma de aquello que se ha desbordado.

Cuando se miran sus pinturas, se tiene la sensación de que no se está viendo la representación de la luz, sino la luz misma; el ojo se agota y la mente confunde los destellos pintados como si fueran propios. Algo de la superficie de sus pinturas está latente, encendido.

Me sucedió algo similar al estar ante las pinturas de Temoc Camacho.

A pesar de que las pinturas de Temoc no se asemejan ni en lo más mínimo a las del pintor danés, la primera impresión que tuve al estar ante ellas era similar a las de Schønheyder Møller: una superficie pictórica encendida, viva. Tan lógico como soñar con perros, título de la exposición presentada en Interior 2.1, se revela desbordada.

Si hace más de un siglo una de las problemáticas centrales era la luz y su interacción con los objetos, ahora la problemática se centra en la luz que se desprende de las imágenes. Mirar directamente al Sol fue una alternativa de Schønheyder Møller para cuestionar el lugar que ocupaba la luz en el binomio ojo-­pintura, pero, ¿hacia dónde mira Temoc Camacho? ¿Qué es aquello que se desborda cuando uno se para ante sus pinturas?

La fuente que a mi parecer pone en crisis la labor pictórica hoy, es la apabullante cantidad de imágenes que se mueven incesantemente por internet. Diría yo que la pintura de Camacho mira de frente al géiser de imágenes, de ahí lo rebasado. Los símbolos que se repiten en las pinturas (la fotografía del Che Guevara muerto, los perros, los vasos de Starbucks, los hombres de traje, los arcoíris, rostros velados) aparecen como esas manchas de luz sobre la corteza del ojo, pero a diferencia de las de Valdemar, las de Temoc Camacho aparecen en la parte trasera de los ojos, en ese espacio donde se alojan las fantasmales imágenes de las pesadillas recurrentes.

Si décadas atrás la imagen era ese espacio de recogimiento y abandono del caos de la vida, ahora la imagen es ese Sol que lo ilumina todo, ahora huimos de las imágenes para no ser testigos del caos. De aquí que la obra de Temoc suceda en ese espectro de lo onírico, de los destellos del exceso. Estar en la sala y ver una y otra vez aparecer y desaparecer los mismos símbolos, obligaba a voltear la mirada ya agotada.

En uno de los costados de la galería, se encontraba una pintura que ocupaba casi la totalidad del muro, incluida la salida hacia la otra habitación. Al centro de la pintura, el soporte se partía a manera de puerta para que quien caminaba la exposición, pudiera pasar de un lado a otro. Se tenía la sensación de salir de la pintura, de librarse de las apariciones; pero es justo cuando uno cierra los ojos cuando las imágenes se hacen más presentes, cuando los destellos del Sol cobran una presencia total, y sin atender a nuestra voluntad, están ahí, irremediablemente presentes.

—Raúl Rueda

Interior 2.1

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