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Tiempo de lectura: 3 minutos

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13.10.2021

“Un lugar para sí misma” de Lucía Vidales en Galería Karen Huber, Ciudad de México.

Exposición abierta hasta el 23 de octubre de 2021
Martes a Viernes de 12 a 3 pm y de 4 a 7 pm 
Sábados de 12 a 3 pm

HANG OUT 
Plática en torno a la exposición con la artista y Edgar Cobián (artista visual)
Miércoles 20 de octubre 7pm CST
Acceso limitado (RSVP production@karen-huber.com) + IG Live

Más información:
Galería Karen Huber
Bucareli 120, Colonia Centro, Cuauhtémoc
06040 Ciudad de México, CDMX
Facebook  / Instagram
Cita previa aquí.

Un lugar para sí misma

Lucía Vidales en Galería Karen Huber

 

Lucía Vidales representa la confirmación de que la metamorfosis nos acecha, nos acecha siempre avasallándonos con su intromisión de forma y luz. La obra de Lucía es canto colorido a la metamorfosis, poema de formas que chorrea volúmenes o claridades, un fluir constante de mieles que manan desde una inexorable esencia de lo que está allí en la obra. Porque el arte de Lucía Vidales parece fomentar un río, caudal burbujeante que guía por paisajes de toda suerte de naturalezas y por un sinfín de preocupaciones vitales: chisporrotear de luz festiva y canto, incluso fúnebre. En la obra hay un desplazamiento creador que incluye todos los tiempos vividos y, a querer o no, los que se han de dejar al futuro: un lugar para sí misma (a su obra, a ella Lucía en sí y a La Malinche, su tópico toral, me refiero). Como creadora artística, dueña de una intuición y una técnica sobresaliente, Lucía es una artista preocupada asimismo por el conocimiento académico y por el desarrollo de la pintura a través de los siglos. Ese fluir de la obra implica también, al menos desde cierta óptica, una mediación, un ponerse de Lucía entre la impresión que genera el contenido, los ejemplos de la historia de la pintura y la obra final que habrá de presentar ante los ojos de los espectadores. La función mediadora, generosa e inocente, que bien podría definir toda creación artística, es en el caso de Lucía Vidales aún más evidente porque ella juega siempre una función posibilitadora de diálogos: es ella y la obra en contacto continuo, más aquellos ojos que las miran. Provocadora de un caudal de carcajadas y de llanto, coágulos y vitalidad, la pintura de Vidales conecta lo separado e integra los miembros rotos, esparcidos. Lucía está al servicio de su obra, y se ha entregado febrilmente a una creación cuyos cambios formales y temáticos se comunican entre sí del mismo modo que se insertan sus trozos, porque una junto a la otra todas ellas dialogan, se afirman, se niegan y se expresan con la fuerza de un pincel que no parece tener límite alguno. Sin embargo, esto no es del todo cierto porque Lucía está consciente y fascinada con los límites, con la materialidad misma de la pintura. Desde los referentes que establece el lienzo en sí, los contornos, los vacíos que median con el abismo del no relato, hasta los materiales, materias primas misteriosas y llenas de vida propia, inabarcables y útiles desde su irrevocable, voluble presencia descarnada. Es como recorrer una brecha que rodea el lienzo siguiendo sus aristas y que hace también frontera con el marco, el todo límite de lo creado.

Y bien sea por un cuerpo que se desparrama en sus partes, por un brazo o una pierna cercenados, que nos recuerdan el espanto pictórico de los santos médicos Cosme y Damián, o bien sea por la figura huidiza de mujer, cuyo fluir y metamorfosis evoca la lengua cambiante y los diversos rostros de la Malinche huidiza, la obra de Vidales conecta y desconecta, une, hace puentes entre lo que se deforma y toma forma, entre la violencia y el juego, la muerte y la vitalidad del color, y no contenta con eso, se da el lujo de recorrer física y simbólicamente los extremos del mundo, el anchuroso mundo del color y la forma, para al fin habitar la intimidad de sus lienzos, siempre la intimidad.

Por todo eso – y por todo aquello que es indecible – admirar la obra de Lucía Vidales es navegar un río que vincula el todo y la parte, el fluir de la pincelada y el vacío de la textura, la historia nacional de México y el palpitar del mundo, la pintura actual y la tradición que nos contiene al mismo tiempo. Hay que sumergirse llevados de la mano por los desplazamientos en las eras, la forma y el color que invoca la vasta y extraordinaria obra de Lucía Vidales Lojero.

 

–Víctor Manuel Medina Cervantes

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