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20.05.2019

"¿Y si captáramos el enigma de la sombra?"

Cuestionando mecanismos de extractivismo epistémico y de despolitización del conocimiento ancestral afrocolombiano, Claudia Segura conversa con Adriana Ciudad sobre el proceso artístico colaborativo realizado con las Cantoras de Timbiquí, un acompañamiento fúnebre que resignifica el duelo personal desde lo colectivo.

Allá nos veremos, sin sombra y sin faz es un proyecto de la artista peruano-alemana Adriana Ciudad, que se despliega en un sin fin de preguntas y dudas, así como en una multiplicidad de dispositivos simbólicos y materiales para cuestionarnos sobre qué representación e integración tienen los conocimientos que, por prejuicio, colonialismo, o elitismo intelectual, quedan fuera de lo que valoramos como saber.

No es baladí que estas saberes suelan estar vinculadas a grupos arrinconados por la historia, menospreciadas por la academia y muchas veces sometidas a nivel político-económico por los países que las albergan. En este caso, se trata de la comunidad afrocolombiana que ocupa una zona muy específica del territorio, separada por sus accidentes topográficos y por una clara voluntad de alejarse del resto del estado.

Dichas prácticas unen aquello que es aún misterio para la racionalidad imperante, como la muerte, el inconsciente, el trauma, la pérdida, el dolor, el perdón, entre otras. Se trata de cuestiones existencialistas cercanas a las emociones subjetivas, más que a la razón objetiva. De ahí que sean profundamente importantes, pues su volatilidad ontológica las hace tan vulnerables como cambiantes y por ello difíciles de categorizar. Acercarse a dicho conocimiento presupone una apertura mental que no todo el mundo está dispuesto a asumir. Adriana Ciudad lo hace sin pestañear en el momento en el que su práctica artística deviene consciente de las estructuras de poder y conocimiento —de las que ella misma es parte—, y las suelta para abrazar otro tipo de manera de ver, de espacio para observar, y de lugar para compartir, donde el afecto se convierte en el puente entre lo estrictamente personal y lo colectivo.

Claudia Segura: Adriana, cuéntanos, ¿cómo te acercaste a la comunidad afrocolombiana de Timbiquí, y qué fue lo que te llamó la atención sobre su tradición de los cantos Alabaos?

Hemos desaprendido a compartir el duelo, a vivir el afecto y la pérdida en comunidad.

Adriana Ciudad: Cuando murió mi madre, el mundo se detuvo para mí. No sentí el piso en mis pies, sólo sentí vértigo y dolor. “Hágase el pecho pedazos y rómpase el corazón. Se me parte el alma y pierdo la cabeza.” Así lo describe un Alabao, un canto fúnebre afrocolombiano.

En pleno duelo, y en medio de una investigación sobre conocimientos ancestrales como parte de mi trabajo artístico, llegué por coincidencia a estos cantos en Internet. Al fin escuchaba versos que hablaban de lo que estaba sintiendo. La fuerza melódica y la entonación de múltiples voces cantando en coro un Alabao produce una sensación visceral inmediata que lleva al oyente a una catarsis emocional.

Estos cantos fueron fundamentales para sobrellevar el duelo de mi madre. Encontré allí el consuelo que estaba buscando desesperadamente. En las ciudades latinas estamos tan occidentalizados que no acostumbramos hablar de la muerte, vivimos el duelo en soledad y lloramos a escondidas. Es como si existiera un trauma colectivo. Nadie sabe cómo reaccionar ni qué decir ante la muerte. Hemos desaprendido a compartir el duelo, a vivir el afecto y la pérdida en comunidad. Estamos empecinadxs en pensar que lo íntimo no es colectivo.

Mi forma de acercarme a las Cantoras de Timbiquí siempre fue desde lo personal. Al presentarme a Nidia Góngora, la cantante líder, le conté que llegué a ella por la muerte de mi mamá, que aún estaba en duelo y que sentía que el conocimiento de sus prácticas fúnebres era un tesoro maravilloso, el cual deseaba entender más a fondo.

Fue así que, con algo de escepticismo, las Cantoras de Timbiquí me abrieron su mundo. En el transcurso de este proyecto realicé dos viajes a Timbiquí, un municipio remoto y casi inaccesible, al que sólo se puede ingresar por río o por avioneta. Es tan complicado llegar que se siente como un viaje hacia una realidad paralela. Fue allá, en medio de una selva, que descubrí el poder sanador de los Alabaos de las Cantoras de Timbiquí.

CS: ¿Cómo describirías la relación que ellas mantienen con el estado que produciría ese canto, dado que se trata casi de algo fúnebre, que a priori sería triste y melancólico?

AC: Curiosamente, en Timbiquí la atmósfera en torno a la muerte no es sólo de tristeza y melancolía, también hay un ambiente que se asemeja a una fiesta. Pues si se hace bien el duelo y hay catarsis, es motivo para celebrar. Como dicen las Cantoras, “hay que cantarle a los muertos.”

CS: Se trata de comunidades que, por fuerza, han estado cerradas en sí mismas y, sin duda, han tenido que protegerse. ¿Cómo fue tu entrada, siendo a fin de cuentas una extranjera que invadía su espacio espiritual y físico?

AC: Al comienzo de mi estadía no fue fácil entablar un diálogo con las Cantoras. Estaban algo reacias a compartir su conocimiento a través de entrevistas. “Llegan muchos chalecos acá. Nos sacan información y jamás vuelven”, es lo que me decían acerca de los trabajadores de ONGs y demás entidades que llegan allá.

Para ellas, eso era yo al inicio del proyecto: un chaleco más buscando sacarles información. Fue sólo después de vivir un ritual que le hicieron a mi madre que me gané el respeto y confianza de las Cantoras. Fue a través de compartir intimidad que empezó nuestra colaboración. Nos unió el afecto, la intimidad colectiva. A fin de cuentas, la muerte es universal.

CS: Cuéntanos, desde tu experiencia personal y como espectadora, ¿cómo operan los Alabaos y qué potencialidad tienen?

AC: “Los Alabaos se cantan cuando hay muerto”, como dicen ellas. No se pueden cantar así nomás. Se cree que al “cantarlos sin muerto” alguien del pueblo muere súbitamente. Durante mis dos estadías en Timbiquí, entendí que tenía que relacionarme con los Alabaos de la misma forma en que lo hacen las Cantoras. Tenía que experimentar un ritual real y sincero si quería oír y sentir el poder sanador de los Alabaos. Una vez vivido esto, comprendí que éstos son actos psicomágicos. Son acciones performativas que nos dan acceso a la sanación y a lo sagrado.

Cuando alguien muere en Timbiquí, todxs se reúnen y ayudan al doliente a resolver lo práctico primero, la logística. Después, el cuerpo es velado en casa y acompañado con cantos por una noche entera. Al día siguiente se lleva a cabo el entierro. El alma de la persona fallecida es acompañada a través de rezos y cantos frente a un altar donde yace su foto por nueve días. Por ningún motivo se deja de acompañar a la familia afectada. El último día se hace el Remate, que es el ritual final; El levantamiento de tumba en el que se ayuda al alma a pasar al más allá. Durante todo este proceso, las personas que han sufrido la pérdida, lxs dolientes, pasan por una catarsis muy poderosa donde el llanto es bienvenido, buscado y celebrado por la comunidad.

CS: Volviste a Timbiquí al cabo de un mes para realizar ese Remate final que fue, sin duda, la manera de entrar en la comunidad, desde tu fragilidad y debilidad. A partir de entonces se estableció la confianza con las Cantoras y pudiste seguir con el proceso del proyecto. Justo después de esa sanación, escribiste un texto como resultado de tu experiencia.

AC: Así es. Desde la reflexión artística escribí un poema sobre lo que viví esa noche. Oliva, junto con la ayuda de otras Cantoras, armó un altar especialmente para mi madre en la esquina de la sala de la casa de Popó, el hermano de Nidia. Nos sentamos en media luna mirando el altar y juntas, entre rezos y cantos, empezamos el ritual de Remate.

Un levantamiento de tumba en Timbiquí

El Remate para Renate: La última noche para despedirnos, mi mamá y yo.
13 Cantores (11 mujeres y 2 hombres)
Un altar blanco. Flores. La foto de mi mamá en el centro.
Fue mágico. Estremecedor. Todo vibraba. Los cantos abrieron un portal.
El altar era la puerta.
Los cantos invocaron. El espacio se volvió atemporal.
Las mujeres se transformaron en guardianas espirituales,
llenas de temple, empatía y amor.
Mujeres poderosas acompañadas de dos guardianes masculinos y sensibles.
Tremendas mujeres, tremendos cantos.
Y de pronto, apareció la mariposa.
Me dijeron después las Cantoras, que antes de que me diera cuenta,
ya tenía la mariposa dándole vuelta a mi corona:
“Revoloteaba alrededor tuyo, hasta que se posó en el altar.”
La mariposa negra de tela contrastaba con la mariposa blanca.
El ritual de cantos y rezos incrementó su fuerza con la mariposa allí posada.
Es en ese momento
que los ríos empiezan a salir de mis ojos.
Nidia me entrega una vela y todas se paran. Formamos un camino de dos filas hacia el altar.
El espacio se llena de luz de velas sostenidas.
Los cantos incrementan su vibración y la mariposa se desprende del altar.
Las Cantoras se tornan en llaves poderosas, se vuelven mis protectoras y mi sostén.
Entro en trance.
Siento el primer abrazo que me dio mi mamá al nacer; veo su sonrisa,
siento su entusiasmo por la vida que siempre me cautivó,
la escucho hablar, siempre tan elocuente y picante,
la veo sacar conchas gigantes del mar, la veo bailando sin música,
veo también su vulnerabilidad, lo que no pudo superar,
pero la siento siempre amorosa, digna y noble,
hasta cuando llegó su final de enfermedad.
Vuela y vuela la mariposa a mi alrededor,
hasta que desaparece por el camino de las mujeres y la luz.

“Tu mamá se acaba de desprender de la tierra.
Ya está más allá y en paz,”
me susurra Nidia al oído.
Oliva se me acerca sonriente y orgullosa me dice:
“Yo la ayudé a llorar, ¿oyó?”

CS: Para terminar, me gustaría saber cúal fue la recepción de la comunidad afrocolombiana de Cali, en la exposición que presentaste en el Museo La Tertulia y que recogía todas estas vivencias. No sólo eso, sino que junto con las Cantoras decidiste hacer una ceremonia para honrar a lxs muertxs de la gente. Me interesa, desde tu experiencia, que nos expliques el valor de acoger a esa comunidad en dicho recinto cultural y qué repercusiones políticas, sociales y afectivas desencadenó ese acto de cierre, tanto a nivel comunitario como individual.

AC: La exposición en el Museo La Tertulia fue el clímax de toda la experiencia colaborativa. Se presentó una videoinstalación, una serie de pinturas, textos y versos de Alabaos. La exposición también significó el lanzamiento de un cancionero y un disco de Alabaos de Timbiquí que produjimos en equipo. Recopilamos 144 cantos de la zona de Timbiquí que fueron por primera vez registrados por escrito en un cancionero. El disco doble que grabamos con las Cantoras es también el primer registro de audio de estos cantos y representa en Timbiquí un fortalecimiento de su tradición. Esto surgió después de nuestros viajes a Timbiquí con C.S. Prince, cineasta quien también había perdido a su madre hace poco, razón por la cual se unió al proyecto. Estando allá nos dimos cuenta del gran vacío en cuanto al registro de esta práctica. Como artistas sentimos la responsabilidad de una retribución justa a la generosidad mostrada por las Cantoras al compartirnos su saber. Fue así que pensamos que no era suficiente crear obras artísticas sobre los Alabaos para un museo, sino que había que crear otras obras artísticas que sirvieran a la comunidad.

Así mismo, para la inauguración, realizamos una acción con las Cantoras, un Levantamiento de tumba colectivo, en el que se invitó al público a ser parte activa del ritual. Esta acción fue impactante. Para nuestra sorpresa, cientos de personas acudieron a la acción a despedir y honrar a sus muertxs en un evento sumamente emotivo y sanador. En esta exposición sentí el verdadero poder de llevar lo íntimo a esferas colectivas. Para las Cantoras, la experiencia también tuvo un gran impacto. Estaban sorprendidas por el interés del público asistente en sus cantos y rituales. De hecho, fue una experiencia de agenciamiento para ellas. El cancionero y el disco se pusieron a disposición de las Cantoras, quienes los repartían a cambio de una donación. Y con el dinero recaudado decidieron arreglar el piso de su iglesia en Timbiquí.

CS: Lejos de replicar la figura del artista como etnógrafo, considero que tu práctica pone en tensión el difícil concepto de la complicidad, y cómo, a través de gestos performáticos —como el compartir— se desarrollan acciones y dispositivos simbólicos que pueden recorrer el territorio y el tiempo. ¿Qué te aportó como artista este proyecto?

AC: Este proyecto fue para mí toda una aventura en la que me alejé de la metodología occidental de investigación— que primordialmente parte de razonamientos teóricos y de ordenamientos intelectuales jerarquizantes. Partí de la intuición y de lo desconocido. Entendí que la única forma de abordar este proyecto era si me permitía ser vulnerable frente a mí misma y frente a quienes me rodean. Sentí que tenía que ser valiente para enfrentarme al dolor. Descubrí que parte de la belleza de la vida radica en su fragilidad. Es necesario perder el piso de vez en cuando. Por mi lado, sané todo lo que tenía que sanar y en el camino aprendí mucho de las mujeres maravillosas del Pacífico, del poder de colaborar, y de las grandes voces que existen en los lugares más recónditos de Sudamérica.

 

Notas

  1. Cantoras is how women chanters of the alabaos are known as.

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