Reseñas - Estados Unidos

Diego del Valle Ríos

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13.10.2018

SITElines Biennial 2018, Santa Fe, Nuevo México, EE.UU.

Por Diego del Valle Ríos, Santa Fe, Nuevo México, EE.UU.
13 de agosto de 2018 – 6 de enero de 2019

Toda idea de nación es capitalista pues sustenta su razón de ser en continuas prácticas de despojo y explotación. EE.UU. es un país que comenzó a formarse a partir del asesinato de los pueblos nativos en manos de los colonizadores, necropolítica que continua siendo realidad a pesar de la continua amnesia provocada por la historia hegemónica. Santa Fe, específicamente, fue fundada desde la narrativa racista por the last conquistador, Don Juan de Oñate, sobre tierras que fueron arrebatadas a los nativos americanos —Acoma Pueblo—, a través de una sangrienta batalla, conocida como la Masacre de Acoma. Al buscar defender su libertad ante los planes de conquista de los españoles, la gran mayoría de lxs Acoma fueron asesinadxs por un batallón de 70 hombres y un cañón. Lxs sobrevivientes fueron tomadxs prisionerxs para ser esclavisadxs bajo las órdenes de Oñate, quien además ordenó que para evitar posibles futuras rebeliones, se le cortara el pie derecho a todo hombre Acoma. Oñate fue sentenciado por actos de crueldad por la corte de la “Nueva España” pero fue absuelto al corto plazo, como suele suceder con todo hombre criminal con poder en un sistema heteropatriarcal.

Este capítulo de la historia de EE.UU., que es una cicatriz aún presente en la memoria identitaria de lxs Acoma Pueblo, es retomado por la bienal SITElines bajo la curaduría de José Luis Blondet, Candice Hopkins y Ruba Katrib, y con la asesoría curatorial de Naomi Beckwith. Con el título Casa Tomada, la edición del 2018 busca reflexionar sobre el desplazamiento y el despojo y la construcción de la historia a partir de un paralelismo entre el hecho histórico mencionado y un cuento de Julio Cortázar, cuyo título es tomado prestado por la exposición. En el cuento, dos hermanxs burgueses son expulsadxs de su casa sin oponer resistencia, por una fuerza espectral que va tomando las estancias hasta dejarlos en la calle sin posesión alguna salvo por lo que traen consigo. Desorientadxs, cierran el cancel con llave y se alejan para, lo que uno puede suponer, intentar continuar con su vida. A través del discurso curatorial, del corto cuento se evoca la súbita desorientación producida por el despojo para recordarnos que la perplejidad ocasionada por la violencia —sea física o simbólica— no debe paralizarnos. En el contexto estadounidense de la presidencia de Trump, aunque parezca que todo está perdido, se debe resistir para lograr ser un contrapeso del poder.

Sin apelar a las grandilocuencias revolucionarias, la exposición trae al presente la violenta conquista ejercida por Oñate a partir de un gesto de protesta que se llevó a cabo en 1997. En el marco de la racista conmemoración de la masacre de Acoma como el 400 aniversario del primer asentamiento español en tierras nativo americanas, el dúo anónimo Friends of Acoma cortó y robó el pie derecho del monumento que honra a Oñate como un gesto de restauración de la memoria que muchos buscan borrar. Veinte años después de ese robo que desató muchas conversaciones necesarias sobre cómo y quién escribe la historia, el pie reapareció a través de una película documental de Chris Eyre, manteniendo en misterio su ubicación y la identidad de lxs justicierxs. En la exposición, una réplica del pie derecho de Oñate, acompañado de material de archivo alrededor del robo y la película, subvierte el síndrome de la extremidad fantasma para abordar críticamente la ausencia de reconocimiento de los cuerpos en resistencia como parte del aparato democrático de EE.UU.

A partir de esto, Casa Tomada despliega una serie de potentes obras entre las que destacan, por un lado, la serie fotográfica Niñas (2018) de Paz Errázuris, el video Men Who Swallow Themselves in Mirrors (2017) de Sable Elyse Smith y el largometraje Wild Relatives (2018)de Jumana Manna por su reflexión sobre la subversión de códigos espaciales impuestos sistemáticamente a través de la criminalización y la explotación laboral, desde el habitar cotidiano y afectivo de los cuerpos oprimidos. Por otro lado, destaca el trabajo de Eric-Paul Riege, Melissa Cody, Victoria Mamnguqsualuk, Lawrence Paul Yuxweluptun, Eduardo Navarro y Curtis Talwst Santiago por la manera en que sus obras buscan accionar, tomando prestado de los Zapatistas, “un mundo donde quepan muchos mundos”. De esta forma, dichos artistas buscan desplegar otros posibles imaginarios que no solamente den visibilidad al oprimidx sino que también permitan construir un reconocimiento de sus historias, identidades y legados en la reflexión del presente distópico.

Sin embargo, en el contexto específico de esta exposición no pude evitar preguntarme si la visibilización y denuncia funcionan desde el cubo blanco. La relación de los museos con comunidades colonizadas y racializadas debe replantearse urgentemente desde el Sur. En contextos como Santa Fe, los museos representan la exhibición del despojo para reafirmar el poder del colonizador. Se puede comenzar a reflexionar sobre esto a partir de un ejemplo muy evidente: la remodelación del museo SITE Santa Fe a cargo de la firma arquitectónica Shop Architects. El nuevo edifico del museo contrasta drásticamente con la tradicional arquitectura de adobe a partir de una fachada metálica escalonada y perforada que, de acuerdo a los arquitectos, busca dialogar con el parque Railyard y las vías del tren a lo largo del mismo. Buscar entablar un diálogo con la máquina que perpetuó la colonización a través de la industrialización me parece una decisión irónica e insensible por parte del museo.

¿Es el museo, en este caso, la mejor herramienta para articular un discurso decolonizador? ¿A quién se dirige la exposición? Durante mi corta estancia en Santa Fe observé algo particular en relación a los cuerpos que habitaban el pueblo: la gran mayoría eran personas blancas, turistas. Incluso el tour turístico, que fue parte del programa de prensa, afirmaba una narrativa blanqueada donde españoles y nativos americanos construyeron en armonía un nuevo co-habitar. Confirmé de esta forma que estas tierras ya no le pertenecían a la comunidad Acoma Pueblo; fueron despojadas para construir un espejismo que explota la identidad nativa, desde lo visual y arquitectónico, a partir de una exotización para atraer la mirada turística. ¿La exposición busca apelar al turista blanco que neocoloniza con sus selfies tomadas en una plaza en cuyo centro se encuentra un monumento que conmemora a asesinos, o intenta posibilitar una reparación y reconciliación con la comunidad desplazada? ¿A quién da la bienvenida ese imponente edifico? En este sentido, ¿está el arte atrapado en la paradoja de lo políticamente correcto al intentar ambas? Me encontraba en un evento inaugural donde la gran mayoría eran blancos ricos que apoyan al museo y a la bienal. El evento, desde la estructura interna del museo, se me reveló como un intento de expiación de culpas. Hay una oligarquía que siente una vergüenza enorme del pedazo de mierda de presidente que llegó al poder gracias a los partidos políticos que esa misma oligarquía respalda. De acuerdo a los datos proporcionados sobre el museo por Andrea Fraser en su investigación Museums, Money, and Politics —cuyas gráficas cubrían el muro que daba la bienvenida a la exposición—, el 88% de los fondos recaudados por SITE Santa Fe en 2016 tenían vínculos con el partido Republicano.

Los lenguajes visuales del arte contemporáneo, aunque se han reinventado, son en esencia Occidentales. Por ello, dichos lenguajes son una forma de neocolonización: para visibilizarse en este mundo hay que adoptar sus códigos, medios, formas, símbolos, metáforas, dialécticas, discursos. Hay que cuestionar si la fuerza estética, simbólica y discursiva de lxs artistas que buscan apartarse y cuestionar las genealogías cisheteropatriarcales y racistas Occidentales, funciona dentro de los mismos modelos y estructuras que por tanto tiempo lxs han ignorado e invisibilizado. Parafraseando a Brigitte Vasallo, activista, escritora y teórica feminista, las herramientas del amo sirven para tumbar su casa únicamente si después de la demolición se construye algo diferente, “si queremos remontar el sistema, hay que encontrar nuevas herramientas”.

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