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17.07.2021

LAS LÍNEAS QUE SE CRUZAN (en un lugar del camino donde nadie pasa): sobre el programa de videos "Genealogías en Medio Oriente y Latinoamérica" de la Fundación de Arte de Sharjah

Este programa de obras ilumina una genealogía en común en esas regiones llamadas Latinoamérica y Medio Oriente (regímenes políticos opresivos, ciclos de inmigración, expropiación) para sumergirse en una excavación, la del diálogo entre artistas de dichas regiones, y hallar lazos que conectan los territorios en sus relatos.

«Cuando se cuente nuestra historia se va a contar la historia de nuestro pueblo.»

Las representaciones estereotipadas desde el pensamiento Occidental construyeron una violencia y un imaginario sobre nosotres mismes, un relato milenario y repetido tantas veces. ¿Cómo sacudir y depurar una creencia sostenida con cimientos tan caros? El lugar que ocupan los cuentos en nuestras configuraciones del mundo, de nuestras comunidades e identidades, no debería subestimarse. Lo que se nombra, aparece.

Hemos crecido con discursos que caen desde arriba —estando en México no puedo evitar mirar a Estados Unidos tiñiéndolo todo con su dominio—, discursos que escriben ficciones sobre personajes latinoamericanes con interpretaciones erróneas, tergiversadas a su conveniencia.
Al enfrentarme a la programación de Genealogies in the Middle East and Latin America, una serie de proyecciones de videos en línea organizada conjuntamente entre la Fundación de Arte de Sharjah y la curadora Anna Goetz, surgen cuestionamientos en torno al rol del cine y el video para hablar de las luchas en curso. Hago el ejercicio de esquivar la victimización cuando aparece y advertir los peligros que carga(mos) volver a representar estas regiones como los países del sufrimiento. Si aquí yace una invitación oculta, entonces esa es armar(se) lo propio y conseguir una libertad imaginaria, la del lenguaje.

Reconozco la dificultad de no romantizar los procesos revolucionarios como si la seducción colonizadora no existiera en nosotres: ¿a costa de quiénes y de cuántes nos encontramos vivas para poder escribir un texto o filmar una película? Me animo entonces a arrojar mis puntos cardinales a modo de recordatorios para acercarme a dicho programa sin aplanar sus relieves: 1. los pueblos renacen porque se organizan, 2. las películas no retratan ningún pueblo vencido, 3. los discursos occidentales no son una herencia, 4. la poesía también es un gesto de denuncia.

Debemos servirnos de todos los medios de publicidad a fin de convencer al público de que todo es una fantasía, ríe un extracto en Introduction to the End of an Argument / Intifada (1990) de Jayce Salloum (Palestina), un collage que toma y hace girar el sentido de noticieros y películas de Hollywood, Israel y Europa que banalizan la cultura árabe y el pueblo palestino. Una ironía cuya contraindicación es la sensación de haber sido engañades.
Pero entonces, ¿cuáles son nuestras historias, cuál es la historia oficial, la más oficial de todas, en qué canal de televisión aparece?
En esta grieta se habilita la desobediencia para (des)aprender lo impuesto. Quizás se trate de repetir hasta el cansancio (loop, reapropiación, mash-up, reclamo) y acelerar la velocidad de una toma de cuatro segundos para impregnar el momento de una huida, de un saqueo.

En fin, suprimir el eufemismo de decir “conquista” en vez de “robo”, “desaparición” en vez de decir “genocidio”, “zona de conflicto” para retratar una ciudad en llamas.

Los eternos jefes y dueños que ponderan la riqueza sobre la vida, son los mismos que sostuvieron el micrófono sepultando la voz baja y las subjetividades. Los pueblos se ponen pálidos por el polvo de los pisotones y las bombas. Una nube queda suspendida en el aire; es la historia compartida, la de nuestres (ante)pasades: las raíces se unen en alguna capa profunda difícil de escarbar con las uñas.

El extranjero con una cámara, el más alto de la fila que, históricamente, habla en “lugar de”, el mismo chiste una y otra vez.
En esta ocasión (¿acaso no en todas las ocasiones?) lo político está en el interior de una casa, en el pasillo de la escuela pública, en las novelas que mirábamos de niñes, en no poder enviar una carta porque no existe más la oficina de correo: en lo ausente.
Este programa de obras ilumina una genealogía en común en esas regiones llamadas Latinoamérica y Medio Oriente (regímenes políticos opresivos, ciclos de inmigración, expropiación) para sumergirse en una excavación, la del diálogo entre artistas de dichas regiones, y hallar lazos que conectan los territorios en sus relatos.
No hace falta ir tan lejos.

Artistas y curadora buscan encontrarse en un ejercicio de (des)identificación: se citan, se nombran, se provocan memorias de sus países y familias, alguien fue referente y maestre para otre, muches se reconocen en el exilio y responden, sin querer, preguntas que lanzaron años atrás. Las obras conforman un juego de espejos y comienzan a hablar solas cuando la playlist se activa, un espacio-tiempo donde los cuerpos tienen lugar y la palabra viaja como un eco. Algún día llegará a otro desierto.

Estas historias cuentan la lucha de sus pueblos, luchas de liberación y de duelo, un tire y afloje entre el homenaje y la rabia. Una idea se me aparece rápidamente: el cine político. Reluzco mis prejuicios a pulverizar: un cine direccional y panfletario, hubiera pensado. Pero no, si es que acaso éste se define como un género, la categoría se disuelve al leer los títulos de las obras, no hay una sola dirección. El conjunto va dibujando una cartografía lúdica que cruza el videoarte, cine-ensayo, performance, hasta la animación.
Las luchas de liberación también están ubicadas en las miradas que develan lo menos visibilizado, desde el qué y el cómo, el contenido insinúa la forma. Una forma cinematográfica propia que consiste en alejarse de La Fórmula, doblando la punta de flecha que va directo hacia el final de la película como si fuera lo único esperado. Una forma que desconfía.

¿Es posible una estética emancipada?

Como las fronteras marcan la tierra y declaran los límites para desconectar los territorios que están contiguos, este proyecto invita a raspar los bordes para que se confundan, algo del mapa escolar se me olvida y algunas ciudades se acercan más. Los discursos se conectan: acto cicatrizante (como si la metáfora alcanzara) para elaborar una venganza poética, tomando un lugar que les fue negado, buscando desarmar una estructura de poder. Y aunque estas películas surgen en distintos puntos del mapa, nacen en el remolino de una lucha en curso y hacen una familia de voces, acaso un coro.

Donna Haraway (merece esta señora que le robe el concepto) arroja esta posibilidad, la de “crear parentescos”, la de la comunicación y la comunidad (video-correspondencias) en trabajar con otres. Es como escribir una carta a distancia (la del tiempo) que sí llega… y los años se superponen. Supongo que es parecido a ver una persona desconocida en la calle que te recuerda a una tía.

Una película es una pista, una excusa, un “estoy aquí”, pero nunca una respuesta.
¿Cómo sueña alguien que migra?
¿A qué ritmo respira la película cuando sus personajes tienen que huir?
Se vuelve indispensable preguntarse cómo reacciona el cine ante lo urgente, cómo son las imágenes que necesitamos frente a tantas que no nos permiten detenernos y pensar.
Si el cine es así de poderoso, entonces es posible crear y reproducir imágenes para la supervivencia, para la existencia, construir desde la ruina invocando a la crudeza (o al silencio) y suspender un espacio opaco para no disimular el daño, la falta, el pozo: es preciso dejar la marca de quien destrozó.

Bajo esta reivindicación, una de las artistas que conforman esta programación, Elena Tejeda Herrera (Perú) dice sobre su obra performática Recuerdo (1998): Me presenté en una enorme bolsa de plástico negra, como las bolsas para cadáveres que se almacenan en las morgues. Un hombre me cargó desde un lugar escondido hacia un pasillo dentro de la universidad y me colocó en el piso, sobre uno de los rosetones, y luego se alejó. Luego de un momento de silencio, comencé a cantar la siguiente letra de un conocido vals peruano: Ódiame, ten piedad, te lo ruego. Ódiame sin límites y sin piedad. Tu odio quiero más que tu indiferencia. Porque el odio duele menos que el olvido.” El ejercicio de la memoria aparece desde el cuerpo en un escenario real, vuelve a montar la violencia (la masacre de nueve estudiantes a cargo del ejército peruano) y la encarna. El público presencia una temporalidad cruda delante suyo, una manifestación.

No hay regla para rescatar la memoria de una sociedad. En la película Nourhane, a Child’s Dream (2016), la artista libanesa May Kassem realiza una serie de entrevistas biográficas a su abuela para averiguar por qué dejó de cantar. A partir del diálogo nieta-abuela descubrimos el pasado de toda una generación marcada por el exilio y la censura, Kassem recurre al dibujo para reconstruir los archivos perdidos desde las anécdotas que le va revelando su abuela. No todo es triste y lúgubre, el encuentro de ambas germina la pregunta: ¿a cuántas más estamos escuchando?

Measures of Distance (1988) de Mona Hatoum (Líbano) es un cuento arqueológico sobre el exilio y la distancia provocada por la guerra. Recurre al archivo para revivir el pasado y lee en voz alta las cartas de su madre mientras se sobreimprimen con fotos familiares. “Ojalá vengas a visitar pronto”, le reclama. Las conversaciones privadas de la familia se cuelan y aparece la infancia, lo que no se animaron a decirse cuando vivían en el mismo hogar. Da la sensación de acercarnos cada vez más a su intimidad, reconociendo rasgos de esas mujeres en la sala conversando, la nostalgia se interna e inaugura una habitación silenciosa donde estamos sólo nosotres espiando, acercando el oído a la puerta para escuchar los susurros ‘Ya sabes… en este país…’ ”.

Otra obra que participa de esta genealogía es 11 de Septiembre (2002) de Claudia Aravena (Chile). Mediante un juego asociativo de archivos ubica en un mismo espacio temporal el ataque terrorista sucedido en Nueva York junto al golpe de estado de su país. El video es casi un poema de amor, el desgarro de la injusticia como una caricia: la cámara lenta y el zapping entre un canal y otro donde la TV empareja las escenas como si fueran simultáneas, en el mismo rincón del planeta. Recita: “Estamos en todo lo que vemos”.

No hay exclusividad en las heridas, todo tiene que ver con todo.

En Vacas (2002), Gabriela Golder (Argentina) filma la pantalla de su televisión. El cuadro pixelado muestra la noticia de un grupo de vecinos que asaltan un camión de vacas volcado en la ruta, la escena muestra, de fondo, un trabajo en equipo, la organización para no pasar hambre, más atrás la crisis económica en 2002. La escena es visceral, la artista desarma el espectáculo con golpes y zooms, no esconde el corte, construye una banda sonora de ruptura y tensión.

Akram Zaatari (Líbano) invoca anécdotas con una cámara viva, dedica una carta; (¿una invitación o una despedida?) Red chewing gum (2000) es un corto erótico para atesorar lo que ya no existe, el paisaje de su barrio cuando tenía 15 años y la relación con su ex novio.

¿Cómo retener una imagen que está destinada a desaparecer?
Re/trato (2004) de Oscar Muñoz (Colombia) también “persevera en el imposible”, su obra se compone con pocos elementos: un pincel, el agua como tinta, un piso de cemento y el sol, nada más. Traza un retrato-identikit en el suelo, su cara se evapora una y otra vez, él insiste y remarca. Estos autorretratos se permiten habitar una identidad sensible, mutante, en crisis permanente.

Ahora un camión de Coca-Cola desfila por la ciudad, es lo único que brilla en esa calle, un grupo de niñes lo saluda desde los hombros de sus padres. El globo se pincha cuando el montaje interrumpe con un juego irreverente: inventa escenas con los mismos materiales. Mediante la estrategia de la ironía, este found footage llamado Cinépolis, la capital del Cine (2003) de Ximena Cuevas (México) convierte nuestra vida cotidiana en una película de terror. Introduction to the End of an Argument (1990) de Jayce Salloum le responde como una continuación, abre el cine dentro del cine: desarma y emula una película hollywoodense, usando recursos reconocibles y trillados de la comedia y el cine de acción. Toda la película gira en torno a la promesa del sueño americano señalando el racismo con un denso humor.

Revisar los relatos con los que hemos crecido y desarmarlos esconde una potencia: narrarnos y nombrarnos. ¿Cómo no pensar en desarticular reglas tan filosas incrustadas en nuestro habitar: les ídoles, el idioma, las enciclopedias, los festivales a los que aplicamos para que nos elijan?

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