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01.11.2020

Joshua Jobb presenta "Naturaleza lúdica" en Estudio Marte, México

Ciudad de México, México
15 octubre, 2020 – 30 octubre, 2020

Naturaleza lúdica y el elogio a las sombras

Me levanto y enseguida recuerdo que hace unos minutos estaba soñando con que me iba a dormir. Ahora fuera del sueño, me dispongo a hacer un café y un par de tacos de huevo con champiñones. Son las 8:36 am, hace frío y está nublado, ¿qué voy a hacer hoy? me pregunto mientras escucho a lo lejos la voz de Patti Smith gritando “¡¡People have the power!!”, lo que me hace pensar que mis compas el Irak y el Hueso siguen durmiendo y que en sus sueños podrían estar escuchando la misma frase. Bebo el café y como los dos tacos, me pongo los tenis, bajo las escaleras y salgo a caminar.

Es martes, el mercado se tiende a unos metros de donde vivimos sobre el Eje 1. Alzate en la colonia Santa María de la Ribera, un mercado pequeño de no más de tres cuadras. Recorro un par de puestos con atención y en algo así como un instante de “infra-levedad” me encuentro parado junto a Roberto Bolaño y Mario Santiago Papasquiaro, quienes no dejan de observar y parlotear acerca de unas cuantas plantas que tienen en el puesto que está frente a nuestros pies. Intento escuchar lo que dicen y oigo algo sobre “un campo de riego en vez de un campo de fuego”, me decido a preguntarles que a qué se refieren con eso y Mario me contesta que juegan con la idea de una pandilla de niñas y niños regando plantas con pistolas de agua (no sé ustedes pero pienso que es una idea interesante y divertida) imagino aquella situación, les sonrío de “oreja a oreja” y me alejo.

Más adelante casi en la esquina de la calle “Sabino” veo que allí va montado en una bicicleta que parece de principios del siglo pasado, es Alfred Jarry con su “famosa” arma invisible con la que en tiempos de la invasión alemana en Francia supuestamente salía a enfrentar a sus enemigos. Ahora sólo hace como que la trae en la mano mientras pedalea con velocidad hacia Av. Insurgentes… conforme lo voy perdiendo de vista decido darme una vuelta por el parque del Kiosco Morisco, así que en la siguiente calle doy vuelta a la izquierda y continúo hasta llegar a él. Paso unos minutos sentado en una banca mirando al rededor, percatándome de un grupo de unas 30 personas bailando “Zumba”, de 5 personas más practicando boxeo, de las mascotas haciendo de las suyas en “el área de perros” y de lo que parece un set de grabación. Esto último llama mi atención, me levanto de la banca y me acerco logrando reconocer el logotipo de un canal de noticias bordado en una especie de mantel sobre una mesa larga frente a dos o tres cámaras, ya en el set le pregunto a unos técnicos que de qué se trata el evento, a lo que responden que entrevistarán a un reportero y escritor ganador de un premio importante recientemente. Para mi sorpresa al cabo de un rato presenciaba una entrevista a Sergio Gonzalez Rodrigues a propósito de un ensayo que escribió no hace mucho. Algo curioso, pues unos días antes comencé a leer El artista adolescente que confundía al mundo con un cómic, otro de sus libros.

Terminada la entrevista y dadas las 11:10 am continuo el día caminando por Días Mirón rumbo a “La Vasconcelos”, seguro a hacer cualquier cosa menos leer algo (desde hace unos años casi siempre leo en mi casa), las veces que lo he intentado me distraigo con facilidad, por ejemplo, con el ruido de los elevadores que no paran de sonar durante todo el día, procurando adivinar en qué momento aparecerá otro policía de entre los pasillos de esa estructura cuasi-flotante en la que habitan los libros y sobre todo con los jardines que forman parte de esa biblioteca —si alguna vez los has recorrido sabrás que tienen su encanto. Dan las 11:28 am cuando cruzo los detectores de “ladrones de libros” y accedo al primer piso, paso al baño y enseguida tomo el elevador hasta el último piso en donde se despliegan libros de sexología, teorías de genero y poesía entre otros temas. Busco un libro de poesía de Gabriela Mistral y no doy con él, pero al regresar por el mismo pasillo por el que venía me doy cuenta de que es ella misma quien en ese preciso momento imparte un curso de «pedagogías alternativas” en uno de esos pequeños salones de clases que hay en el 4o piso de aquel edificio. Toco la puerta y la abro para preguntar si me es posible entrar “de oyente”, la maestra señala un sitio vacío en el que me puedo sentar y sin dudarlo voy y me siento. En unos cuantos enunciados comenzamos a hablar de que el acceso a la información no es lo que parece, Gabriela nos dijo algo así como que “la información está allí en la red pero que hay que saber cómo preguntarle a Google”, nos platicó de las ”zonas temporalmente autónomas” descritas por el escritor Hakim Bey, recordó algunas experiencias que Julio Cortazar compartió al impartir una serie de cursos en una escuela rural al Norte de Argentina y recalcó algunas posibilidades que ella encontraba en dichas experiencias compartidas, “cotorreamos” al respecto y después de una hora y media la enseñanza terminó, me despido de los asistentes al curso y sin más me dirijo a los jardines de los que ya les había hablado en este mismo párrafo.

Gente comiendo sola, algunos a manera picnic, una que otra pasión intentando camuflajearse con el entorno y yo sentado bajo un árbol de “borracheros”, es decir, de floripondios. Por un momento me considero solo en esa parte de los jardines pero de un instante a otro como si fuera parte del muro en el que recargo mi espalda, escucho una voz tenue como apagada, casi desértica pero segura en sí misma, que me pregunta ¿te gustan los relojes de arena?, volteo y Jorge Luis Borges está allí casi transparente, repite la pregunta y desaparece antes de que logre considerar cualquier tipo de respuesta. Un fantasma en la biblio, bueno… imagino que Jorge Luis se ha de aparecer en muchas bibliotecas. Quién sabe.

Para esto ya son las 2:12 pm y tengo hambre por lo que salgo de la biblioteca con la intención de echarme una hamburguesa de falafel, de esas que suele vender un chico casi en la entrada, desembolso 20 pesos mientras me la entrega y decido comerla de regreso al barrio. Doy unos cuantos pasos y a lo lejos alcanzo a avizorar una araña gigantesca, calculo unos 3 o 4 metros de altura. Incrédulo a lo que estoy viendo me acerco y le pregunto a una mujer de edad avanzada que se encuentra frente a una de las patas que si sabe lo que es eso. Me voltea a ver, da un paso adelante, extiende su brazo alcanzando a tocar con la mano al animal y dice: es una de mis esculturas, cuando las veo recuerdo a mi madre. Al escucharla pienso en la mía, agradezco su respuesta y me marcho. Cruzo Av. Insurgentes y camino de regreso por “Díaz Mirón”, paso a un lado del taller de bicicletas “el galgo” y a contra esquina reconozco a un amigo de hace tiempo, su nombre es Italo (como el escritor cubano-italiano). Cruzo la calle, nos saludamos y le pregunto que a dónde se dirige.

—Al kiosko, ¿quieres venir?, habrá una danza de George Gurdijeff, un místico armenio del siglo antepasado que cree que con sus bailes en grupo equilibran energías en el mundo.

—¡Ya estás! ¡Vamos!

Llegando nos hallamos con una gran multitud dentro y alrededor del kiosko unas 300 o 400 personas por decir algo —quizá éramos más—, todas danzando a la vez, incluyéndonos. Cada tanto me fui dando cuenta de que allí estaban, siendo parte de la misma danza cada personaje-persona considerada en esta historieta, al igual que otros conocidos como el Horacio, su hija, su pareja y su mamá, Tere la de la tiendita, Don Martín, su hijo Kevin y el Jonathan; cada quien haciendo su parte, moviéndonos de arriba a abajo, de un lado al otro, en zigzag, en círculos, en espiral…

—Texto por Joshua Jobb

https://www.instagram.com/estudio_.marte/

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