Reseñas - México

Ana Gabriela García

Tiempo de lectura: 9 minutos

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08.12.2018

A pesar de todo. Programa M68: Ciudadanías en Movimiento

UNAM
Ciudad de México, México

Nuestra existencia transcurre en un complejo entramado de relaciones de poder, […] la memoria es un campo de batalla.
Mónica Mayer [1]

I.

Me despierto, es 2 de octubre del 2018 y con resaca recuerdo que han pasado cincuenta años de los sucesos en la Plaza de las Tres Culturas; cincuenta años del movimiento estudiantil de 1968. La pregunta por el acontecimiento resulta inevitable, y los meses anteriores lo habían advertido: 1968 fue un año calificado como paradigmático en donde los conceptos de orden, paz, y progreso significaron modernidad para unxs; y control y represión para otrxs. Los conflictos bélicos, la desigualdad racial y de género, así como la inestabilidad económica, generaron un clima de descontento en distintas latitudes que marcó la pauta para toda una generación de jóvenes por ocupar las calles emplazando el cuerpo en el espacio públicocon la intención de entablar conversaciones con la autoridad en aras de la llamada democracia. Pareciera que la protesta fungió entonces como condición de posibilidad para la resistencia, pero también puso en disputa los límites de la represión —si es que ésta los tiene. 

En el marco del 50 aniversario del movimiento estudiantil de 1968 en México, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) decidió lanzar un ambicioso programa que comprendió más de cien actividades de corte cultural a fin de conmemorar los acontecimientos que tuvieron lugar en el país hace ya cinco décadas, mismos que también detonaron una serie de movilizaciones sociales, políticas y culturales en los años posteriores. De esta manera, a lo largo del año, distintas sedes vinculadas con la casa de estudios dieron marcha al programa M68: Ciudadanías en Movimientocompuesto por múltiples exposiciones artísticas, conciertos, puestas en escena, proyecciones cinematográficas, presentaciones de libros, instalaciones, un par de coloquios y acciones coreográficas, además del lanzamiento de un macro repositorio digital. 

Unificar las múltiples movilizaciones, así como las luchas de quienes las llevaron a cabo supondría plantear un movimiento estudiantil holístico que quizá nunca existió. Me parece que la panoplia de actividades comprendidas dentro del programa da cuenta de ello, pues reúne investigaciones que abordan las particularidades del(os) movimiento(s) a través de distintos formatos. Los alcances de la presente reseña se ciñen, sin embargo, a exposiciones que han tenido lugar, dentro del marco de este proyecto, en el Centro Cultural Universitario Tlatelolco (CCUT), el Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC), y el Museo Universitario del Chopo, museos ubicados en la Ciudad de México.

II.

Es 1 de octubre del 2018. Mientras un viento agitado toma la Plaza de las Tres Culturas, al centro del patio del CCUT se pronuncian los discursos inaugurales del Monumento a la ausencia, intervención anti monumental ideada por la artista israelí Yael Bartana, que busca precisamente conmemorar a las víctimas de la represión del movimiento. La  recién colada plancha de concreto, cuyas improntas fueron realizadas por sobrevivientes de la matanza, fue presentada como un gesto de resolución y reparación simbólica de los daños. Momentos más tarde, en el mismo recinto fue hecho público el repositorio digital: una plataforma de libre acceso que reúne documentos provenientes de aproximadamente 30 archivos públicos y privados en torno a las diversas movilizaciones sociales que han tenido lugar desde 1968 hasta la actualidad. Dicho repositorio funge como eje medular del Memorial del 68 y Museo de los Movimientos Sociales, exposición permanente en el CCUT, cuya finalidad es renovar y actualizar el memorial —inaugurado por la misma institución en octubre del 2007—, a través de nuevas perspectivas críticas en términos de investigación y curaduría, así como de la asistencia de dispositivos digitales en términos de montaje y mediación para, con ello, estimular lecturas otras respecto a las movilizaciones sociales que han sucedido desde entonces. 

Llevar a cabo un proyecto de tales dimensiones —la reconfiguración de un memorial y su replanteamiento como museo de los movimientos sociales en México, aunado al despliegue de un meta archivo— es una tarea compleja. La investigación conspirativa[2] que lo sustenta significa el trabajo de muchas voces en diálogo, dispuestas a mirar con otros ojos los últimos años. No es fácil ensayar en el museo tales contenidos: si bien la red de significantes pretende ser crítica, ésta resulta más bien compleja. No lo es, tampoco, revisitar los archivos y buscar accionar, a través de aquello que resguardan, la representación de lo irrepresentable.

En ese sentido, son importantes las exposiciones 1968/3 = Adorno + Siqueiros + Márquez en el CCUT y Gráfica del 68 en el MUAC, pues expanden los alcances narrativos del movimiento estudiantil a través de micro historias en las que el emplazamiento de los documentos desprende el carácter estático que su formato podría traer consigo, generando, a manera de testigos, un acompañamiento que constela afectos en relación a lo acontecido. De la mano con ello, las muestras Alcira Soust Scaffo. Escribir poesía, ¿vivir dónde? en el MUAC, así como Las superocheras en el Chopo, no sólo apuestan por abordar los cruces con otras prácticas artísticas dentro de ese vertiginoso contexto, sino que también dan cuenta de los distintos imaginarios, poéticas y afectos que ahí mismo operaron: mientras que la primera reúne documentos de distintos formatos para precisar el activismo de la poeta —así como la poesía de su activismo— y sus potencias; la segunda muestra despliega un sin fin de imágenes-movimiento —superpuestas a través de tiros visuales jugando entre sí dentro de una alucinante habitación oscura—, que señalan múltiples posicionamientos críticos de mujeres frente a distintas esferas de opresión. A través de estas muestras se devela y disloca al objeto artístico, al objeto desobediente y al documento para participar también como aparatos políticos.

¿Qué pasó después? M68 no deja de preguntarse por las resonancias del movimiento estudiantil en la producción artística de los años posteriores, las muestras Grupo Mira. Una contrahistoria de los setenta en México y Un arte sin tutela: Salón Independiente en México, 1968-1971, en el MUAC, apuntan a los ecos del movimiento a través de una revisión historiográfica de los años setenta y cómo ello reconfiguró las maneras de producir y circular distintas manifestaciones artísticas contestatarias. #NoMeCansaré. Estética y política en México, 2012-2018, en este último recinto, continúa el trazo histórico hasta hoy, ensayando la multiplicidad que toman las movilizaciones sociales en la actualidad y sus cruces con las prácticas artístico-activistas; mientras que Desaparecidos en el CCUT, imagina una cifra de personas ausentes detonada a partir de 1968 —pero que se extiende hasta la actualidad—, que arroja a lx espectadorx, a través del intercambio y del juego del fetiche, la posibilidad de cuestionar la manera en que se narra la historia oficial y, en ese sentido, qué de nuestra memoria podría significar algo hoy, tapizando así el muro de mármol que celebra la creación de dicho inmueble bajo el mandato de Díaz Ordaz, presidente en turno que ordenó la matanza de Tlatelolco. De la misma manera, el macro proyecto también apunta a un pasado anterior, como sucede en Operación peine y tijera. Los largos años sesenta en la Ciudad de México, que deja entrever las estructuras que buscaron forjar una ficcionada modernidad en el país desde finales de los años 50, al mismo tiempo que comenta la cultura visual y material de la época que hasta los años 70 reconfiguró la manera en que distintas ideologías pudieron converger en un mismo contexto.

III.

Tal como las generaciones posteriores a 1968 cuestionaron el poder ejercido desde el recinto museístico como institución que legitima los discursos y prácticas artísticas, la pregunta por la pertinencia de exhibiciones en torno al archivo aparece de pronto en un primer plano. Y es que, si algo nos corresponde, es precisamente generar un continuo cuestionamiento de las instituciones, de aquello que visibilizan y a través de qué dispositivos lo llevan a cabo. Ante todo, nos encontramos frente a documentos que dan cuenta de un tiempo y espacio distintos, que se encuentran ahora con los nuestros. En ese tiempo desquiciado, ¿cómo mostrar este tipo de imágenes y generar desplazamientos de afectos entre ellas y quien las mira, sin traducir y reducir sus potencias discursivas? ¿Cómo se representa la violencia sin banalizar el horror que trae consigo? Pensar y trabajar desde y con el archivo es violento. Su orden instituyente por resguardar esto y no aquello, aunado a las políticas museísticas por mostrar ciertas imágenes, obliga a lxs agentes del arte a activar los acontecimientos a través de la dialéctica de las imágenes y con ello buscar las condiciones para una experiencia crítica contundente en el presente. M68 plantea una reconstrucción de la historia, y se adelanta a la imposibilidad de tal labor, esbozando un programa que apunta a distintas narrativas alternas, remontando otros tiempos a través de múltiples imágenes.

No obstante, es importante pensar el discurso bajo el cual se han acotado estas actividades. En ese juego entre lo privado y lo público, bajo el cual se trata el carácter liminal del archivo, los términos rescatar, conmemorarreparar, planteados por el proyecto, aunado a la proclamación de un patrimonio heredero del terror, parece ser más bien una apropiación que termina por institucionalizar el movimiento estudiantil de 1968, insertando una suerte de aura al rededor del mismo. La pregunta no es si los daños pueden ser reparados, sino ¿por qué pretender repararlos? Si la(s) historia(s) puede(n) reconstruirse, y si podemos pensar críticamente al archivo de manera que el afecto devenga la estrategia que medie entre espectadorx e imagen, ¿por qué no insistir en aquellos fantasmas que permitan, ante el olvido, actualizar el acontecimiento de maneras efectivas?   

Me despierto, es 2 de octubre del 2018 y con resaca recuerdo que han pasado 50 años de los sucesos en la Plaza de las Tres Culturas; 50 años del movimiento estudiantil de 1968. Generar nuevas dinámicas de acceso a los documentos es necesario, pues es a través de ello que podemos trazar los espacios que ocupa la memoria. Son retos, aún hoy, emplazar imágenes que dan cuenta de la participación de las mujeres dentro de los movimientos; así como jugarse la monumentalidad de imágenes, que si bien son efectivas, me pregunto hasta qué punto operan como monolitos. Detonar en aquellxs que miran los documentos la posibilidad de accionar cobra sentido ante los tiempos en los que ahora nos desplazamos: en donde los guiños del pasado se encuentran tan vigentes, en donde las ideas de democracia y progreso son cada vez más caducas y en donde urgen nuevas maneras de organización y complicidad. 

Ana Gabriela García es historiadora del arte. Actualmente es asistente editorial en Terremoto. Vive y trabaja en la Ciudad de México.

Notas

  1. “Archivos de arte y prácticas de creación: el caso Pinto mi Raya” en Barrios, José Luis, coord. Afecto, archivo, memoria. Territorios y escrituras del pasado. México: Universidad Iberoamericana, 2016, pp. 131-132.

  2. Con esto me refiero a que las aportaciones de lxs agentes involucradxs se desarrollaron a través de distintos enfoques con la intención de posicionar las múltiples disidencias que dentro de este mismo contexto fluctuaron —como los movimientos obreros y sindicales, los feminismos, la disidencia sexual, las movilizaciones indígenas y migratorias, entre otros— y así poner sobre la mesa aquellas otras luchas que estaban dándose, desmenuzando la macro narrativa a través de la cual se nos presenta el 68.

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