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25.09.2016

A Lens to See

Ruiz-Healy Art, San Antonio, Texas,USA
8 de septiembre de 2016 – 15 de octubre de 2016

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Las imágenes de Graciela Iturbide están dotadas de una gran fuerza poética, como si partieran de un lirismo único, en donde la fotógrafa no se resigna a lo que está, a lo que el mundo es, sino que logra develar lo visible que es visible por su ojo. Si la cámara es un medio, la imaginación de Graciela es la creación de su universo. Parece seguir la máxima de Novalis “Nada es más accesible al espíritu que el infinito” pues “todo lo visible se relaciona con lo invisible”.

La percepción de Graciela Iturbide es lírica porque nos deja penetrar en un sitio donde la metáfora cobra forma: lo que se ve es una posibilidad de lo que está o de lo que fue. Como si un anhelo íntimo de vida transcurriera en sus imágenes. Así, estas fotografías, dan testimonio de un advenimiento, la llegada de algo o de alguien, que nos hacen presentir que hay un mundo más allá de nuestras simples ansias de ver. El poder metafórico de estas imágenes, evoca, provoca y convoca a nuestra imaginación al punto de la revelación. Ver para contar. Narrar lo que está sucediendo en las entrañas de la vida. Ver para ser, para volver a mirar o mirarnos y encontrar un punto de la verdad en cada uno de nosotros.

Lo que Graciela Iturbide nos otorga es una forma de conocimiento de lo humano, aun en sus paisajes o en sus retratos de objetos, en donde la imagen tiene su poderío a partir del silencio o de una ausencia, en lo más íntimo cargado de significado, en donde la quietud se vuelve presencia. Pareciera captar lo que es imperceptible, “lo otro” en la intemporalidad, el trasmundo pleno de seres y sombras, donde no hay una definición única de la realidad. Hay una analogía natural entre la vida y la muerte, entre el silencio y el bullicio. Momentos que surgen del asombro y la lucidez, de un pensamiento capaz de mirar sin prejuicios.

Graciela Iturbide se atreve a mostrarnos la trágica condición de la existencia como si así pudiéramos acercarnos a la esencia de las cosas, los animales, los lugares y las personas. Su ruta es lo que su ojo vislumbra en la cámara, a veces en la pureza que da lo irreal o imaginario. Su observación es fascinante: las situaciones cotidianas, los mínimos gestos, las angustias indecibles o la felicidad y el contento, son motivo de su peregrinaje e interés. Nada parece ser insignificante para ella. A través de su ojo todo se pone en marcha en la combustión de la imaginación: las aves vuelan, los perros escarban, las iguanas se yerguen, los hombres cantan, las mujeres ríen y gozan, las sombras pasan, se detienen, nos dejan al borde del anhelo. Varias de sus imágenes transitan en una leve línea entre el sueño y la vigilia, se convierten en el acontecer de la vida misma como realidad posible dotada de una nueva significación, un tiempo que es el tiempo de quien mira.

En estas imágenes el mundo exterior y el interior se identifican con una fuerza tal que parece que la fotógrafa todo lo reconcilia, mezcla su propio recorrido con la naturaleza porque su lectura del mundo no sucede desde la simple contemplación, sino desde el silencio y el asombro. Pero también desde el olvido, porque Graciela descubre y recupera en sus contactos mucho de lo que vio sin ver, esto es, de lo que sucedió a través de su cámara. “La cámara es un pretexto para conocer el mundo”, dice.

Pequeñas escenas, breves ficciones, historias de una intimidad tan particular que nos permiten elucubrar la biografía de cada una de las fotos. Así, en ciertas imágenes podemos ver más lo simbólico y lo imaginario: en El cuidador de pájaros, con las aves en pleno vuelo, lo observamos a él con dos alas en sus hombros como si estuviera a punto de elevarse; en la Mujer ángel, fotografía que Graciela tomó al bajar de una cueva donde había pinturas rupestres en el desierto de Sonora, nos permite pensar en el arrebato del tiempo y la belleza de esta mujer seri que pasa sosteniendo una grabadora como si fuera una visión; en el Pájaro y la camisa tomada en Khajuraho, India, donde se evocan la serenidad y el desamparo; en la de Claudia; en la del hombre que pasa sosteniendo un marco por las calles del centro de la ciudad de México; en la de los corsés de Frida Kahlo como si estuvieran a la espera de su cuerpo y en la de los pies de Graciela, que se notan lastimados, en la tina de Frida; en la de la bicicleta de la cual cuelgan trágicamente los gallos; en la de los perros salvajes en la soledad de un páramo en Ragastán, India; en la de Nuestra señora de las iguanas, emblemática y legendaria por esa fuerza única que parece emerger del silencio; o en la Radiografía de un pájaro junto a una mano que sostiene a otro pájaro más.

Ciertas fotografías cuentan con personajes muy peculiares que nos permiten ver pequeños acontecimientos de la vida cotidiana o fragmentos de una realidad tan distinta como plena en misterio, como es el caso de la Sanadora; o de La fiesta del lagarto que está representada en un cartel en Juchitán con los elementos necesarios para el festejo: la bebida, las mujeres bien vestidas con todo el oro encima, el lagarto, el estero y los borracho; o en la mujer que pasa cargando pollos junto a una pared chorreada de pintura; o en las Cholas con Zapata y Villa, mujeres sordomudas, amigas de Graciela que le pidieron las retratara con “los mariachis”: Zapata, Villa y Juárez en un barrio de Los Ángeles; o en la Conversación entre mujeres juchitecas, en la fiesta del rapto en donde se le quita la virginidad a una jovencita y se celebra con canciones eróticas, coronas de flores, mucha comida y alcohol, mientras otras echan las tortillas en el comal. Las mujeres en estas fotografías son plenas, fuertes, hermosas, como en la de Na Lupe, la panadera del pueblo de Juchitán que quiso ser fotografiada debajo de un grafitti; o la mujer que lleva una bandera en un Mitin político o la del vestido negro que parece bailar en pleno desfile o la de Magnolia, un muxe que le pidió su retrato en la cantina en la que trabajaba; o las tres mujeres de luto cuyos rostros revelan el dolor y el duelo; o en la Vendedora de pollos, que parece mirarnos desde lo más profundo de su propia historia. Y luego está la feliz Pareja en Panamá y la del General Omar Torrijos que denota toda la fuerza expresiva de su personalidad. Hay otras como la Semana Santa, el Pequeño ángel mexicano y La Muerte novia que fueron tomadas en Chalma durante la fiesta de San Miguel, que nos muestran el espacio de lo religioso y la celebración. La fotografía de su maestro Manuel Álvarez Bravo, plena en tiempo y observación, y los autorretratos tan sugerentes reconstruyen su propio fundamento: ver al que ve.

Graciela Iturbide tiene un estilo personal, intenso y único en sus imágenes, que nos hace recordarlas siempre y querer volver a ellas, quizás porque nos ayudan a comprender que no hay que temerle al abismo.

http://ruizhealyart.com/

Texto de María Baranda
Cortesía de Ruiz-Healy Art, San Antonio

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