1
La voz nos acompaña desde el nacimiento, pero basta escucharla para que se vuelva extranjera. Me acuerdo de una profesora de inglés que me grabó para hacer un ejercicio. De un aparato negro, no más grande que una mano, salió mi voz como hablada por otrx. Descubrí que mis cuerdas vocales producían un sonido del que no estaba al tanto. Se trataba de una advertencia, porque en esa voz nada era derecho, masculino, poderoso, asertivo o heroico. Reaccioné con desconfianza: la grabadora distorsiona, no es fiel. El evento me ponía en un lugar indefinido. La carne es un privilegio ambiguo: visión única del mundo, pero también ceguera hacia adentro. Frente a mi profesora de inglés, no pude parar de reír; no es posible, repetía yo, mirando la cajita negra en la que ella apretaba el botón para rebobinar. Mi voz iba para atrás y para adelante, como un monstruo sobre su hamaca.
2
Marginal o puesto al costado. Eso imagino que significa subalternx. Investigo y encuentro que Antonio Gramsci propuso el término. “La historia de los grupos sociales subalternos”, escribe en el cuaderno de cárcel número 25, “es necesariamente disgregada y episódica” [1]. La causa de esta fragmentación es la iniciativa de los grupos dominantes. Varios diccionarios equiparan subalternx a subordinadx. Pero no estoy de acuerdo. Por más similitud de prefijos, subordinadx es un participio de pasado pasivo, indica que algo o alguien recibe una acción. Un individuo subalterno es una alternativa. Podría en cualquier momento hacerle una zancadilla al poder.
3
Acabo de terminar Música para los muertos y los resucitados de Valzhyna Mort, que nació en Minsk y con veintipico se asentó en Estados Unidos. Su poesía construye una voz que mira, como describía Alejandra Pizarnik en su diario, con dos ojos: uno que ve lo que tiene delante y otro que se extravía. “No fueron los libros, sino / una calle la que abrió mi boca como una espátula clínica. // Una tras otra, las calles se presentan / con nombres de asesinos / nacionales” (“Parada de bus: Ars poetica”) [2]. Valzhyna escribe sobre sí misma y tropieza con la memoria familiar, con la cartera de su abuela, que sobrevivió siete guerras y guarda partidas de nacimiento y chocolate.
4
“Como una propietaria / patrullo por las tumbas / buscando conservar / los lujosos inmuebles / de mi familia” [3], dice la voz en el primer poema, dedicado a Antígona. Aparte de la familia de la poeta, el acotado dramatis personae del libro también incluye a Caín, en el tercer poema, “Génesis”. Tanto una como el otro son alternativas a la autoridad. Antígona se opone a la ley de los hombres, personificada en su tío Creonte, que quiere dejar el cuerpo de Polinices yacer a merced de los pájaros. Caín se opone al favoritismo de Yahveh, que prefiere las ofrendas de Abel, y mata a éste último. Ambos personajes entierran a un hermano. Valzhyna recupera la pregunta que Yahveh le hace a Caín y escribe: “¿No somos acaso / los guardianes de nuestros muertos?”. [4]
5
Busco una entrevista. Pese a que detesto los biografismos, siempre tengo la esperanza del sentido. No porque una biografía sea capaz de producir algún tipo de obra. Sólo porque hay un puente invisible entre experiencia y escritura. Me encuentro con la voz de Valzhyna en inglés, la música de su habla en la que conviven varias lenguas. En el poema “Música para voz de chica y bisonte”, la voz cuenta que en Roma tenía el hábito de llevar libros en ruso cuando iba a la piscina. En los vestuarios, “yo abría mi libro y mostraba el alfabeto de mi idioma, la tinta erizada de sus signos retorcidos e insólitos” [5]. En el poema, las letras se vuelven cromosomas y virus al mismo tiempo, lugar de identidad pero también herencia. Cada palabra trae su fantasma. El alfabeto, que traduce música en imagen, hace circular la infección. Por otro lado, los relatos y su cadencia viajan de una generación a la siguiente y, aunque el tiempo parezca diluir, nunca dejamos de bañarnos con los muertos. “Un hueso es una llave hacia mi matria” (“Intento de genealogía”) [6]. La poesía junta lo disgregado, dice Valzhyna en la entrevista. Recuerdo el poema de Mallarmé en homenaje a Poe: “Ellxs, como un vil espasmo de hidra que alguna vez oyó al ángel / dar un sentido más puro a las palabras de la tribu…” [7]. El ángel —o el poeta— incomoda a la tribu, su alternativa lingüística pone en peligro las jerarquías, el orden, el futuro al que, según la autoridad, sólo es posible llegar cuando todxs trabajan adecuadamente. La tribu reacciona con prohibiciones, castigos y exilios. Para lxs usuarixs de una lengua, desobedecer la herencia es hacer política.
6
Si la vida me interesa, me interesa lo mismo o más la manera de contarla. Sobre el principio de la escritura, Valzhyna dice que fue a los cuatro años. No podía dormir debido a la fiebre, así que la abuela le preguntó si quería ver la noche. La llevó en brazos hasta la ventana, corrió una cortina de gasa y de pronto apareció la primera luna llena, la primera oscuridad. La niña respondió con una rima. La explosión de Chernobyl había sucedido unos meses antes, pero ellas no lo sabían. Más allá de la anécdota, me pregunto por el valor de una voz, por el poder de una pregunta. ¿Querés ver la noche? Y decir la palabra noche que no significó lo mismo una vez que se corrió la cortina de gasa. La profesora de inglés que me sacó la voz también hizo de principio. Me leyó un texto suyo en el que nevaba, el narrador estaba en un café. De pronto, una persona albina abría la puerta y todxs se daban vuelta para observarla. El narrador giraba la cabeza como una tuerca y algo en su mirada se parecía a la nieve de afuera. Valzhyna también describe a las mujeres en el vestuario rotando como un aparato de relojería. Sigo pensando en el texto de mi profesora porque gracias a él aprendí que las palabras podían tener filo, temperatura, espesor. Se podía hacer cosas con ellas y podían hacerme cosas a mí.
Sigue leyendo este ensayo en nuestro reader II de nuestra residencia el cantar del caos mundo: comenzar el desvío, pronto en librerías.
[1]Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel. Tomo 1, 2, 3, 4, 5, 6 (Ciudad de México: Ediciones Era/Institución Gramsci, 1981), 178; [2]Valzhyna Mort, Música para los muertos y resucitados (Barcelona: La Bella Varsovia, 2024), 15; [3]Ibid., 11; [4]Ibid., 23; [5]Ibid., 182; [6]Ibid., 43; [7]Stéphane Mallarmé, Poesía (Barcelona: Plaza y Janés, 1982), 132. Traducción del autor.

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La voz nos acompaña desde el nacimiento, pero basta escucharla para que se vuelva extranjera. Me acuerdo de una profesora de inglés que me grabó para hacer un ejercicio. De un aparato negro, no más grande que una mano, salió mi voz como hablada por otrx. Descubrí que mis cuerdas vocales producían un sonido del que no estaba al tanto. Se trataba de una advertencia, porque en esa voz nada era derecho, masculino, poderoso, asertivo o heroico. Reaccioné con desconfianza: la grabadora distorsiona, no es fiel. El evento me ponía en un lugar indefinido. La carne es un privilegio ambiguo: visión única del mundo, pero también ceguera hacia adentro. Frente a mi profesora de inglés, no pude parar de reír; no es posible, repetía yo, mirando la cajita negra en la que ella apretaba el botón para rebobinar. Mi voz iba para atrás y para adelante, como un monstruo sobre su hamaca.
2
Marginal o puesto al costado. Eso imagino que significa subalternx. Investigo y encuentro que Antonio Gramsci propuso el término. “La historia de los grupos sociales subalternos”, escribe en el cuaderno de cárcel número 25, “es necesariamente disgregada y episódica” [1]. La causa de esta fragmentación es la iniciativa de los grupos dominantes. Varios diccionarios equiparan subalternx a subordinadx. Pero no estoy de acuerdo. Por más similitud de prefijos, subordinadx es un participio de pasado pasivo, indica que algo o alguien recibe una acción. Un individuo subalterno es una alternativa. Podría en cualquier momento hacerle una zancadilla al poder.
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Acabo de terminar Música para los muertos y los resucitados de Valzhyna Mort, que nació en Minsk y con veintipico se asentó en Estados Unidos. Su poesía construye una voz que mira, como describía Alejandra Pizarnik en su diario, con dos ojos: uno que ve lo que tiene delante y otro que se extravía. “No fueron los libros, sino / una calle la que abrió mi boca como una espátula clínica. // Una tras otra, las calles se presentan / con nombres de asesinos / nacionales” (“Parada de bus: Ars poetica”) [2]. Valzhyna escribe sobre sí misma y tropieza con la memoria familiar, con la cartera de su abuela, que sobrevivió siete guerras y guarda partidas de nacimiento y chocolate.
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“Como una propietaria / patrullo por las tumbas / buscando conservar / los lujosos inmuebles / de mi familia” [3], dice la voz en el primer poema, dedicado a Antígona. Aparte de la familia de la poeta, el acotado dramatis personae del libro también incluye a Caín, en el tercer poema, “Génesis”. Tanto una como el otro son alternativas a la autoridad. Antígona se opone a la ley de los hombres, personificada en su tío Creonte, que quiere dejar el cuerpo de Polinices yacer a merced de los pájaros. Caín se opone al favoritismo de Yahveh, que prefiere las ofrendas de Abel, y mata a éste último. Ambos personajes entierran a un hermano. Valzhyna recupera la pregunta que Yahveh le hace a Caín y escribe: “¿No somos acaso / los guardianes de nuestros muertos?”. [4]
5
Busco una entrevista. Pese a que detesto los biografismos, siempre tengo la esperanza del sentido. No porque una biografía sea capaz de producir algún tipo de obra. Sólo porque hay un puente invisible entre experiencia y escritura. Me encuentro con la voz de Valzhyna en inglés, la música de su habla en la que conviven varias lenguas. En el poema “Música para voz de chica y bisonte”, la voz cuenta que en Roma tenía el hábito de llevar libros en ruso cuando iba a la piscina. En los vestuarios, “yo abría mi libro y mostraba el alfabeto de mi idioma, la tinta erizada de sus signos retorcidos e insólitos” [5]. En el poema, las letras se vuelven cromosomas y virus al mismo tiempo, lugar de identidad pero también herencia. Cada palabra trae su fantasma. El alfabeto, que traduce música en imagen, hace circular la infección. Por otro lado, los relatos y su cadencia viajan de una generación a la siguiente y, aunque el tiempo parezca diluir, nunca dejamos de bañarnos con los muertos. “Un hueso es una llave hacia mi matria” (“Intento de genealogía”) [6]. La poesía junta lo disgregado, dice Valzhyna en la entrevista. Recuerdo el poema de Mallarmé en homenaje a Poe: “Ellxs, como un vil espasmo de hidra que alguna vez oyó al ángel / dar un sentido más puro a las palabras de la tribu…” [7]. El ángel —o el poeta— incomoda a la tribu, su alternativa lingüística pone en peligro las jerarquías, el orden, el futuro al que, según la autoridad, sólo es posible llegar cuando todxs trabajan adecuadamente. La tribu reacciona con prohibiciones, castigos y exilios. Para lxs usuarixs de una lengua, desobedecer la herencia es hacer política.
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Si la vida me interesa, me interesa lo mismo o más la manera de contarla. Sobre el principio de la escritura, Valzhyna dice que fue a los cuatro años. No podía dormir debido a la fiebre, así que la abuela le preguntó si quería ver la noche. La llevó en brazos hasta la ventana, corrió una cortina de gasa y de pronto apareció la primera luna llena, la primera oscuridad. La niña respondió con una rima. La explosión de Chernobyl había sucedido unos meses antes, pero ellas no lo sabían. Más allá de la anécdota, me pregunto por el valor de una voz, por el poder de una pregunta. ¿Querés ver la noche? Y decir la palabra noche que no significó lo mismo una vez que se corrió la cortina de gasa. La profesora de inglés que me sacó la voz también hizo de principio. Me leyó un texto suyo en el que nevaba, el narrador estaba en un café. De pronto, una persona albina abría la puerta y todxs se daban vuelta para observarla. El narrador giraba la cabeza como una tuerca y algo en su mirada se parecía a la nieve de afuera. Valzhyna también describe a las mujeres en el vestuario rotando como un aparato de relojería. Sigo pensando en el texto de mi profesora porque gracias a él aprendí que las palabras podían tener filo, temperatura, espesor. Se podía hacer cosas con ellas y podían hacerme cosas a mí.
Sigue leyendo este ensayo en nuestro reader II de nuestra residencia el cantar del caos mundo: comenzar el desvío, pronto en librerías.
[1]Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel. Tomo 1, 2, 3, 4, 5, 6 (Ciudad de México: Ediciones Era/Institución Gramsci, 1981), 178; [2]Valzhyna Mort, Música para los muertos y resucitados (Barcelona: La Bella Varsovia, 2024), 15; [3]Ibid., 11; [4]Ibid., 23; [5]Ibid., 182; [6]Ibid., 43; [7]Stéphane Mallarmé, Poesía (Barcelona: Plaza y Janés, 1982), 132. Traducción del autor.