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Ser de viento: extractivismo y despojo en Ranchu Gubiña
Dell Alvarado
México
2026.02.25
Tiempo de lectura: 5 minutos

En Ranchu Gubiña [1], el viento no es sólo un fenómeno natural: es una fuerza constante que atraviesa nuestras calles, dobla árboles y silba entre las rendijas de nuestras casas. Crecí escuchando su fuerza; su presencia es parte de nuestra vida, como el diidxazá [2]. El viento me recuerda que habitamos un territorio vivo y su movimiento me invita a pensar en lo que no se puede atrapar; pero hay quienes lo miran distinto: donde yo veo vida, ellxs ven un recurso renovable.

Desde hace varios años, han llegado empresas españolas como Renovalia Energy, Siemens Gamesa Renewable Energy y Electricité de France —esta última, de origen francés—, aún con intenciones de ingresar a nuestro territorio, diciendo que nuestro viento es energía verde, que nuestro territorio les pertenece y las decisiones sobre nuestras tierras se toman lejos de nuestras voces. Ahora nos llaman territorio de recursos y no de personas; nos dibujan como un mapa de corrientes y no como un tejido de vida. Para mí, el viento sigue siendo sagrado: no se vende, es el vínculo con mi tierra y un derecho que debemos defender, narrar y cuidar para que siga siendo libre y no sólo energía cautiva para otrxs que no son gubiñas [3]

Nací y crecí en Unión Hidalgo, al sur de la capital oaxaqueña, en el seno de una familia binnizá [4], de padres y abuelxs hablantes del diidxazá. De mis tres hermanxs, fui la única que quiso salir de la región a estudiar la universidad, motivada principalmente por mi papá, quien decía que la comunidad ya no tenía cómo ayudarme y que debía salir para después regresar a ofrecer algo. Al ser criada bajo la cotidianidad del diidxazá, mi forma de hablar siempre fue diferente; aunque mi español era perfecto mi acento me recordaba que no pertenecía a ese nuevo lugar. Ahí comprendí lo importante que era hablar y pensar desde el diidxazá. Nombrarme desde mi lengua, a través de mi práctica artística, ha sido un acto de resistencia que me conecta con ser binnizá y la memoria colectiva de mi comunidad.

La relación con el territorio inició cuando tenía ocho años, aunque entonces no lo sabía. Mis padres, mis hermanxs y yo teníamos estancias largas en el rancho; seguir enjambres de luciérnagas por los potreros era la actividad que más disfrutaba. El gusto por el campo lo heredé de mi madre, quien de niña recorrió esta misma zona para recolectar caña, mango, jitomate, pepino, melón, plátano, calabaza, elotes y ajonjolí que su padre sembraba. Yo, en cambio, caminé con mi papá en un campo al norte del pueblo, donde sembraba y le ayudaba a recolectar ejotes. Nunca imaginé que esos recorridos de infancia se convertirían más tarde en el centro de mi práctica como artista.

Mis primeros recorridos los hice en lo que ahora conocemos como la zona eólica. Mi hermano me llevaba con la condición de cargar bidoola [5], que preparábamos en casa y que después lanzaba con la resortera. Estos recorridos fueron en compañía de nuestrxs amigxs Ángel y Raquel. No estoy segura si iban otrxs niñxs, pero recuerdo bien esos campos con árboles de bezayaga [6] y guichi´bidorre [7]. Ahora, al caminar por ese mismo lugar, es evidente el cambio del paisaje. Donde antes había árboles, ahora hay ventiladores; y lo que antes era campo, ahora está cercado con letreros que advierten “propiedad privada”.

Los parques eólicos llegaron al Istmo de Tehuantepec hace veinte años, y en el 2011 se instaló el primero en los terrenos del pueblo, sin consultar a la comunidad y bajo la promesa de mejorar la vida y la infraestructura. Esas promesas nunca se cumplieron y, en cambio, nos llegó el ruido de las turbinas, la fragmentación del tejido social y una nueva forma de despojo impulsado por el neocolonialismo energético.

De este contexto surge Layú biza´bi - Tierra prometida, propuesta que se desarrolló durante el periodo de 2021 a 2023 en dos etapas: la primera, bajo una producción de archivo personal que se transformó en un archivo colectivo, donde los saberes, datos e imágenes de habitantes de la comunidad se sumaron; la segunda, en la producción de obra pictórica, en el contexto de la lucha por la defensa del territorio. Esta investigación fue motivada por el interés en el aire como recurso explotado que, a pesar de su invisibilidad, se volvió objeto de apropiación y disputa de nuestro territorio. Sin embargo, fue un mapa agrario del territorio el que cambió mi percepción sobre el tema. Al observar que los límites de la comunidad estaban trazados por cerros, y consultando otros mapas, descubrí que estos omitían las tierras comunales y otros cerros. Además, la representación del territorio no coincidía con la del mapa agrario elaborado por los comuneros; comprendí, entonces, que la cartografía no es más que un instrumento del estado para representar fronteras y territorios ocupados de una forma imparcial, como un dispositivo que ordena y define los modos de habitar.

Continúa leyendo este ensayo en nuestro reader II de nuestra residencia el cantar del caos mundo: comenzar el desvío, pronto en librerías.

 

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Créditos: Fotografía análoga por Angy de la Rosa como parte del registro documental de El Cantar del Caos-Mundo, Travesías Terremoto, 2025. República Dominicana.

Notas:

[1]Nombre con el que también se le reconoce a la comunidad de Unión Hidalgo, Oaxaca (México); [2]Lengua nube (zapoteco); [3]Gentilicio para lxs habitantes de Unión Hidalgo, Ranchu Gubiña; [4]Gente de las nubes (zapotecas); [5] Bolas de lodo, actividad lúdica de las infancias binnizá; [6]Huanacaxtle o parota; [7]Guichi'bidorre se traduce literalmente como "espina de cuerno" o "cuernecillo", lo que describe la apariencia de esta planta en la región del Istmo de Tehuantepec, Oaxaca.

 

 

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En Ranchu Gubiña [1], el viento no es sólo un fenómeno natural: es una fuerza constante que atraviesa nuestras calles, dobla árboles y silba entre las rendijas de nuestras casas. Crecí escuchando su fuerza; su presencia es parte de nuestra vida, como el diidxazá [2]. El viento me recuerda que habitamos un territorio vivo y su movimiento me invita a pensar en lo que no se puede atrapar; pero hay quienes lo miran distinto: donde yo veo vida, ellxs ven un recurso renovable.

Desde hace varios años, han llegado empresas españolas como Renovalia Energy, Siemens Gamesa Renewable Energy y Electricité de France —esta última, de origen francés—, aún con intenciones de ingresar a nuestro territorio, diciendo que nuestro viento es energía verde, que nuestro territorio les pertenece y las decisiones sobre nuestras tierras se toman lejos de nuestras voces. Ahora nos llaman territorio de recursos y no de personas; nos dibujan como un mapa de corrientes y no como un tejido de vida. Para mí, el viento sigue siendo sagrado: no se vende, es el vínculo con mi tierra y un derecho que debemos defender, narrar y cuidar para que siga siendo libre y no sólo energía cautiva para otrxs que no son gubiñas [3]

Nací y crecí en Unión Hidalgo, al sur de la capital oaxaqueña, en el seno de una familia binnizá [4], de padres y abuelxs hablantes del diidxazá. De mis tres hermanxs, fui la única que quiso salir de la región a estudiar la universidad, motivada principalmente por mi papá, quien decía que la comunidad ya no tenía cómo ayudarme y que debía salir para después regresar a ofrecer algo. Al ser criada bajo la cotidianidad del diidxazá, mi forma de hablar siempre fue diferente; aunque mi español era perfecto mi acento me recordaba que no pertenecía a ese nuevo lugar. Ahí comprendí lo importante que era hablar y pensar desde el diidxazá. Nombrarme desde mi lengua, a través de mi práctica artística, ha sido un acto de resistencia que me conecta con ser binnizá y la memoria colectiva de mi comunidad.

La relación con el territorio inició cuando tenía ocho años, aunque entonces no lo sabía. Mis padres, mis hermanxs y yo teníamos estancias largas en el rancho; seguir enjambres de luciérnagas por los potreros era la actividad que más disfrutaba. El gusto por el campo lo heredé de mi madre, quien de niña recorrió esta misma zona para recolectar caña, mango, jitomate, pepino, melón, plátano, calabaza, elotes y ajonjolí que su padre sembraba. Yo, en cambio, caminé con mi papá en un campo al norte del pueblo, donde sembraba y le ayudaba a recolectar ejotes. Nunca imaginé que esos recorridos de infancia se convertirían más tarde en el centro de mi práctica como artista.

Mis primeros recorridos los hice en lo que ahora conocemos como la zona eólica. Mi hermano me llevaba con la condición de cargar bidoola [5], que preparábamos en casa y que después lanzaba con la resortera. Estos recorridos fueron en compañía de nuestrxs amigxs Ángel y Raquel. No estoy segura si iban otrxs niñxs, pero recuerdo bien esos campos con árboles de bezayaga [6] y guichi´bidorre [7]. Ahora, al caminar por ese mismo lugar, es evidente el cambio del paisaje. Donde antes había árboles, ahora hay ventiladores; y lo que antes era campo, ahora está cercado con letreros que advierten “propiedad privada”.

Los parques eólicos llegaron al Istmo de Tehuantepec hace veinte años, y en el 2011 se instaló el primero en los terrenos del pueblo, sin consultar a la comunidad y bajo la promesa de mejorar la vida y la infraestructura. Esas promesas nunca se cumplieron y, en cambio, nos llegó el ruido de las turbinas, la fragmentación del tejido social y una nueva forma de despojo impulsado por el neocolonialismo energético.

De este contexto surge Layú biza´bi - Tierra prometida, propuesta que se desarrolló durante el periodo de 2021 a 2023 en dos etapas: la primera, bajo una producción de archivo personal que se transformó en un archivo colectivo, donde los saberes, datos e imágenes de habitantes de la comunidad se sumaron; la segunda, en la producción de obra pictórica, en el contexto de la lucha por la defensa del territorio. Esta investigación fue motivada por el interés en el aire como recurso explotado que, a pesar de su invisibilidad, se volvió objeto de apropiación y disputa de nuestro territorio. Sin embargo, fue un mapa agrario del territorio el que cambió mi percepción sobre el tema. Al observar que los límites de la comunidad estaban trazados por cerros, y consultando otros mapas, descubrí que estos omitían las tierras comunales y otros cerros. Además, la representación del territorio no coincidía con la del mapa agrario elaborado por los comuneros; comprendí, entonces, que la cartografía no es más que un instrumento del estado para representar fronteras y territorios ocupados de una forma imparcial, como un dispositivo que ordena y define los modos de habitar.

Continúa leyendo este ensayo en nuestro reader II de nuestra residencia el cantar del caos mundo: comenzar el desvío, pronto en librerías.

 

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Créditos: Fotografía análoga por Angy de la Rosa como parte del registro documental de El Cantar del Caos-Mundo, Travesías Terremoto, 2025. República Dominicana.

Notas:

[1]Nombre con el que también se le reconoce a la comunidad de Unión Hidalgo, Oaxaca (México); [2]Lengua nube (zapoteco); [3]Gentilicio para lxs habitantes de Unión Hidalgo, Ranchu Gubiña; [4]Gente de las nubes (zapotecas); [5] Bolas de lodo, actividad lúdica de las infancias binnizá; [6]Huanacaxtle o parota; [7]Guichi'bidorre se traduce literalmente como "espina de cuerno" o "cuernecillo", lo que describe la apariencia de esta planta en la región del Istmo de Tehuantepec, Oaxaca.