Introducción: de la negación al grito enunciativo.
La República Dominicana se erige sobre un silencio estruendoso. A pesar de ser una nación forjada en la experiencia del Caribe, con una innegable matriz africana, su narrativa histórica oficial ha transitado por décadas de negación y blanqueamiento ideológico. Así, el presente texto aborda la urgencia de confrontar esta historia negra no oficializada, aquellos relatos que el Estado deliberadamente omite, disfraza o estigmatiza, contraviniendo los derechos culturales de la población afrodescendiente.
No se trata meramente de olvido, sino de un acto consciente de desmemoria oficializada que busca mantener una jerarquía racial y cultural [1]. Esta negación es un mecanismo de defensa ideológica que, al mismo tiempo, proyecta la negritud hacia un "otro" temido: el haitiano.
El trabajo se sitúa en la intersección del Caribe geográfico e imaginario, proponiendo una zambullida hacia la fuerza de enunciar la existencia negra desde la perspectiva y el deseo de la propia gente negra. Como señala Fanon, la descolonización es un proceso violento que debe derribar las estructuras psicológicas y culturales impuestas por el colonizador [2]. La violencia cultural se traduce en la persistencia del antihaitianismo, que actúa como mecanismo de autonegación de la propia negritud dominicana.
En mi labor de investigación, he sostenido que la historia nacional dominicana se ha edificado sobre una paradoja dolorosa: la negación del otro como estrategia para negarse a sí mismx. Es a partir de este análisis que he conceptualizado la figura del "haitiano imaginario", un constructo ideológico que desplaza la negritud hacia el "otro" para intentar preservar una identidad oficial blanqueada y artificial [3]. Esta arquitectura de la desmemoria no sólo busca estigmatizar al vecino, sino que amputa la raíz africana de nuestra propia dominicanidad. Al observar esta realidad, encuentro un eco profundo en la poesía de Pedro Mir: cuando él describe a un país sumido en la invisibilidad y el dolor, está denunciando, desde la lírica, ese mismo trauma fundacional que hoy sigo rastreando: el de una nación que silencia su verdadera historia para habitar una identidad de sombras [4].
En las próximas líneas me propongo cuestionar la mirada hegemónica sobre la cual se ha edificado la percepción del Caribe, un espacio donde, como afirma Fernando Ortiz, al hablar de la transculturación cubana, las raíces africanas son ineludibles [5]. Se busca trascender el cliché caribeño para explorar el profundo sentimiento descolonial que palpita en las prácticas cotidianas, los rituales y los saberes ancestrales.
Los cinco ejes temáticos que guiarán esta exploración son: Historia cultural afrodescendiente, Alimentación y cocina, Aportes de las mujeres negras, Ritualidades y saberes ancestrales, y Patrimonio vivo como categoría negada.
La enunciación de la negritud descolonial
Desde mi perspectiva, la enunciación de la negritud descolonial no es un simple ejercicio de autorreconocimiento étnico, sino una aptitud política y existencial que opera como una ruptura del silencio histórico. Esta aptitud consiste en la capacidad del sujeto afrodescendiente para reclamar su derecho a nombrar la realidad desde sus propias categorías, desplazando la mirada colonial que lo ha definido durante siglos. Como sostengo en mis investigaciones, en el contexto dominicano esta enunciación es un acto de insurgencia contra el "haitiano imaginario", ya que al decir "yo soy negro", el sujeto desmantela la ficción del blanqueamiento estatal que intenta ocultar la matriz africana bajo eufemismos raciales.
En la práctica, esta aptitud opera mediante la politización de lo cotidiano y la revalorización de lo que el poder ha calificado como "marginal". Por ejemplo, cuando una comunidad de cofradía defiende el toque de atabales no como un espectáculo folclórico, sino como un sistema de vida y comunicación espiritual, está ejerciendo una enunciación descolonial. Opera también en la estética y el cuerpo; el rechazo a los estándares de belleza eurocéntricos es una manifestación de lo que Frantz Fanon describió como el proceso de despojo de las "máscaras blancas" impuestas por el colonizador [6]. Es una facultad que transforma el caos-mundo del Caribe en un espacio de soberanía donde la memoria ancestral se vuelve la herramienta principal para la reconstrucción del ser.
Los estudiosos del giro decolonial plantean que este tipo de enunciación es fundamental para lo que se conoce como la desobediencia epistémica. Autorxs como Walter Mignolo sugieren que el conocimiento no es universal, sino que está situado; por lo tanto, la enunciación desde la negritud permite cuestionar quién tiene el poder de producir la "verdad" histórica. [7]
Asimismo, Rita Segato argumenta que esta reafirmación es vital para contrarrestar la "crueldad colonial" que opera despojando a los sujetos de su propia sensibilidad y raíces [8]. En definitiva, la enunciación descolonial es el eje que permite que la población afrodominicana pase de ser un objeto de estudio silenciado a ser el arquitecto de su propia reparación histórica y cultural.
El desarrollo de este texto se centra en cinco temáticas interconectadas que, juntas, componen un mapa de la persistencia negra en el tejido social dominicano, desafiando el discurso oficial.
Historia cultural afrodescendiente: reclamando la memoria sepultada
a) La historia como archivo de resistencia: La historia dominicana se inicia con la violencia fundacional de la esclavitud africana. La narrativa oficial ha privilegiado el mito de la hispanidad, un mecanismo que, según Franklin Franco, ha servido históricamente para justificar la exclusión y la negación racial [9]. A través de estos mecanismos la memoria histórica subalterna persiste fuera de los archivos oficiales. Los levantamientos de esclavizadxs y la resistencia cimarrona, como documenta la historiografía crítica, son los verdaderos hitos de la libertad, aunque el Estado los mantenga en la sombra.
b) Del folclore al sistema de vida: La negación opera en la categorización. Lo que es etiquetado como folclore, la gente negra lo nombra como sistema de vida, ritual o identidad. El concepto de cultura oficial busca estetizar la negritud, despolitizándola. Fanon demandaba la toma de conciencia del pasado para la liberación. La historia afrodescendiente, desde esta perspectiva, es un archivo de resistencia y creación cultural. [10]
c) La musicalidad como documento sonoro: La musicalidad negra, con sus tambores y sus ritmos, es el documento sonoro inmaterial de esta historia no escrita. La etnomusicóloga Martha Ellen Davis ha documentado la complejidad de estos sistemas musicales, donde la percusión no es mero acompañamiento, sino un lenguaje de comunicación social y espiritual [11]. La estética negra, rechazada por los estándares coloniales, se convierte en un acto político de autoafirmación. Esta resistencia cultural se articula en el Caribe insular de forma similar a como lo describió Édouard Glissant con su concepto de la relación y la complejidad identitaria caribeña. [12]
Alimentación y cocina: la memoria en las pailas
a) El archivo gastronómico de la diáspora: La cocina dominicana es fundamentalmente un archivo gastronómico de la diáspora africana. Esta sección argumenta que la alimentación es un acto de patrimonio vivo y una práctica de supervivencia cultural. Esta tesis se refuerza con los estudios de Manuel Zapata Olivella, sobre la diáspora africana en América Latina, que demuestran cómo la cocina fue uno de los reservorios más fuertes de la identidad. [13]
b) En este apartado, entiendo el plátano como símbolo de trasiego: un elemento central en nuestra dieta que representa el intercambio cultural, la resistencia agrícola y la adaptabilidad. Mi análisis se apoya en un trabajo de investigación propio, que explora cómo la centralidad de este fruto demuestra la continuidad de las técnicas de cultivo y procesamiento traídas desde África [14]. Considero que este alimento, junto a otros víveres, no sólo define nuestra identidad, sino que establece una conexión profunda con el Caribe anglófono y francófono.
c) Comida de patio y enunciación comunitaria: La forma de cocinar y compartir, como el sancocho o el arte de guisar, son técnicas y saberes que cruzaron el Atlántico. La "comida de patio" resguarda los sabores de la ancestralidad y se convierte en un espacio de enunciación negra y comunitaria. La negación de estos saberes se da cuando se les etiqueta como "comida de pobre" o "rústica", despojándolos de su valor histórico, un acto de exclusión que Segato identifica como los mecanismos de la crueldad colonial que operan en lo cotidiano. [15]
Continúa leyendo este ensayo en nuestro reader II de nuestra residencia el cantar del caos mundo: comenzar el desvío, pronto en librerías.
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Créditos: Fotografía análoga por Angy de la Rosa como parte del registro documental de El Cantar del Caos-Mundo, Travesías Terremoto, 2025. República Dominicana.
[1]Rita Segato, Contra-pedagogías de la crueldad, (Buenos Aires: Prometeo Libros, 2018), 25; [2]Frantz Fanon, Los condenados de la tierra, trad. Julieta Campos (Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica, 1961), 31; [3]Jonathan De Oleo Ramos, "El haitiano imaginario en el colectivo dominicano y el antihaitianismo desbordado", en Acento (Santo Domingo, 5 de diciembre, 2024). En: https://acento.com.do/cultura/el-haitiano-imaginario-en-el-colectivo-dominicano-y-el-antihaitianismo-desbordado-9419787.html; [4]Pedro Mir, Hay un país en el mundo (Santo Domingo: Editora Taller, 1949), 11-15; [5]Fernando Ortiz, Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar (La Habana: Jesús Montero, 1940), 98-102; [6]Frantz Fanon, Piel negra, máscaras blancas (Buenos Aires: Abraxas, 1952), 45-50; [7]Walter Mignolo, Desobediencia epistémica: Retórica de la modernidad, lógica de la colonialidad y gramática de la decolonialidad (Buenos Aires: Ediciones del Signo, 2010), 12-15; [8]Segato, op. cit., 26; [9]Franklin Franco, Historia de las ideas políticas en la República Dominicana (Santo Domingo: Editora Nacional, 1975), 112-115; [10]Fanon, Los condenados de la tierra, 33; [11]Martha Ellen Davis, La otra historia: Estudios de etnomusicología dominicana (Santo Domingo: Editora de UASD, 1987), 89-94; [12]Édouard Glissant, Poética de la relación, trad. Linda María G. (Ciudad de México: Siglo XXI, 2017), 42-45; [13]Manuel Zapata Olivella, Changó, el gran putas (Bogotá: Editorial Oveja Negra, 1983), 210-215; [14]Jonathan De Oleo Ramos, Antropología del plátano (Santo Domingo: Platón Ediciones, 2024), 22; [15] Segato, op. cit., 27.
Introducción: de la negación al grito enunciativo.
La República Dominicana se erige sobre un silencio estruendoso. A pesar de ser una nación forjada en la experiencia del Caribe, con una innegable matriz africana, su narrativa histórica oficial ha transitado por décadas de negación y blanqueamiento ideológico. Así, el presente texto aborda la urgencia de confrontar esta historia negra no oficializada, aquellos relatos que el Estado deliberadamente omite, disfraza o estigmatiza, contraviniendo los derechos culturales de la población afrodescendiente.
No se trata meramente de olvido, sino de un acto consciente de desmemoria oficializada que busca mantener una jerarquía racial y cultural [1]. Esta negación es un mecanismo de defensa ideológica que, al mismo tiempo, proyecta la negritud hacia un "otro" temido: el haitiano.
El trabajo se sitúa en la intersección del Caribe geográfico e imaginario, proponiendo una zambullida hacia la fuerza de enunciar la existencia negra desde la perspectiva y el deseo de la propia gente negra. Como señala Fanon, la descolonización es un proceso violento que debe derribar las estructuras psicológicas y culturales impuestas por el colonizador [2]. La violencia cultural se traduce en la persistencia del antihaitianismo, que actúa como mecanismo de autonegación de la propia negritud dominicana.
En mi labor de investigación, he sostenido que la historia nacional dominicana se ha edificado sobre una paradoja dolorosa: la negación del otro como estrategia para negarse a sí mismx. Es a partir de este análisis que he conceptualizado la figura del "haitiano imaginario", un constructo ideológico que desplaza la negritud hacia el "otro" para intentar preservar una identidad oficial blanqueada y artificial [3]. Esta arquitectura de la desmemoria no sólo busca estigmatizar al vecino, sino que amputa la raíz africana de nuestra propia dominicanidad. Al observar esta realidad, encuentro un eco profundo en la poesía de Pedro Mir: cuando él describe a un país sumido en la invisibilidad y el dolor, está denunciando, desde la lírica, ese mismo trauma fundacional que hoy sigo rastreando: el de una nación que silencia su verdadera historia para habitar una identidad de sombras [4].
En las próximas líneas me propongo cuestionar la mirada hegemónica sobre la cual se ha edificado la percepción del Caribe, un espacio donde, como afirma Fernando Ortiz, al hablar de la transculturación cubana, las raíces africanas son ineludibles [5]. Se busca trascender el cliché caribeño para explorar el profundo sentimiento descolonial que palpita en las prácticas cotidianas, los rituales y los saberes ancestrales.
Los cinco ejes temáticos que guiarán esta exploración son: Historia cultural afrodescendiente, Alimentación y cocina, Aportes de las mujeres negras, Ritualidades y saberes ancestrales, y Patrimonio vivo como categoría negada.
La enunciación de la negritud descolonial
Desde mi perspectiva, la enunciación de la negritud descolonial no es un simple ejercicio de autorreconocimiento étnico, sino una aptitud política y existencial que opera como una ruptura del silencio histórico. Esta aptitud consiste en la capacidad del sujeto afrodescendiente para reclamar su derecho a nombrar la realidad desde sus propias categorías, desplazando la mirada colonial que lo ha definido durante siglos. Como sostengo en mis investigaciones, en el contexto dominicano esta enunciación es un acto de insurgencia contra el "haitiano imaginario", ya que al decir "yo soy negro", el sujeto desmantela la ficción del blanqueamiento estatal que intenta ocultar la matriz africana bajo eufemismos raciales.
En la práctica, esta aptitud opera mediante la politización de lo cotidiano y la revalorización de lo que el poder ha calificado como "marginal". Por ejemplo, cuando una comunidad de cofradía defiende el toque de atabales no como un espectáculo folclórico, sino como un sistema de vida y comunicación espiritual, está ejerciendo una enunciación descolonial. Opera también en la estética y el cuerpo; el rechazo a los estándares de belleza eurocéntricos es una manifestación de lo que Frantz Fanon describió como el proceso de despojo de las "máscaras blancas" impuestas por el colonizador [6]. Es una facultad que transforma el caos-mundo del Caribe en un espacio de soberanía donde la memoria ancestral se vuelve la herramienta principal para la reconstrucción del ser.
Los estudiosos del giro decolonial plantean que este tipo de enunciación es fundamental para lo que se conoce como la desobediencia epistémica. Autorxs como Walter Mignolo sugieren que el conocimiento no es universal, sino que está situado; por lo tanto, la enunciación desde la negritud permite cuestionar quién tiene el poder de producir la "verdad" histórica. [7]
Asimismo, Rita Segato argumenta que esta reafirmación es vital para contrarrestar la "crueldad colonial" que opera despojando a los sujetos de su propia sensibilidad y raíces [8]. En definitiva, la enunciación descolonial es el eje que permite que la población afrodominicana pase de ser un objeto de estudio silenciado a ser el arquitecto de su propia reparación histórica y cultural.
El desarrollo de este texto se centra en cinco temáticas interconectadas que, juntas, componen un mapa de la persistencia negra en el tejido social dominicano, desafiando el discurso oficial.
Historia cultural afrodescendiente: reclamando la memoria sepultada
a) La historia como archivo de resistencia: La historia dominicana se inicia con la violencia fundacional de la esclavitud africana. La narrativa oficial ha privilegiado el mito de la hispanidad, un mecanismo que, según Franklin Franco, ha servido históricamente para justificar la exclusión y la negación racial [9]. A través de estos mecanismos la memoria histórica subalterna persiste fuera de los archivos oficiales. Los levantamientos de esclavizadxs y la resistencia cimarrona, como documenta la historiografía crítica, son los verdaderos hitos de la libertad, aunque el Estado los mantenga en la sombra.
b) Del folclore al sistema de vida: La negación opera en la categorización. Lo que es etiquetado como folclore, la gente negra lo nombra como sistema de vida, ritual o identidad. El concepto de cultura oficial busca estetizar la negritud, despolitizándola. Fanon demandaba la toma de conciencia del pasado para la liberación. La historia afrodescendiente, desde esta perspectiva, es un archivo de resistencia y creación cultural. [10]
c) La musicalidad como documento sonoro: La musicalidad negra, con sus tambores y sus ritmos, es el documento sonoro inmaterial de esta historia no escrita. La etnomusicóloga Martha Ellen Davis ha documentado la complejidad de estos sistemas musicales, donde la percusión no es mero acompañamiento, sino un lenguaje de comunicación social y espiritual [11]. La estética negra, rechazada por los estándares coloniales, se convierte en un acto político de autoafirmación. Esta resistencia cultural se articula en el Caribe insular de forma similar a como lo describió Édouard Glissant con su concepto de la relación y la complejidad identitaria caribeña. [12]
Alimentación y cocina: la memoria en las pailas
a) El archivo gastronómico de la diáspora: La cocina dominicana es fundamentalmente un archivo gastronómico de la diáspora africana. Esta sección argumenta que la alimentación es un acto de patrimonio vivo y una práctica de supervivencia cultural. Esta tesis se refuerza con los estudios de Manuel Zapata Olivella, sobre la diáspora africana en América Latina, que demuestran cómo la cocina fue uno de los reservorios más fuertes de la identidad. [13]
b) En este apartado, entiendo el plátano como símbolo de trasiego: un elemento central en nuestra dieta que representa el intercambio cultural, la resistencia agrícola y la adaptabilidad. Mi análisis se apoya en un trabajo de investigación propio, que explora cómo la centralidad de este fruto demuestra la continuidad de las técnicas de cultivo y procesamiento traídas desde África [14]. Considero que este alimento, junto a otros víveres, no sólo define nuestra identidad, sino que establece una conexión profunda con el Caribe anglófono y francófono.
c) Comida de patio y enunciación comunitaria: La forma de cocinar y compartir, como el sancocho o el arte de guisar, son técnicas y saberes que cruzaron el Atlántico. La "comida de patio" resguarda los sabores de la ancestralidad y se convierte en un espacio de enunciación negra y comunitaria. La negación de estos saberes se da cuando se les etiqueta como "comida de pobre" o "rústica", despojándolos de su valor histórico, un acto de exclusión que Segato identifica como los mecanismos de la crueldad colonial que operan en lo cotidiano. [15]
Continúa leyendo este ensayo en nuestro reader II de nuestra residencia el cantar del caos mundo: comenzar el desvío, pronto en librerías.
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Créditos: Fotografía análoga por Angy de la Rosa como parte del registro documental de El Cantar del Caos-Mundo, Travesías Terremoto, 2025. República Dominicana.
[1]Rita Segato, Contra-pedagogías de la crueldad, (Buenos Aires: Prometeo Libros, 2018), 25; [2]Frantz Fanon, Los condenados de la tierra, trad. Julieta Campos (Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica, 1961), 31; [3]Jonathan De Oleo Ramos, "El haitiano imaginario en el colectivo dominicano y el antihaitianismo desbordado", en Acento (Santo Domingo, 5 de diciembre, 2024). En: https://acento.com.do/cultura/el-haitiano-imaginario-en-el-colectivo-dominicano-y-el-antihaitianismo-desbordado-9419787.html; [4]Pedro Mir, Hay un país en el mundo (Santo Domingo: Editora Taller, 1949), 11-15; [5]Fernando Ortiz, Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar (La Habana: Jesús Montero, 1940), 98-102; [6]Frantz Fanon, Piel negra, máscaras blancas (Buenos Aires: Abraxas, 1952), 45-50; [7]Walter Mignolo, Desobediencia epistémica: Retórica de la modernidad, lógica de la colonialidad y gramática de la decolonialidad (Buenos Aires: Ediciones del Signo, 2010), 12-15; [8]Segato, op. cit., 26; [9]Franklin Franco, Historia de las ideas políticas en la República Dominicana (Santo Domingo: Editora Nacional, 1975), 112-115; [10]Fanon, Los condenados de la tierra, 33; [11]Martha Ellen Davis, La otra historia: Estudios de etnomusicología dominicana (Santo Domingo: Editora de UASD, 1987), 89-94; [12]Édouard Glissant, Poética de la relación, trad. Linda María G. (Ciudad de México: Siglo XXI, 2017), 42-45; [13]Manuel Zapata Olivella, Changó, el gran putas (Bogotá: Editorial Oveja Negra, 1983), 210-215; [14]Jonathan De Oleo Ramos, Antropología del plátano (Santo Domingo: Platón Ediciones, 2024), 22; [15] Segato, op. cit., 27.