Contemporary Art in the Americas Arte Contemporáneo en las Américas

Canción de la voz florecida

Un proyecto de Laura Castro y Juan Canela

Centro Cultural de España en Santo Domingo Santo Domingo, República Dominicana 01/25/2019 – 03/09/2019

Canción de la voz florecida (2019). Vista de instalación. Imagen cortesía de Juan Canela

Canción de la voz florecida (2019). Vista de instalación. Fotografía porElisa Bergel Melo. Imagen cortesía de Juan Canela

Canción de la voz florecida (2019). Vista de instalación.Fotografía porElisa Bergel Melo. Imagen cortesía de Juan Canela

En 1725, Giambattista Vico publica Nueva Ciencia, una obra en la que describe la historia de los grupos humanos. En los inicios, la sociedad se regía por la sabiduría poética, que percibía el mundo y controlaba todas las acciones a través del ritual. En su desarrollo, la humanidad lentamente encuentra formas de afirmar su poder a través de la sabiduría conceptual, la habilidad de pensar científica y racionalmente, abandonando el dominio de la sabiduría poética. Vico, contemporáneo de Descartes, encara el pensamiento de la Ilustración, articulándose como un defensor de la imaginación y propone, en contraste al racionalismo cartesiano, el uso de etimologías creativas para establecer conexiones en lugar de crear distinciones.

En Vidas a la intemperie Marc Badal apunta a un conocimiento que emerge a través del mundo campesino, incidiendo en la construcción de un conocimiento encarnado en el cuerpo que percibe la realidad a través de la vista, del oído, del tacto, del olfato y del gusto. Un conocimiento que no sólo se sabe, sino que también se siente, personalizado en un cuerpo concreto y en su relación con el entorno inmediato. Badal narra, a través de las voces de sus protagonistas, la pérdida de un mundo compuesto por muchos pequeños mundos que se han ido alejando de nuestras latitudes en silencio, víctimas de un etnocidio con rostro amable.

Recuerdo una conversación mantenida hace años con un amigo pescador de la Ría de Vigo, y sus sinceras palabras de amor hacia el océano. ¿Puede haber relación más estrecha, cercana e intensa que la del marinero y el mar? Fuente de sustento, el lugar donde pasa días, donde ve amanecer y anochecer, sufre temporales y disfruta suaves brisas. Pese a los avances de la tecnología, el marinero no deja de otear el horizonte, observar las estrellas o sentir los roles del viento para “saber” cuando llegará la próxima borrasca. Mediante un inevitable pacto con lo natural, y gracias a la confianza en una sensibilidad elemental, y la capacidad de ficcionar la realidad —transformando recíprocamente naturaleza y cultura mediante sus gestos y acciones—, el marinero es capaz de aventurarse a predecir lo que está por venir.

Canción de la voz florecida es un poema de Franklin Mieses Burgos, uno de los iniciadores de la agrupación literaria Poesía Sorprendida aparecida en Santo Domingo en 1943, y en cuya obra sobresale el apego al trópico: el sol, la vegetación exuberante y el mar. Tomando sus palabras como un susurro que se escucha desde lejos pero llega bien adentro, Canción de la voz florecida reúne una serie de trabajos plásticos y poéticos que se anclan fuertemente a lo telúrico, a lo matérico, a lo corpóreo, a labores artesanales y saberes ancestrales.

Las palabras escritas de los poemas de Poesía Sorprendida se mezclan ahora con la voz de Fina Miralles (Sabadell, 1950), evidenciando irremediablemente que el ser humano es también un ser de materia natural, mientras nos adentran en espacios indefinidos donde la vida prevalece ante cualquier estructura fija. Las sencillas pero poéticas acciones de Fina Miralles en la naturaleza, sus poemas e instalaciones insisten en la unidad interna del universo natural en confrontación con el universo artificial que nace de la modificación contextual por la intervención humana. Plantas autóctonas conforman la serie de esculturas de David Meyreles (Santo Domingo, 1974) en las que las formas orgánicas de estas contrastan con la geometría de sus bases, acentuando de nuevo esa tensión entre cierta forma de percibir el mundo y la naturaleza que brota más allá de toda categorización. En esa compleja relación habitan las esculturas de Natalia Ortega Gámez (Santo Domingo, 1980), indagando en un —a veces fluido, a veces rígido— diálogo entre la naturaleza y la artesanía tradicional en distintos contextos culturales. Cápsulas (2016) es una serie de esculturas realzadas en arcilla refractaria, en las que conviven yogurt, mantequilla y musgos que con el paso de los días y el efecto de la climatología van dando forma a un proceso ingobernable. El tiempo y el territorio, presente en casi todos los trabajos de la muestra, son esenciales también en Rákal (2018), una serie de esculturas de Nara Winston y Nika Zhukova (1998, El Paso, Texas, USA/1998, San Petesburgo, Rusia) realizadas en cera, arena y materiales orgánicos que se entierran utilizando la tierra dominicana como molde, generando extrañas formas que remiten metafóricamente a cómo un lugar moldea la identidad cultural. Engel Leonardo (Baní, 1977) ha estado recorriendo, buscando e indagando durante los últimos años en distintos territorios de República Dominicana y Puerto Rico para recolectar distintos minerales y rocas que, ordenados sobre una mesa de trabajo, enfatizan nuestra relación con el suelo a un nivel material. Y de una mina vienen los bloques de sal de Lamedoras de diamantes (2016) de Ernesto Rodríguez (Santiago de los Caballeros 1964). Esculturas cuyas formas vienen definidas por los lametazos de las vacas, y cuya apariencia nos adentra en cuestiones relacionadas con la extracción, el uso o el abuso de los recursos. El territorio conforma también las esculturas y dibujos que Elena Aitzkoa (Apodaka, 1984) realiza desde una caseta de huerto situada en su pueblo, bien conocido por sus relatos mágicos. Ahí emergen una suerte de hatillos realizados con distintos materiales, objetos y textiles provenientes del contexto. Rituales envueltos, retratos del lugar relacionados con los agujeros del río, los huecos en el follaje de los árboles o los relatos de infancia. En torno a las esculturas suelen aparecer poemas, tarareos y silbidos que generan un ritual en el que la materia escultórica dialoga con la palabra y el gesto. Y más allá de territorios específicos, las xilografías de Diego Santomé (Vigo, 1966) se adentran en una lógica ineludiblemente transfronteriza. Nubes negras (2018) son una serie de imágenes de nubes realizadas con una técnica que demanda una temporalidad, una presencia física y mental, y unas formas de artesanía que desafía la aceleración contemporánea.

Consciente del contexto particular del CCESD y de su arquitectura testigo de la relación entre la historia colonial y el avance científico, las distintas propuestas desplegadas en esta exposición desconfían de los dualismos modernos, frutos de aquel relato, incidiendo en la necesidad de reconectar con lo natural y conformar un lenguaje poético a partir de un estrecho diálogo con la tierra y una intensa presencia del ser.  En una época en la cual la humanidad ha llegado a un límite con los métodos habituales de adquisición de conocimiento, debemos reevaluar sabidurías desestimadas y descubrir otras formas de abordar la situación más allá de la crítica de las creencias prevalentes. Un nuevo enfoque es necesario, uno que emerge de gestos y acciones, de momentos indefinidos con la materia, de encuentro inesperados con el tiempo, de conversaciones fragmentadas o de sabiduría poética.

https://ccesd.org/

Canción de la voz florecida (2019). Vista de instalación. Fotografía porElisa Bergel Melo. Imagen cortesía de Juan Canela

Canción de la voz florecida (2019). Vista de instalación.Fotografía porElisa Bergel Melo. Imagen cortesía de Juan Canela

Canción de la voz florecida (2019). Vista de instalación.Fotografía porElisa Bergel Melo. Imagen cortesía de Juan Canela

En 1725, Giambattista Vico publica Nueva Ciencia, una obra en la que describe la historia de los grupos humanos. En los inicios, la sociedad se regía por la sabiduría poética, que percibía el mundo y controlaba todas las acciones a través del ritual. En su desarrollo, la humanidad lentamente encuentra formas de afirmar su poder a través de la sabiduría conceptual, la habilidad de pensar científica y racionalmente, abandonando el dominio de la sabiduría poética. Vico, contemporáneo de Descartes, encara el pensamiento de la Ilustración, articulándose como un defensor de la imaginación y propone, en contraste al racionalismo cartesiano, el uso de etimologías creativas para establecer conexiones en lugar de crear distinciones.

En Vidas a la intemperie Marc Badal apunta a un conocimiento que emerge a través del mundo campesino, incidiendo en la construcción de un conocimiento encarnado en el cuerpo que percibe la realidad a través de la vista, del oído, del tacto, del olfato y del gusto. Un conocimiento que no sólo se sabe, sino que también se siente, personalizado en un cuerpo concreto y en su relación con el entorno inmediato. Badal narra, a través de las voces de sus protagonistas, la pérdida de un mundo compuesto por muchos pequeños mundos que se han ido alejando de nuestras latitudes en silencio, víctimas de un etnocidio con rostro amable.

Recuerdo una conversación mantenida hace años con un amigo pescador de la Ría de Vigo, y sus sinceras palabras de amor hacia el océano. ¿Puede haber relación más estrecha, cercana e intensa que la del marinero y el mar? Fuente de sustento, el lugar donde pasa días, donde ve amanecer y anochecer, sufre temporales y disfruta suaves brisas. Pese a los avances de la tecnología, el marinero no deja de otear el horizonte, observar las estrellas o sentir los roles del viento para “saber” cuando llegará la próxima borrasca. Mediante un inevitable pacto con lo natural, y gracias a la confianza en una sensibilidad elemental, y la capacidad de ficcionar la realidad —transformando recíprocamente naturaleza y cultura mediante sus gestos y acciones—, el marinero es capaz de aventurarse a predecir lo que está por venir.

Canción de la voz florecida es un poema de Franklin Mieses Burgos, uno de los iniciadores de la agrupación literaria Poesía Sorprendida aparecida en Santo Domingo en 1943, y en cuya obra sobresale el apego al trópico: el sol, la vegetación exuberante y el mar. Tomando sus palabras como un susurro que se escucha desde lejos pero llega bien adentro, Canción de la voz florecida reúne una serie de trabajos plásticos y poéticos que se anclan fuertemente a lo telúrico, a lo matérico, a lo corpóreo, a labores artesanales y saberes ancestrales.

Las palabras escritas de los poemas de Poesía Sorprendida se mezclan ahora con la voz de Fina Miralles (Sabadell, 1950), evidenciando irremediablemente que el ser humano es también un ser de materia natural, mientras nos adentran en espacios indefinidos donde la vida prevalece ante cualquier estructura fija. Las sencillas pero poéticas acciones de Fina Miralles en la naturaleza, sus poemas e instalaciones insisten en la unidad interna del universo natural en confrontación con el universo artificial que nace de la modificación contextual por la intervención humana. Plantas autóctonas conforman la serie de esculturas de David Meyreles (Santo Domingo, 1974) en las que las formas orgánicas de estas contrastan con la geometría de sus bases, acentuando de nuevo esa tensión entre cierta forma de percibir el mundo y la naturaleza que brota más allá de toda categorización. En esa compleja relación habitan las esculturas de Natalia Ortega Gámez (Santo Domingo, 1980), indagando en un —a veces fluido, a veces rígido— diálogo entre la naturaleza y la artesanía tradicional en distintos contextos culturales. Cápsulas (2016) es una serie de esculturas realzadas en arcilla refractaria, en las que conviven yogurt, mantequilla y musgos que con el paso de los días y el efecto de la climatología van dando forma a un proceso ingobernable. El tiempo y el territorio, presente en casi todos los trabajos de la muestra, son esenciales también en Rákal (2018), una serie de esculturas de Nara Winston y Nika Zhukova (1998, El Paso, Texas, USA/1998, San Petesburgo, Rusia) realizadas en cera, arena y materiales orgánicos que se entierran utilizando la tierra dominicana como molde, generando extrañas formas que remiten metafóricamente a cómo un lugar moldea la identidad cultural. Engel Leonardo (Baní, 1977) ha estado recorriendo, buscando e indagando durante los últimos años en distintos territorios de República Dominicana y Puerto Rico para recolectar distintos minerales y rocas que, ordenados sobre una mesa de trabajo, enfatizan nuestra relación con el suelo a un nivel material. Y de una mina vienen los bloques de sal de Lamedoras de diamantes (2016) de Ernesto Rodríguez (Santiago de los Caballeros 1964). Esculturas cuyas formas vienen definidas por los lametazos de las vacas, y cuya apariencia nos adentra en cuestiones relacionadas con la extracción, el uso o el abuso de los recursos. El territorio conforma también las esculturas y dibujos que Elena Aitzkoa (Apodaka, 1984) realiza desde una caseta de huerto situada en su pueblo, bien conocido por sus relatos mágicos. Ahí emergen una suerte de hatillos realizados con distintos materiales, objetos y textiles provenientes del contexto. Rituales envueltos, retratos del lugar relacionados con los agujeros del río, los huecos en el follaje de los árboles o los relatos de infancia. En torno a las esculturas suelen aparecer poemas, tarareos y silbidos que generan un ritual en el que la materia escultórica dialoga con la palabra y el gesto. Y más allá de territorios específicos, las xilografías de Diego Santomé (Vigo, 1966) se adentran en una lógica ineludiblemente transfronteriza. Nubes negras (2018) son una serie de imágenes de nubes realizadas con una técnica que demanda una temporalidad, una presencia física y mental, y unas formas de artesanía que desafía la aceleración contemporánea.

Consciente del contexto particular del CCESD y de su arquitectura testigo de la relación entre la historia colonial y el avance científico, las distintas propuestas desplegadas en esta exposición desconfían de los dualismos modernos, frutos de aquel relato, incidiendo en la necesidad de reconectar con lo natural y conformar un lenguaje poético a partir de un estrecho diálogo con la tierra y una intensa presencia del ser.  En una época en la cual la humanidad ha llegado a un límite con los métodos habituales de adquisición de conocimiento, debemos reevaluar sabidurías desestimadas y descubrir otras formas de abordar la situación más allá de la crítica de las creencias prevalentes. Un nuevo enfoque es necesario, uno que emerge de gestos y acciones, de momentos indefinidos con la materia, de encuentro inesperados con el tiempo, de conversaciones fragmentadas o de sabiduría poética.

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