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MARGINALIA #20

Héctor Jiménez Castillo 11/01/2016 – 11/30/2016

To read histories of saints is to read humanity and its desires, their mythical-fantastic tales cross with body discipline and the reality of pain inflicted by others and self-inflicted. To study at an extreme right school was to grow surrounded by images, contradictions and violence. I remember spending the last three years of basic school with the singular sensation of being doing evil all the time. My acts and thoughts would turn, almost instantly, into sins of all kind. I learned to confess myself every so often with the fear of an eleven-year-old that intends to earn his place in the kingdom of heaven. So my life would go down this way: I did evil, I thought I did it and then, then, I would regret it.

During that time, we would pray the rosary to the unison at the school patio, this would take place on October. The hour that the mechanically-repeated-verbosity lasted was worth when it came to the Litany of the Blessed Virgin Mary. My fervor (if memorizing the litany could be named so) elevated when hearing: Mother most pure. Mother most chaste. Mother without original sin. Virgin most prudent. Virgin most venerable. Virgin most faithful. Mirror of justice (pray for us). Seat of wisdom (pray for us). Cause of our joy (pray for them). Vessel of honor (pray for the others). Mystical rose (pray for you). Tower of David (pray for this). Tower of ivory (pray for that). House of gold (pray for not getting to power again). Ark of the Covenant (pray for pop). Comforter of the afflicted (pray for everyone)… Then, my eleven-year-old imagination would throw images so powerful, vivid and poetic that sometimes out of school I would recite to myself: Queen of angels (pray for us). Queen of patriarchs (pray for us). Queen of prophets (pray for us). Queen of apostles (pray for us).

I envied those saints, which would turn into an offense since envy is a sin.
I envied their superpowers and their clothes. They, the martyrs that had given their body to faith. Some had turn themselves in to the enemy with no condition, they put the other cheek and remove their shoes facing danger. I so desired that strength that would allow them to carry their heads among the arms after being cruelly beheaded. Severed and burned alive, they would smile with the greatest ecstasy because they knew their destiny: the kingdom of God. They, the virgins that had exchanged body for look; because if I’m certain of anything is that virgins are just look and affliction, that their body does not exist and they deserve a new one. At that moment, I was sure of something else, that not even their rich clothes or their superhuman powers would save me from the beatings my classmates gave me with noisy and worn-out synonyms of the word homosexual.

For this Marginalia, I’ve decide to make use of these images left by saints and the nun-teacher that gave the class on Ethics and (catholic) values to reaffirm my desires. I propose to utilize the given space as some kind of saints and martyrs calendar, specialized on them with images I’ve created from reading them, as a result of a specialized artistic process on the Vatican. Disciplined artists that explore sculpture, fashion, literature, and all derived hybrid posters that result from the histories of these divine heroes in churches, museums and markets.

Leer historias de santos es leer a la humanidad y sus deseos, sus relatos mítico-fantásticos se cruzan con la disciplina del cuerpo y la realidad del dolor infligido por otros o por uno mismo. Estudiar en una escuela de ultraderecha fue crecer rodeado de imágenes, contradicciones y violencia. Recuerdo haber pasado los últimos tres años de primaria con la singular sensación de estar haciendo el mal todo el tiempo. Mis actos y pensamientos se convertirían; casi instantáneamente, en pecados de todo tipo. Aprendí a confesarme cada cierto tiempo con el temor de un niño de once años que pretende ganarse su lugar en el reino de los cielos. Así que mi vida era así: hacía mal, pensaba que lo hacía y luego, luego, me arrepentía.

Durante esa época rezábamos al unísono el rosario en el patio de la escuela, esto sucedía en el mes de octubre. La hora y cacho que duraba la verborrea repetida mecánicamente valía la pena cuando llegaban las letanías lauretanas. Mi fervor (si a eso de aprenderse de memoria las letanías se le puede llamar así) se elevaba al escuchar: Madre purísima. Madre castísima. Madre sin pecado original. Virgen prudentísima. Virgen digna de veneración. Virgen fiel. Espejo de justicia (ruega por nosotros). Trono de la verdadera sabiduría (ruega por nosotros). Causa de nuestra alegría (ruega por ellos). Vaso digno de honor (ruega por los otros). Rosa mística (ruega por ustedes). Torre de David (ruega por esto). Torre de marfil (ruega por aquello). Casa de oro (ruega porque no vuelva al poder). Arca de la Alianza (ruega por el pop). Consuelo de los afligidos (ruega por todos)… Entonces, mi imaginación de niño de once años lanzaba imágenes tan potentes, vívidas y poéticas que algunas veces fuera de la escuela recitaba para mis adentros: Reina de los ángeles (ruega por nosotros). Reina de los patriarcas (ruega por nosotros). Reina de los profetas (ruega por nosotros). Reina de los apóstoles (ruega por nosotros).

Les tenía envidia a esos santos, misma que terminaba por volverse ofensa porque la envidia es pecado.
Les envidiaba por sus superpoderes y sus ropas. Ellos, los mártires que habían entregado su cuerpo a la fe. Unos se habían entregado al enemigo sin cortapisas, ponían la otra mejilla y se descalzaban frente al peligro. Cómo deseaba esa fuerza que les permitía cargar sus cabezas entre los brazos después de haber sido cruelmente degollados. Cercenados y quemados en vida, sonreían con el más grande de los éxtasis porque conocían su destino: el reino de Dios. Ellas, las vírgenes que habían intercambiado el cuerpo por mirada; porque si de algo estoy seguro es de que las vírgenes son pura mirada y aflicción, que su cuerpo no existe y que merecen uno nuevo. En ese entonces estaba seguro de otra cosa, que ni sus ropas ricas o poderes súper humanos me salvarían de la palizas que mis compañeros me propinaban con ruidosos y gastados sinónimos de la palabra homosexual.

Para este Marginalia he decidido explotar esas imágenes que me dejaron los santos y la maestra-monja que nos daba la materia de Ética y valores (católicos) para con ellas reafirmar mis deseos. Propongo utilizar el espacio que me han dado como un Santoral/Martirilogio, un calendario especializado en santos y mártires con imágenes que he creado a partir de leerles como el resultado de un proceso artístico especializado en el Vaticano. Artistas disciplinados que exploran la escultura, la moda, la literatura y todos los derivados afiches híbridos que resulten de las historias de estos héroes divinos en iglesias, museos y tianguis.

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