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The still, the turbid

By Brenda Lozano

Here’s the story they tell:

An old widower had a beautiful 16-year-old daughter, who suffered from a grave sickness of the eyes that no doctor could cure. Time and again he had gone to a shaman’s house for help but the shaman refused to see him. Sometime later the young woman went blind and the widower resolved to visit the shaman one more time. When the shaman heard his story, he suddenly said, “Take your daughter to the other side of the river. When you get to the center of the next town, pause and listen to the peddlers that wander the streets there, touting their wares, each with his own tune. The merchant whose cry and melody pleases you most is the one who can cure your daughter.”

The man did as the shaman bade and before dawn could break he crossed the tranquil river that divided the two villages on a raft with his daughter. The straight line of water infused him with calm and stability and his mind wandered between this and other thoughts when they came to the neighboring town. He left his daughter at an inn. In the center of that neighboring town, he happened on a man hawking wildflowers with a melody that pleased him as much as the colors of the blossoms, as bright as fireflies. He bought his daughter some tiny yellow flowers, the brightest of all, and asked the vendor to come to the inn that same afternoon, with more flowers like those for his young daughter. The peddler came into her bedroom carrying the flowers on his back. The widower locked the door and told the peddler what the shaman had said when the peddler cried out, “I don’t care! Let me out now or I’ll cut off your fingers like I was cutting down boughs this morning in the forest.” The widower, terrified, opened the door. The peddler disappeared and the young woman, instantly cured, thanked her father for all those yellow blossoms.

 

They also tell this story:

A beautiful young woman of 16 used to take care of her father, a melancholy widower. Once the young woman had a troubling dream in which she was looking for her mother in the woods until nightfall. Along the way, she happened on a swarm of fireflies amid lofty and innumerable dry trees. She admired the fireflies as they flit between the low branches when suddenly she thought she spotted her mother behind the swarm, far off amid the trees. But the fireflies shimmied so that she lost sight of her. The next morning, the young woman sought not to further sadden her father with the account of her dream and she kept it to herself. That night she began to suffer a grave illness in her eyes that no doctor could cure. There was a shaman in the town, short of stature, fond of drink and in the habit of spitting as he spoke, famed for his gifts of clairvoyance. It was known that root liquor sharpened those gifts and it was known he ate sylvan mushrooms to fine-tune them even more. Time passed and the shaman would not receive them, nor could the doctors find a cure for the malady that afflicted the young woman, until one morning she awoke yet could not leave behind the darkness of night. In her blindness, her ear began to guide her steps and one afternoon, her father’s voice suddenly said, “There’s a gift I wish to grant you, daughter, but we must travel to the neighboring town. Tomorrow at break of dawn, we shall cross the river in a raft.”

The young woman did as her father bade, and on a raft they crossed the turbid river dividing the towns. The water’s zigzagging, unstable line unnerved him, and he could sense the danger of falling smack into the darkness, into which soon he was immersed, as if he were always at the center of that darkness. Yet he liked the sensation of moving and sinking, the unpredictability of his path in the darkness; the anxiety, he thought, of not knowing where they were headed. Guided by her father’s voice, they soon reached the inn and he asked her to await him there. The young woman fell asleep in a chair with her head resting on a wooden table next to a still-warm fireplace. Her arms surrounded her face when the noise of a slamming door awoke her. She saw yellow flowers and more, innumerable yellow flowers that resembled the firefly swarm in her dream that had kept her from seeing her mother again, as if despite not being able to see her again, either in the dream or at that moment, the blindness had been but a still and turbid parenthesis.

Lo quieto, lo turbio

Se cuenta esta historia:

Un viejo viudo tenía una bella hija de dieciséis años que sufría de un grave mal de los ojos que ningún médico podía curar. Una y otra vez había acudido a casa del curandero para que lo ayudara pero éste se había negado a recibirle. Tiempo después la joven quedó ciega y el viudo resolvió ir de nueva cuenta a casa del curandero, quien al escuchar su relato, dijo espontáneamente: “Lleva a tu hija al otro lado del río. Cuando llegues al centro del pueblo vecino, espera y escucha a los vendedores que andan por las calles y pregonan sus mercancías, cada uno con su tonada particular. Aquel vendedor cuyo pregón y melodía te guste más es quien puede curar a tu hija”.

El hombre hizo tal como le dijo el curandero, y antes de que aclarara la mañana, en una balsa cruzó con su hija el quieto río que dividía los dos poblados; la línea recta de agua le producía calma, estabilidad, y divagaba tranquilamente en ese y otros pensamientos cuando llegaron al poblado vecino. Dejó a su hija en una posada. En el centro del pueblo vecino encontró a un hombre que voceaba flores silvestres con una melodía que le agradó tanto como los colores de las flores, brillantes como luciérnagas. Le compró a su hija unas minúsculas flores amarillas, las más brillantes de todas, y le pidió al hombre que esa misma tarde trajera a su posada más flores como esas para su joven hija. El vendedor entró a la habitación, cargaba las flores en la espalda; el hombre cerró la puerta con llave, le contaba al vendedor lo que había dicho el curandero cuando el vendedor gritó: “No me interesa, déjame salir ahora o te corto los dedos como esta mañana corté los ramos en el bosque”. El viudo, aterrorizado, le abrió la puerta. El vendedor desapareció y la joven, curada al instante, le agradeció las demasiadas flores amarillas a su padre.

 

También se cuenta esta historia:

Una bella joven de dieciséis años cuidaba de su padre viudo y melancólico. Una vez, la joven tuvo un sueño inquietante en el que buscaba a su madre en el bosque hasta caer la noche. En el camino encontró un enjambre de luciérnagas entre los altos y demasiados árboles secos; admiraba a las luciérnagas volando entre las ramas bajas cuando, de pronto, le pareció ver a su madre detrás del enjambre, a lo lejos entre los árboles, pero las luciérnagas se movieron de tal modo que la perdió de vista. A la mañana siguiente, la joven no quiso entristecer más a su padre con el relato de su sueño y lo guardó para sí. Esa noche comenzó a sufrir un grave mal en los ojos que ningún médico podía curarle. En el pueblo había un curandero de estatura baja al que le gustaba beber y generalmente escupía al hablar, célebre por sus dotes clarividentes. Se sabía que el aguardiente de raíz agudizaba sus dotes y se sabía que comía hongos del bosque para afinarlos aún más. El tiempo pasó sin que el curandero los recibiera ni los médicos pudieran encontrar la cura al mal que aquejaba a la joven, hasta que una mañana despertó sin dejar atrás la oscuridad de la noche. En la ceguera, el oído comenzó a guiarle los pasos y una de esas tardes la voz de su padre dijo espontáneamente: “Hay un regalo que quiero hacerte, hija, pero debemos ir al pueblo vecino, mañana cruzaremos el río en una balsa al despuntar el alba.”

La joven hizo tal como dijo su padre, y en balsa cruzaron el río turbio que dividía los dos pueblos. La línea zigzagueante, inestable del agua la inquietaba, presentía el peligro de caer en medio de esa oscuridad en la que de pronto se había sumergido, como si estuviera siempre al centro de esa oscuridad, pero le gustaba la sensación del ir y bajar, lo impredecible del camino en la oscuridad; la ansiedad, pensó, de no saber hacia dónde se dirigían. Guiada por la voz de su padre, pronto llegaron a la posada, él le pidió que lo esperara allí. La joven se quedó dormida en la silla con la cabeza recostada en una mesa de madera al lado de una chimenea aún tibia. Sus brazos le rodeaban la cara cuando la despertó el ruido de un portazo: vio muchas, demasiadas flores amarillas parecidas al enjambre de luciérnagas en su sueño que no le permitió ver a su madre de nueva cuenta, como si a pesar de no poder volverla a ver ni en el sueño ni en ese momento, la ceguera hubiese sido un quieto y turbio paréntesis.

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Las pesca del día / The catch of the day

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